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| El mundo según Guerra |
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Gabriel Guerra Castellanos El Universal Viernes 29 de agosto de 2008 |
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Escribo estas líneas a unas horas de que Barack Obama pronuncie un discurso que por necesidad será histórico, en la Convención en que el Partido Demócrata ungirá como su candidato a la Presidencia a un político afroestadounidense, hijo de madre soltera, que decidió abandonar una lucrativa profesión para dedicarse al servicio comunitario, fumó mariguana, se portó mal y aun así logró arrebatar la candidatura de su partido a la familia Demócrata más poderosa, influyente y bien financiada de nuestros tiempos. Hillary y Bill Clinton salieron muy maltrechos de la precampaña primaria. No sólo perdieron la candidatura presidencial, sino que vieron disminuida su imagen y afectado su prestigio como operadores políticos impecables. Por vez primera, los Clinton fueron vistos como malos perdedores, como factor de división y como los posibles saboteadores de una nueva Presidencia Demócrata. Los tropiezos verbales de Bill durante la precampaña y la tozudez de Hillary, sumados a una campaña negativa que rebasó con mucho los estándares de una contienda interna, hicieron crecer la idea de que si no podían ganar, harían todo lo posible por lograr que su adversario perdiera. Después, el resentimiento de muchos (y muchas) simpatizantes de Hillary hizo temer que decidieran no votar en la elección presidencial o, peor aún, hacerlo por su contrincante John McCain. En una contienda tan cerrada como ésta, en que Obama no ha logrado despegarse de McCain en las encuestas y en la que la sombra del racismo no acaba de disiparse, el riesgo añadido de una división interna era demasiado para los demócratas. Tras sus dos derrotas consecutivas en 2000 y 2004, en las que dejaron ir ventajas considerables y entregaron en bandeja de plata la Presidencia a Bush, ronda el fantasma de un nuevo fracaso, y es que los demócratas se han vuelto expertos en arrebatar la derrota de las fauces de la victoria. Ante ese panorama, el equipo de Obama y la estructura partidista decidieron echar la casa por la ventana, en una convención más propia de una entrega de Óscares que de un acto político. Las decenas de miles de funcionarios, delegados y simpatizantes que han tomado la ciudad de Denver han disfrutado de un espectáculo en el que nada se ha dejado a la casualidad. Más allá de la coreografía, la convención ha estado llena de simbolismos y contenidos. Los primeros, conmovedores, como la aparición de un enfermo pero fuerte Ted Kennedy; los segundos, plasmados en los discursos de la que alguna vez fue la pareja presidencial: Bill y Hillary, Hillary y Bill, convertidos en protagonistas y —quién sabe— tal vez en salvadores de la campaña presidencial de su otrora acérrimo rival. Ambas actuaciones son dignas de recordarse, no sólo por la habilidad oratoria de cada uno, sino sobre todo por la impresionante capacidad para reinventarse que tienen estos dos personajes que con agendas —y seguramente con camas— separadas han decidido que su ciclo histórico no termina aquí. Por el contrario, ambos han encontrado la manera de seguir siendo indispensables para su partido y su abanderado. El título de este artículo se refiere a los políticos de aquí y de allá, y no es nada críptico. Imagine usted, cuántos de nuestros personajes públicos tendrían la capacidad de inspirar y motivar a los suyos como lo hicieron los Clinton y seguramente lo habrá hecho Obama, cuántos de los nuestros tendrían la altura de miras para aceptar así su derrota y ofrecer así su apoyo al vencedor. Envidia nos debería dar, y no precisamente de la buena.
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