Formato de impresión patrocinado por


Serpientes y Escaleras
Salvador García Soto
El Universal

Jueves 30 de octubre de 2008



Ubicada siempre en el contraste y en el ojo público, la Secretaría de la Defensa Nacional acusa un doble efecto por el papel de primera línea en la guerra contra el narco que le asignó el presidente Felipe Calderón.

Por un lado, los militares asumen como éxitos suyos varios golpes fuertes que se han dado al narcotráfico en los últimos dos años —el más reciente, la captura de Eduardo Arellano Félix—, pero, por otra parte, la institución castrense queda también exhibida por la corrupción de altos mandos que se involucran con los cárteles.

Los casos más recientes que golpean la imagen de las Fuerzas Armadas tienen que ver con la red de infiltrados detectada en la SIEDO, a través de la Operación Limpieza, aún en curso. Las relaciones y parentescos de varios de los consignados por trabajar para el cártel de los Beltrán Leyva —Fernando Rivera, ex militar, y Miguel Colorado González, cuñado del general brigadier Carlos Fernando Luque— se suman a otro caso que sacudió los altos círculos militares.

La baja del general Roberto Aguilera, ocurrida el pasado 16 de julio y revelada ayer por EL UNIVERSAL, pegó directamente en las élites castrenses por su cercanía con el ex secretario de la Defensa, Gerardo Clemente Vega, y con el ex procurador Rafael Macedo de la Concha. Al general Aguilera le descubrieron, dos años después de que se encargó de la inteligencia militar antinarcóticos, nexos con el cártel de Sinaloa al que, según confirman fuentes militares, “proporcionó información” de operativos en su contra.

Extrañamente, tras un examen de confianza que comprobó sus vínculos con el grupo de Joaquín El Chapo Guzmán, al general brigadier sólo se le dio de baja y no se le fincaron responsabilidades ni delitos, a pesar de que habría incurrido en el mismo delito por el que hoy están presos o arraigados cuatro ex funcionarios de la SIEDO. Al ser dado de baja de la institución militar, el general Aguilera ya no es sujeto del derecho militar y se le podrían fincar responsabilidades penales. ¿Por qué no lo han hecho?

Por lo demás, los principales golpes contra el narcotráfico los sigue dando el Ejército. La detención de Eduardo Arellano Félix fue realizada por militares y, aunque el trabajo de inteligencia fue de la DEA y todo apunta a que, otra vez, la captura se dio por una delación, los resultados de las fuerzas castrenses en esta guerra son tan reales como los soterrados escándalos de corrupción.

La captura del mayor de los hermanos Arellano Félix, El Doctor o El Gualo, le sirvió al gobierno para decir que dieron un “golpe mortal al cártel de los Arellano” y que la poderosa organización criminal asentada en Tijuana “está acabada”.

Pero, más allá de la entendible propaganda oficial, quienes conocen del tema saben bien que los cárteles de la droga son como la Hidra, el monstruo de mil cabezas al que le cortan una y le salen más.

La detención de El Doctor es importante, sin duda, pero no letal para una organización que ha mantenido su hegemonía por dos décadas en el corredor binacional de la frontera norte.

No se olvide que Francisco Arellano Félix fue liberado por las propias autoridades estadounidenses, tras ser extraditado por el gobierno mexicano, y que del primer núcleo del cártel también está activa Enedina Arellano Félix, la mayor de los hermanos. Pero, además de los hermanos que iniciaron la organización delictiva, está la segunda generación de capos de Tijuana. Luis Fernando Sánchez Arellano, hijo de Alicia, otra integrante del clan, y a quien apodan El Ingeniero, es de las nuevas cabezas.

Precisamente era a Luis Fernando Sánchez, El Ingeniero, al que pretendían capturar en el operativo. La DEA recibió una información sobre la ubicación de El Ingeniero en una de sus casas de Tijuana y dio aviso al Ejército, que llegó sorpresivamente al domicilio; pero los militares se encontraron con la sorpresa de que, en vez de Luis Fernando, en la casa sólo estaba Eduardo Arellano Félix con su hija.

Hay versiones que aseguran que fue Teodoro García Simental, El Teo, ex sicario de los Arellano, quien dio el pitazo para que las autoridades detuvieran a El Ingeniero, sin pensar que otro sería el detenido. El Teo se confrontó con El Ingeniero cuando éste fue nombrado por los Arellano Félix para encargarse de la plaza de Tijuana. Molesto porque consideraba que le correspondía a él esa responsabilidad, Teodoro García abandonó el cártel de Tijuana y se pasó a las filas de Joaquín El Chapo Guzmán.

Así que los “pitazos” o delaciones siguen siendo el principal método con el que el gobierno mexicano da sus golpes contra el narcotráfico.



© 2009 Copyright El Universal-El Universal Online