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El mundo según Guerra
Gabriel Guerra Castellanos
El Universal

Lunes 18 de agosto de 2008



El conflicto entre Rusia y Georgia nos lleva de vuelta a las viejas ideas y a la vieja retórica de la confrontación ideológica, política y militar entre las grandes potencias y los bloques que habían conformado.

La Unión Soviética con el Pacto de Varsovia, y Estados Unidos con la OTAN, encabezaban el choque permanente que siempre se quedaba al borde de la guerra nuclear, pero que utilizaba como campos alternos de batalla a países y regiones tercermundistas. Mientras las clases pensantes en Occidente veían con angustia lo cercano del abismo que los militares llamaban, con una frialdad desconcertante, la “destrucción mutua asegurada”.

La certeza de la destrucción nuclear fue uno de los cimientos de la estabilidad de la posguerra, asegurando —a través del balance del terror— que ninguna de las dos superpotencias atacara a la otra por temor a las incalculables consecuencias. Incluso en los momentos de mayor tensión de la guerra fría, como el bloqueo soviético a Berlín o la crisis de los misiles en Cuba, ese fue el factor determinante para tranquilizar a los guerreros y dar una oportunidad a los diplomáticos.

Cuando el imperio soviético se desmoronó y sus antiguos satélites tomaron su propio rumbo, muy distante del socialismo que les había sido impuesto, muchos teóricos conservadores se atrevieron a proclamar el triunfo definitivo de los valores occidentales de la democracia, las libertades individuales y el mercado. Con su libro El fin de la historia, Frances Fukuyama resumió en la frase del título lo que muchos creían.

Durante la siguiente década, Occidente se preocupó más por la proliferación nuclear desordenada y por el surgimiento de pequeños dictadores en lo que alguna vez fue el imperio socialista que por cualquier remanente ideológico o espiritual que le pudiese haber sobrevivido.

Con el nuevo milenio, la ya anticipada lucha de las civilizaciones ocupó la atención de los pensadores occidentales, que vieron en el islam una nueva fuente de antagonismo y un reto mayor para el predominio del pensamiento moderno y liberal. En el fundamentalismo religioso musulmán (que no en el propio), los estadounidenses vieron el nuevo enemigo a vencer. Por eso y por el predominio de ideólogos neoconservadores en el círculo cercano del presidente George W. Bush se explica la facilidad con la que EU pasó de una visión bipolar del mundo a una nueva, igualmente simplista manera de ver las cosas.

El radicalismo islámico sustituyó fácilmente al comunismo como la imagen de la perversidad y del mal para estos hombres y mujeres formados en el concepto del feindbild, de la figura del enemigo. Aplicaron su vieja manera de pensar a los nuevos retos que enfrentaba EU con el consabido fracaso, pero no contentos con eso también cerraron los ojos a lo que acontecía a su alrededor: al resurgimiento ruso, al despertar chino, que se han aprovechado de las leyes del mercado y de la economía global para retar abiertamente al interés hegemónico de Washington.

La incursión rusa en Georgia puede o no estar justificada, pero eso es secundario. Lo relevante es la decisión de la cúpula encabezada por Vladimir Putin de reestablecer a Rusia como una potencia dominante, primero en su zona inmediata de influencia, y más adelante tal vez de regreso a sus antiguas ambiciones imperiales. El recuerdo de las glorias zaristas y de las comunistas no está lejos de la superficie emocional de los rusos, y Putin ha sabido explotar la nostalgia como un instrumento para hacerse de cada vez más poder.

¿Y los antiguos guerreros fríos? Aparentemente ya se les olvidó cómo tratar con Moscú.

gguerra@gcya.net



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