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Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal

Miércoles 23 de julio de 2008



Los adictos a Encinas y Ortega se limitan a culpar al otro bando del desaseo

Lo último que les importa es la democracia, la izquierda, el petróleo y la gente

Resultaría de risa loca —si no es porque significa la mayor tragedia política en el último medio siglo— no el cochinero en que se baten todos en el PRD, sino las maromas mentales y discursivas a las que recurren unos y otros para justificar lo injustificable.

Y no, no sólo nos referimos a las maromas a las que han recurrido los inmorales líderes amarillos, los nada confiables políticos de la dizque izquierda perredista, sino al penoso papel de intelectuales, periodistas, cartonistas, medios afines y opinadores incondicionales —de uno y otro bando— que sin pudor, memoria elemental, congruencia básica, defienden a su preferido; sea chuchista, sea encinista, sin ver y menos entender que el cochinero en el PRD es la más vergonzosa derrota cultural de la llamada izquierda mexicana.

Medio siglo de luchas callejeras, persecución y represión, muertes; de guerrillas y guerrilleros, sueños de cambio y por democracia, divorcios y matrimonios de la izquierda que, al final, fueron lanzados al caño gracias a la insultante colonización de lo peor del PRI en lo que hace dos décadas fue el más acabado proyecto político partidista de la izquierda mexicana: el PRD.

En el colmo del sectarismo, la facción y la antidemocracia y hasta la incongruencia, hoy la pugna ya no es de los fanáticos amarillos o amloístas —en general— contra los que piensan distinto. Hoy los medios adictos, los periodistas, intelectuales y opinadores afines —a uno u otro de los bandos en disputa— se baten en el mismo lodazal para señalar como culpable del cochinero a los del otro bando que también nada en aguas nauseabundas. Así, los chuchistas responsabilizan a los encinistas del cochinero, y en sentido contrario, encinistas acusan a chuchistas, como si alguno de los dos estuviera libre de culpa.

Dijo Alejandro Encinas —de la anulación de la elección del 16 de marzo—: “Es un triunfo de los tramposos y sinvergüenzas”. Pero además, señaló del dirigente interino de los amarillos que era “un tonto inútil”. Dijo Jesús Ortega que no negociaría nunca más, que había sido vetado por AMLO y que el PRD “se dio un balazo en el pie”.

Los adictos a Encinas, que son los mismos fanáticos de AMLO —entre los que existen medios afines, periodistas, intelectuales y opinadores— se regodearon en la simplificación del “triunfo de los tramposos” y en el “tonto útil” de Acosta Naranjo, en tanto que el siempre plural intelecto del trazo caricaturizó a Jesús Ortega con los pies en la cabeza. Los adictos a Ortega, en cambio —y que por cierto, son muchos menos—, esgrimen la monumental contradicción entre el grito de “fraude” en julio de 2006 —con todos sus matices— y el fraude que promovió AMLO en marzo de 2008. Cada quien su fraude.

¿Qué presenciamos? ¿Por qué vemos la misma polarización, odio, igual fanatismo y radicalización entre chuchistas y encinistas, que la polarización, odio, fanatismo y radicalización que vimos entre amloístas y quienes pensaban distinto al “legítimo”? ¿Cómo podemos llamar a un grupo político que defrauda, odia, descalifica y se fanatiza contra todo el que no está con él o piensa distinto, sea de su propio partido o no? ¿Ese es un pensamiento, una práctica política, una ideología de izquierda?

Al parecer, sin darse cuenta, la pelea entre chuchistas y amloístas confirma ante los ojos de todos que al grupo político de AMLO, a sus medios afines, periodistas e intelectuales adictos, lo último que les importa es la democracia, la ideología de izquierda, la congruencia, el petróleo y la gente; lo que importa es que ese proyecto político y de poder —con AMLO como punta de lanza— cumpla su objetivo: el poder por el poder. Sea en el proceso electoral de 2006, sea en la pelea por la dirigencia del PRD en marzo de 2008, sea en 2009, o en 2012.

Se trata, como queda claro, de un grupo de poder mediático, político que se nutre de lo más cuestionable del PRI —de sus más canallescas prácticas y más siniestros cuadros— que asaltó al PRD y lo arrebató no sólo su historia y su futuro como izquierda moderna, sino sus referentes democráticos, para cumplir desmedidas y hasta demenciales ambiciones de poder.

¿Por qué los fanáticos de AMLO combaten y pretenden destruir —con la misma ferocidad que en 2006 satanizaron a los que pensaban distinto al ex candidato presidencial— a Los Chuchos? Elemental: porque entre corruptos y tramposos que chapotean en el mismo lodazal —amloístas y chuchistas—, los primeros se niegan a reconocer que su proyecto de poder fracasó estrepitosamente y que la correlación de fuerzas ya les resulta adversa.

Los dos son responsables del cochinero, en mayor o menor medida. Pero la solución no está en descubrir cuál de los dos resulta más trompudo, sino la forma en que las voces sensatas pueden imponerse a los tramposos y desvergonzados, que están en los dos bandos. La izquierda mexicana no se merece a esos dirigentes, políticos y menos intelectuales orgánicos.



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