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El mundo según Guerra
Gabriel Guerra Castellanos
El Universal

Lunes 29 de diciembre de 2008



Tal y como tristemente se predijo en varios medios, incluida esta columna, ha estallado una nueva guerra entre Israel y los palestinos.

Se trata de una guerra desigual y hasta cierto punto surrealista, entre una nación legítimamente constituida, democrática y liberal —que sin embargo mantiene una relación ambivalente con sus vecinos palestinos, a los que da trato que algunos israelíes incluso consideran separatista y discriminatorio— y una entidad que no alcanza el estatus de país pero que tiene un gobierno y administración propios, aunque divididos, y que por un lado reclama trato de nación soberana y por el otro se comporta como una facción terrorista.

Ya me referí a la complejidad inherente a Hamas, la organización que hoy controla Gaza tras de haber ganado legítimamente el poder en elecciones en 2006 para después expulsar, por la fuerza, a sus contrincantes de Al-Fatah, la otra fuerza política palestina, que se vio por así decirlo exiliada a Cisjordania, donde hoy tiene su sede el gobierno legítimo de la Autoridad Nacional Palestina y su presidente, Mahmoud Abbas.

Desde su creación, Hamas se ha negado a reconocer el derecho de Israel a existir y ha jurado combatirlo por todas las vías a su alcance y ciertamente nadie puede acusarlo de romper sus promesas. Hamas surge como respuesta a la frustración de árabes y palestinos tras la Guerra de los Seis Días en la que Israel derrotó a los ejércitos combinados de Egipto, Jordania y Siria y ocupó los territorios hoy en disputa.

El éxito y la popularidad de Hamas entre los palestinos se explican por su estrategia doble: por un lado, crearon una extensa red de apoyo y servicios, incluyendo escuelas, clínicas y organizaciones sociales; al mismo tiempo crearon una infraestructura militar que les permitió poner en jaque a sus rivales palestinos y a sus enemigos jurados en Israel. La sobriedad y la honestidad como estilo de gobernar marcaron a Hamas y lo contrastaron con sus antecesores, cuya corrupción y excentricidades eran leyenda entre los sufridos palestinos comunes y corrientes, cuyos niveles de vida han empeorado constantemente en los últimos años.

Ese empobrecimiento paulatino se explica por una variedad de factores, que incluye por supuesto el desplazamiento que sufrieron tras la guerra de 1967, la ineptitud y corrupción del liderazgo palestino, la falta de solidaridad real de pueblos y gobiernos árabes y la situación de conflicto sempiterno en que han vivido con Israel y ocasionalmente con algunos de los países vecinos que los han acogido temporalmente.

Pero en tiempos recientes destaca por su impacto y su simbolismo el bloqueo económico impuesto por Israel a raíz de que Hamas se adueñó del control de la Franja de Gaza. De un año y medio para acá, los límites al movimiento de personas y mercancías, a los flujos financieros, a los subsidios, al combustible, a la ayuda humanitaria han hecho la vida aún más insoportable para los habitantes de Gaza sin que por ello haya disminuido ni un ápice la popularidad de Hamas, ya no digamos su férreo control.

La frágil tregua entre Hamas e Israel que terminó hace una semana aspiraba a liberar los flujos transfronterizos y a poner fin a los ataques con cohetes que regularmente lanza Hamas hacia blancos militares y civiles. No sucedió ni una ni la otra cosa y la tregua se desintegró, llevando a una nueva escalada de los ataques palestinos y a la represalia israelí que ahora vemos.

No por ser ave de mal agüero, pero el desenlace es previsible: los ataques de Hamas no cesarán, mientras que la incursión militar de Israel escalará dejando a su paso centenares de muertos y una oleada de indignación en el mundo árabe, a la vez que el apoyo popular a la insurgencia palestina y el resentimiento contra las medidas del Estado judío se acrecientan.

Es una película que ya hemos visto demasiadas veces.



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