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Entre nos
Claudia Pérez
El Universal

Lunes 21 de julio de 2008



A cierta edad, los hijos necesitamos independencia, y aunque todavía vivamos en casa de los padres, nos disgusta que nos quieran seguir educando

Visito a mi mamá desde hace 12 años que me independicé, pero ella todavía me recuerda que antes de dormir, me tengo que desmaquillar y lavar bien los dientes.

He escuchado a muchas madres decir: “Cuando tengas hijos me vas a comprender”. Tal vez sería más fácil que habiendo sido hijas ellas mismas, hicieran un esfuerzo por comprendernos mejor.

Creo que hay un cambio demasiado drástico en la educación de la generación de nuestras madres con respecto a la de los adultos jóvenes (en sus veintes y treintas).

Mi abuela educó a mis tíos y a mi mamá con base en sus principios, los cuales eran incuestionables y con base en tradiciones familiares muy arraigadas a sus antepasados. La información que recibían era la que estaba al alcance en el hogar, la escuela y la calle; no había internet para descubrir lo que sea en un minuto, ahora basta con entrar a Google para saber todo lo que los padres no se atreven a explicar.

Los papás siempre se preocupan por los hijos a pesar de que vivan lejos unos de otros. Algunos se resignan a dejarlos volar porque no tienen nada más que ofrecerles o porque confían plenamente en las herramientas que les dieron para que puedan valerse por sí mismos. Otros nunca cortan el cordón umbilical por temor a fracasar y porque sienten que al perder el control sobre sus hijos, ya no pueden seguirse realizando a través de ellos.

Por otra parte, me parece muy natural que ante alguien a quien le falta madurez o es demasiado inocente ante un mundo hostil, sus padres intenten brindarle todo su apoyo, consejos y protección.

El problema viene cuando padres inseguros piensan que sus hijos serán incapaces de sobresalir y en lugar de buscar conocer sus inquietudes para encauzarlos y darles confianza absoluta, los limitan al transferirles sus miedos, en lugar de darles libertad para que vivan sus propias experiencias.

Un día le dije a mi mamá: ¿Cómo podrías protegerme viviendo en otra ciudad? Reconozco sus buenas intenciones pero a nadie le gusta que sus padres vivan angustiados innecesariamente. Esa es una de las razones por las cuales evitamos que se enteren de nuestros problemas, porque creemos que si estando bien se mortifican demasiado, conociendo la verdad, les sacaríamos más canas de las que ya tienen.

Un padre cuida a su hijo cuando no descarga en él sus angustias y frustraciones; cuando sigue cada paso que da y sabe escucharlo. A veces los hijos debemos recordarles a nuestros padres lo que ellos nos enseñaron, tendrían que sentirse satisfechos por la educación que nos dieron y reconocer sus límites como nosotros también debemos reconocerlos. Cuando necesitamos de su ayuda, tenemos la confianza suficiente para pedírselas. Agradezcamos todos los esfuerzos que han hecho por nosotros, pero busquemos comenzar una relación de reciprocidad más que de codependencia. Los hijos somos huérfanos cuando la presencia de alguno de nuestros padres deja de existir y esto puede suceder aún si están vivos y nos alejamos de ellos.

No solamente se es grande cuando biológicamente tenemos la mayoría de edad. Para serlo se necesita crecer en cuerpo, mente y alma. Conforme crecemos adquirimos responsabilidades y compromisos.

Si estás cansado de que tus padres te traten como niño, asegúrate de ser autosuficiente, agradéceles su buen ejemplo y educación, demuéstrales tu crecimiento personal, estabilidad emocional y claridad en tus objetivos; de lo contrario, ten paciencia y procura comprender que ellos no descansarán hasta que sientan que ya cumplieron su misión contigo.

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