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| El mundo según Guerra |
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Gabriel Guerra Castellanos El Universal Viernes 15 de agosto de 2008 |
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Contrario a lo que nos han dado a entender muchos medios, particularmente los estadounidenses, la desigual guerra entre Rusia y Georgia no es tan fácilmente clasificable como un conflicto entre los débiles (y por lo tanto buenos) georgianos y los poderosos (y entonces malos) rusos. No todo comenzó con una invasión rusa a la indefensa nación georgiana ni tampoco es única y exclusivamente un caso de expansionismo ruso ni del renacimiento del imperio eurasiático. Una muy somera cronología bastaría para ver que en éste, como en otros conflictos, no todo es lo que parece. La historia es tan antigua o tan reciente como la queramos ver: el territorio de lo que hoy conocemos como Georgia como tal fue anexado al imperio ruso en los inicios del siglo XIX y, salvo por un muy breve periodo durante los años caóticos de la revolución soviética, nunca fue una nación independiente hasta el colapso de la URSS, en 1991. Desde entonces y hasta ahora, Osetia del Sur ha buscado con creciente determinación y por todas las vías, incluyendo la resistencia armada y el referendo, su reincorporación con la vecina Osetia del Norte para así alcanzar su propia independencia, avalada por el hecho de que en la escasamente poblada provincia ellos conforman, por mucho, la mayoría. Cuentan para lo primero con el apoyo tácito de Rusia, que no avala su independencia, pero sí cuando menos su incorporación, con alto grado de autonomía, a Rusia. Entre la inflexibilidad georgiana y la oseta surgieron los primeros enfrentamientos armados, que llevaron a los gobiernos ruso y georgiano a acordar la creación de una suerte de fuerza de paz que buscó encargarse, sin demasiado éxito por cierto, de mantener la tranquilidad en la zona. Desde su llegada a la presidencia georgiana, en 2004, Mijail Saakashvili no ha ocultado su intención de retomar el control de Osetia del Sur y de su otra provincia rebelde, Abkhasia, que se encuentra en una situación similar. El pasado 7 de agosto, con el silencio cómplice de sus amigos occidentales, Sajashvili ordenó una serie de ataques contra Osetia del Sur que costaron numerosas vidas y aterrorizaron a la población civil. Envalentonado por su relación cercana con Washington y por la engañosa retórica estadounidense que le hizo creerse su aliado indispensable, el presidente de Georgia se tornó bravucón, creyendo quizás —ingenuamente— que Rusia no respondería al ataque y que no aprovecharía la oportunidad para reafirmarse como la potencia dominante en la región. La ocasión le cayó de perlas al gobierno ruso que dirige y controla Vladimir Putin, quien no sólo supo aprovechar el momento para ampliar su esfera de influencia sino también para anotarse significativos puntos de propaganda entre la población rusa y con sus propias Fuerzas Armadas, urgidas de una victoria después de años de privaciones y humillaciones. Si bien no hay buenos y malos claramente definidos en esta película, sí hay ganadores y perdedores. Ganan obviamente Rusia y Putin, en menor medida Osetia del Sur y Abkhasia, que se ven un paso más cerca del fin de su pertenencia a Georgia. Gana también el presidente francés Nicolas Sarkozy, quien logró el acuerdo diplomático de cese de hostilidades. Entre los perdedores, por supuesto, Georgia y su presidente bravucón, pero también la política exterior estadounidense, que ve debilitarse a un aliado al que a final de cuentas no pudo ni ayudar ni controlar. Pierden también los vecinos de una Rusia cada vez más asertiva y confiada, con cada vez menos inhibiciones a la hora de mostrar su fuerza y su músculo militar y económico, soportado por su poderío energético, del que dependen no sólo sus colindantes, sino también buena parte de una muy calladita Europa Occidental. Falta el desenlace de esta guerra tan previsible que sólo Washington no la vio venir.
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