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El mundo según Guerra
Gabriel Guerra Castellanos
El Universal

Viernes 22 de agosto de 2008



El oso ruso despierta de su largo letargo y flexiona sus músculos, como para recordarle al mundo que no estaba muerto, solamente hibernando.

La intervención militar rusa en Georgia tiene por supuesto un claro interés inmediato y directo relacionado, por una parte, con la defensa de sus intereses geográficos y humanos, pero por otra, más importante, con su decisión de “poner en su lugar” a un vecino incómodo que no sólo le ha salido respondón, sino que además está buscando salirse de su órbita.

El geopolítico es sin duda un factor en la decisión del gobierno de Vladimir Putin de invadir territorio georgiano y de permanecer en él mucho más allá de los plazos establecidos en el acuerdo de cese el fuego, pero no es el principal. Lo que verdaderamente busca Rusia es afirmar su derecho a ser el guardián de su muy amplia esfera de influencia geográfica.

A raíz de la desaparición de la Unión Soviética, Moscú había visto impotente cómo se reducía primero el territorio original de su país y luego cómo sus antiguas repúblicas satélites se fueron no sólo independizando sino también alejando hasta el punto de llegar, varios de ellos, a volverse miembros de alianzas antagónicas a los intereses históricos de Rusia.

Los casos más concretos son los de las naciones que hoy son ya miembros de la OTAN, esa alianza militar formada en los aciagos años de la guerra fría con el objetivo de acotar y contener el expansionismo soviético y que hoy representa un dique a las aspiraciones rusas de reestablecer su dominio sobre la región que alguna vez fue suya.

Y es que la lista de nuevos miembros de la OTAN va desde Bulgaria hasta Rumania, pasando por Polonia, Eslovaquia, Eslovenia y la República Checa, por no decir nada de los países bálticos Estonia, Letonia y Lituania, que fueron propiamente parte de la URSS, con lo que el antiguo colchón territorial e ideológico que daba a Moscú tranquilidad y respiro se ha desvanecido para ser suplantado por un perímetro que va de la indiferencia a la franca hostilidad, lo que no ha hecho más que despertar una inquietud que raya en la paranoia de políticos y militares rusos.

Hace algunos días me refería yo a la preocupación que ha generado la invasión a Georgia, diciendo que entre los perdedores de este conflicto se encuentran precisamente los vecinos de Rusia.

Un atento lector me respondió que “Georgia no pertenece a la OTAN, ni tiene ningún tratado de defensa con Estados Unidos. Los rusos lo saben y por eso se atrevieron a invadirla, pero (...) solamente van a obligar a los países vecinos a protegerse firmando tratados con Washington que le permitirán a los norteamericanos desplegar sus armas balísticas en la región y aislar aún más a Rusia...”.

Puede ser, pero me parece poco probable que EU vaya a promover acuerdos de defensa que podrían obligarlo a intervenir militarmente en una región tan volátil, ni creo tampoco que sus aliados europeos permitan ese nivel de acción aventurera y provocadora.

Ya fue ese el caso con la intención estadounidense de permitir el acceso georgiano a la OTAN, que fue rápidamente bloqueado por los europeos occidentales. Puede ser que Occidente se la juegue por Polonia o la República Checa, pero me-nos probable en el caso de Ucrania, o de Moldavia, ya n o digamos de Armenia o Azerbaiyán.

Los mismos rusos saben también cuáles son sus límites reales y están dedicados, en estos momentos, a explorarlos y a reafirmarse en donde no corran riesgos de desatar una conflagración mayor.

De lo que no cabe duda es de que Rusia ha decidido despertar y que está sacudiendo a todos los que yacen a su lado.



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