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| Atando cabos |
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Denise Maerker
El Universal Viernes 03 de julio de 2009 |
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No lo sabíamos hace unos años, pero desde las elecciones de 2006 no lo podemos ignorar: las campañas tienen un alto costo para nuestra convivencia. Acostumbrados como estábamos en el antiguo régimen a que las batallas entre aspirantes fueran palaciegas y a que las labores de cicatrización se dieran también entre bastidores, nos lanzamos a la competencia sin reparos. Tanto en 2000 como en 2006 los candidatos, en particular los panistas, se lanzaron con todo en contra de sus rivales. Pero el pleito cuesta. Salir de la campaña y la elección de 2006 nos ha llevado años. La polarización cuidadosamente alimentada por Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador estalló en julio de 2006 y nos dejó exhaustos a todos e inoperante a la clase política. Han pasado más tiempo regateándose el reconocimiento y reafirmando su derecho a gobernar que acordando medidas necesarias para el desarrollo del país. ¿Y ahora qué? ¿Cuáles van a ser los costos de esta campaña? Otra vez la agresiva campaña del PAN nos condena a un tiempo perdido de obligada reconciliación. Ahora será el PRI el que se tome su tiempo para digerir la campaña de Germán Martínez, que recorrió el país sugiriendo que todos, menos Calderón, están tocados por el crimen organizado. No se la van a perdonar tan fácil, y no a él que finalmente es reemplazable, sino al Presidente. Triunfa el pragmatismo del PRI. Con esa sigla llegan a la cámara los enviados de los nuevos virreyes. Más que diputados priístas habrá que contar con los diputados de Ulises Ruiz, los de Peña Nieto o los de Fidel Herrera. El Partido Verde, oportunista como siempre, deja una sociedad más proclive a la estéril pena de muerte. La medida no es posible ni deseable, pero al PVEM no le importa, le da votos, nada más (si por algún partido se debe llamar a no votar nunca es por éste). La izquierda queda hecha trisas y pasará buen rato lamiéndose las heridas antes de volver a ser alternativa para la Presidencia. ¡Si lo vuelve a ser! Se consolida la radicalización de una parte de la izquierda que tardó décadas en abandonar la lucha armada por el poder. Habrá además que volver a definir las reglas de la competencia porque todos los que pudieron, incluidos los que votaron por la reforma electoral, hicieron todo a su alcance para ridiculizarla. La competencia es buena y sirve, nadie puede ponerlo en duda. Pero hasta para pelearse hay que aprender.
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