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| Economía Informal |
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Macario Schettino El Universal Jueves 18 de septiembre de 2008 |
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Pero ahora alcanza niveles de terror. Para comprender lo que pasa es necesario entender el funcionamiento de los créditos, y de un instrumento que se empezó a utilizar hace apenas cinco años, y que es el núcleo del problema, los swaps de incumplimiento de crédito, más conocidos en el sistema financiero por su nombre en inglés, credit default swap, o CDS. Un CDS es un contrato entre dos empresas relacionado con un crédito. Una de ellas, que es el acreedor, se asegura con la otra. Le paga mensualidades a cambio de que la otra empresa se haga responsable de cubrir el principal en caso de que el deudor no pague. Digamos que usted tiene una hipoteca con el banco A. Este banco decide contratar un CDS con el banco B, al que le pagará mensualmente una cantidad a cambio de que éste se comprometa a cubrir el costo de la hipoteca en el caso de que usted no pague. De esta forma, en lugar de tener garantizada la hipoteca por usted, la tiene garantizada por otro banco, y puede calificarla mejor en su cartera de créditos. Para el banco B, esto es un ingreso que no tiene un costo asociado, puesto que el CDS sólo se aplica en caso de que usted no pague, pero mientras eso no ocurra, no hay costo alguno. Así, el banco B puede tener grandes resultados, aunque su balance va empeorando. Sin embargo, si el banco B le pone una probabilidad baja a que usted no pague, pues en el balance no se refleja el problema. Pero cuando usted no paga, entonces se pone feo: el banco B tiene que pagar, de golpe, todo el crédito. Cuando se empezaron a otorgar hipotecas a lo tarugo en Estados Unidos, todas las instituciones, para limpiar sus balances, contrataron CDS, lo que le permitió a otras empresas tener ingresos muy elevados, y por lo mismo grandes resultados en la bolsa. Los CDS crecieron de manera exponencial: según el Banco Internacional de Pagos (BIS), en diciembre de 2004, el primer año en que se utilizaron, se hicieron contratos por 6.4 billones de dólares (de 12 ceros). Eso representaba 2.5% del total de instrumentos derivados en el mundo. Además, en su mayoría eran contratos sobre deuda soberana (por ejemplo, de México), que son muy seguros. Para fines de 2006 ya eran 28.6 billones de dólares, es decir, poco más del doble del PIB de Estados Unidos. Pero en ese mismo momento se vino abajo el mercado inmobiliario, y aparentemente las instituciones financieras intentaron cubrirse a gran velocidad, de forma que casi triplicaron los contratos en el siguiente año, 2007, para llegar a 58 billones de dólares, casi cinco veces el PIB de Estados Unidos. En diciembre pasado, los CDS ya eran 10% de los contratos derivados del mundo, y en su mayoría se trataban de contratos entre privados, mucho más riesgosos que la deuda soberana. Cuando resulta que los deudores originales no tenían con qué pagar, entonces las instituciones que habían contratado CDS deciden exigir el pago, y resulta que quienes habían ofrecido cubrir las deudas no tienen con qué pagar. Para hacerlo, empiezan a hacer uso de sus activos disponibles, pero no les alcanza, y por la forma en que se contratan los CDS, empiezan a subir sus precios. Esto hace que los balances de estas instituciones, que parecían sólidos, de pronto se vean terriblemente frágiles. Los inversionistas reaccionan, y las acciones caen, haciendo cada vez más difícil conseguir los recursos. Esto ocurrió con Bear Stearns hace seis meses, pero con tanta rapidez que el gobierno no tuvo más remedio que rescatar los balances a través de JP Morgan. Pero a partir de entonces empezaron a vigilar con más detalle el mercado, y ahora que Lehman Brothers sufrió el mismo problema, lo dejaron quebrar. No sólo eso, sino que la Reserva Federal decidió no bajar las tasas de interés. Estas dos medidas van en la dirección correcta: permitir que el mercado corrija sus excesos y no trasladar el costo al fisco. Pero no está nada sencillo el asunto, inmediatamente después de la caída de Lehman y la venta apresurada de Merrill Lynch, el gobierno estadounidense sí tuvo que entrar en el caso de AIG, prácticamente nacionalizándola. Lo que hoy está pasando es que todas las instituciones financieras en Estados Unidos están revisando con lupa sus balances, cancelando créditos y recuperando lo posible. Lo que viene es una contracción brutal del crédito, muy parecida a lo que ocurrió en Japón en 1989. Antes de la crisis inmobiliaria de ese país asiático, nueve de los 10 bancos más grandes del mundo eran japoneses. Después, ninguno de los 10 mayores del mundo lo era. Japón, la estrella de los años 80, no ha podido volver a crecer. Veinte años después. Pero ya no tengo más espacio para los pronósticos, así que le seguimos el martes.
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