Formato de impresión patrocinado por


México y el mundo
Juan María Alponte
El Universal

Martes 26 de agosto de 2008



La elección del senador Joseph Biden como candidato a la vicepresidencia es, a todas luces, el reconocimiento, por Barack Obama, de algo esencial: que la duda sobre su capacidad (al margen de la “obamanía”) para hacer frente a los problemas internacionales, duda que se ampliaba en las últimas semanas, lo ha conducido a optar por un experto seguro: miembro del Comité Senatorial de Relaciones Exteriores desde 1975, que ahora preside.

Es un serio conocedor de los grandes problemas internacionales que hoy, desde Georgia hasta Paquistán, desde Medio Oriente hasta Irán, Irak y Afganistán, tienen en pie día y noche a la Secretaría de Estado. Sin desmemoriar la frontera sur que, según Mary Anastasia O’Grady, es ya una frontera en peligro. Joseph Biden, orador magnífico, ambicioso declarado, es en muchos sentidos complementario de Barack Obama. De origen irlandés, blanco puro, católico, transporta consigo a un viejo congresista.

No es un ardiente joven afroamericano que ha tenido que explicar, al derecho y al revés, su compleja biografía étnica y religiosa. Tema apasionante. Conlleva delicadas consideraciones y, a la vez, la esperanza de la novedad. Biden no es lo nuevo; sí la dura experiencia del poder habiendo conservado, con las dentelladas, independencia.

Matrimonio político moderno: Obama el joven (47 años) y Biden, que en el noviembre de las urnas cumplirá 66. Ha nacido en Pennsylvania en 1942, pero su padre, vendedor de automóviles, se trasladó a Delaware cuando Joseph Biden tenía 10 años. La universidad de ese estado lo graduó en Historia y Ciencia Política, y la de Siracusa lo hizo abogado.

Su vida no ha sido un sueño, pero lo es. En noviembre de 1972 fue elegido senador demócrata (como el clan de los Kennedy, irlandeses y católicos) en sus 30 años justos. La edad para serlo. Como se ve, no espera. La vida le proporcionaría en diciembre una tragedia: su esposa Neilia y su hija Naomi murieron en el choque con un camión. Sus otros dos hijos, Beau y Hunter, quedaron gravemente heridos, pero se recuperaron después de un tiempo. En suma, nada de un lecho de rosas.

En 1977 se casó con Jill Tracy Jacobs, una profesora. En esos años secos fue un padre modelo. Viajó (y sigue haciéndolo) de Washington a su casa en Delaware todas las noches. El tipo es duro. En el Senado (donde también formó parte del Comité Judicial) se preparó, sin más, para ser presidente.

En efecto, en 1987 presentó su candidatura. Su ambición, y acaso su prisa, lo condujo a un oscuro problema de plagios de discursos y se enturbió su fama, aunque se defendió ásperamente. Poco después, en las primarias históricas de New Hampshire, sufrió una hemorragia cerebral. Se habló incluso de que podría morir. Falso. Sobrevivió y se repuso totalmente. Ahora, de nuevo, intentó optar, frente a Obama, candidato demócrata. Hizo de éste semblanzas no muy diferentes a las que ha hecho McCain, pero finalmente reconoció que Obama es un afroamericano articulado y competente que merece llegar a la Casa Blanca.

Sin duda, es un político experimentado (36 años en el olimpo del Congreso) y, de su paso por el Senate Judiciary Committe, queda su batalla contra la delincuencia: la ley Biden. En cierto modo a ese gran tema, las mafias y el crimen, asignó John F. Kennedy a su hermano Bob. Pero cuando éste era el candidato vencedor de California, las balas terminaron con él. Obama sigue siendo un “blanco”. No se olvide. Lo cierto es que el electorado de Hillary Clinton, expectante, es otro gran tema. Obama ha querido resolverlo. Pero ha tenido que optar por lo seguro; no por lo nuevo. Elegir es elegirse.



© 2009 Copyright El Universal-El Universal Online