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Juan María Alponte El Universal Martes 15 de julio de 2008 |
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En la memoria de los hombres estará, para siempre y por siempre, el martes 16 de octubre de 1962, cuando el fiscal general de Estados Unidos, Robert Kennedy, recibió una llamada de su hermano, John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos. El mensaje era simple, corto y conminante: “Tenemos un gran problema. Te necesito aquí de inmediato”. Bob Kennedy se presentó inmediatamente en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Sobre la mesa del despacho de su hermano estaban las fotografías de la historia: los testimonios de la presencia en Cuba de una base de misiles soviéticos. Comenzaban los 16 días más largos de la posguerra. A la mañana siguiente me encontraba en la calle con el noble y magnífico Henrique González Casanova, que ya se nos fue pero que nunca se irá, y su pregunta fue directa: “¿Qué significaría?”. Le contesté: “La Segunda Guerra Mundial costó, entre 1939 y 1945, 19.4 millones de muertos en los frentes y 34 millones en las ciudades destruidas… Las previsiones científicas dicen que una guerra atómica supondría en los primeros minutos 75 millones de muertos y la tierra contaminada por tiempo indeterminado…”. El hombre, ese inmenso depredador, implacable e insaciable, dejó la marca de Caín en Hiroshima y Nagasaki. La lectura de los periódicos de estos días, con la exhibición de los misiles de Irán que las centrales nucleares podrían convertir en misiles atómicos, y la amenaza de que Irán puede arrasar Tel Aviv en Israel, es prueba de la desmesura de los líderes instalados en la fe pero no en el logos, en la espada de fuego pero no en la razón. Hace unos días, aquí, al hablar de la paz en el Oriente Medio, me preguntaba si era posible alcanzarla si antes no se generaba la lucidez de un proceso de laicidad que nos permitiera parlamentar sin la “tierra de Dios” o la ira de Dios. Mientras los dirigentes del Grupo de los Ocho intentaban asumir los enormes problemas de los 6 mil 500 millones de habitantes del planeta, el ejercicio iraní con los misiles coloca el problema inmediato de la Tierra no sólo con la devastación ecológica, sino con la devastación de la barbarie, producto también del hombre, que llamamos guerra y que, como el cambio climático, puede multiplicar la destrucción irremediablemente. Irán lo debe saber: las amenazas son un riesgo que un gran pueblo no debe asumir como si fuera agua. En 1095 el papa Urbano II —era el 27 de noviembre— anunció en Clermont, Francia, a la vera de Notre-Dame-du-Port, la cruzada para la reconquista de Jerusalén. Sus palabras: la guerra santa. Empleó esa precisión (djihad o yihad para los árabes) y sin equívocos: “…A los que partan a esta guerra santa si ellos pierden la vida, sea durante la ruta por tierra, sea cruzando los mares, sea combatiendo a los idólatras, todos sus pecados serán perdonados en ese momento. Ese favor tan precioso yo lo concedo en virtud de la autoridad de la cual estoy investido por Dios mismo…”. (Del texto de Foucher de Chartres, Gesta Francorum, Jerusalem Expugnatium) La conquista de Jerusalén, en 1099, fue una masacre contra judíos y musulmanes. En nuestros libros es ya un lejano “accidente” de la historia. No en los libros de la historia del mundo árabe. Lo cierto es que lo que olvidamos para otros pueblos es lectura reciente y se abomina a los “cruzados” como si lo fuéramos hoy, y no críticos racionales y duros del pasado. Por ello insistía en una educación liberadora, laica y racional, que nos permita entender al otro en su totalidad. De ahí que recordara que en hebreo shalom es paz (salam en árabe), pero shalem significa entero, es decir, que la paz no es divisible. Los 71 millones de iraníes deben saber que cualquier ataque supondría la destrucción común. Hay que vivir y pensar de otra manera si queremos vivir.
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