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Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal

Miércoles 02 de julio de 2008



Nunca con la intensidad que alcanzó en los meses que le siguieron, pero aún con evidentes signos de polarización, el proceso electoral de julio de 2006 sigue presente en la memoria colectiva.

Sin embargo, a dos años de distancia de una elección salpicada por la mentira y la intriga político-mediática —cuestionada hasta la irracionalidad—, el recuento de daños reporta un peligroso retroceso para todos: sectores sociales que no sólo perdieron libertades y presencia en los procesos electorales, sino que en general se perdió la confianza ciudadana en la práctica misma de la democracia electoral.

Contra lo que muchos suponen y lo que otros quieren seguir creyendo —mientras la academia revela estudios que disipan el fantasma del fraude—, el encono político y social de julio de 2006 dio como resultado que los partidos aprovecharan la desazón y la turbulencia para adueñarse de nuevo de las instituciones electorales —creadas una década anterior— en donde los ciudadanos eran actores centrales.

El encono y el rencor políticos —y una fuerte dosis de odio sembrado durante meses por quienes nunca aceptaron ni aceptarán su derrota— se convirtieron en caldo de cultivo para una reforma electoral que no sólo mutiló la participación ciudadana en los procesos electorales, sino que los partidos destruyeron al IFE ciudadanizado y se disputaron los despojos. Los ciudadanos en general pero los potentados en particular, perdieron libertades básicas como la de expresión. Se achicó, de un plumazo, uno de los pilares de toda democracia: el concepto y la práctica de opinión pública.

¿Y quién lo iba a imaginar? Paradójicamente, resultó que comparada con los procesos electorales de países desarrollados, la elección mexicana de julio de 2006 terminó por ser reconocida entre las mejores del mundo, ya que el porcentaje de errores humanos registrados —frente a la complejidad y el tamaño del proceso— la colocan como una de las de mayor credibilidad en el mundo.

Es decir, que el problema no estuvo en el proceso, en el trabajo de más de un millón de ciudadanos, sino en las autoridades del IFE y del Tribunal Electoral. A los errores humanos, que hoy sabemos están por debajo de los estándares de países de primer mundo, se sumaron las omisiones y/o decisiones equivocadas, lo que de manera poco o nada responsable fue aprovechado por los derrotados para enlodar no un proceso, sino la democracia electoral misma. Todo, claro, aunque en muchos casos la pasión, el rencor, la malquerencia y el odio han cegado a la razón.

Está claro que técnicamente la elección fue ganada por el candidato Felipe Calderón, quien hoy despacha como Presidente Constitucional, en tanto que el derrotado fue el candidato López Obrador, que hoy se dice “presidente legítimo” en una farsa por demás grotesca. Pero lo cierto es que esa peculiar revancha que emprendió el derrotado —no contra el que lo derrotó, sino contra todos los ciudadanos y las instituciones— provocó un retroceso democrático histórico: un Frankenstein, que ya cobra facturas incluso a sus creadores.

Pero lo que ya se puede confirmar es que el 2 de julio de 2006 no hubo fraude electoral; no existió ni cuchareado, ni a la antigüita, ni cibernético, ni hormiga. Hubo errores, malas decisiones, cuestionables acuerdos, incluso en el extremo se escuchan voces que, no sin razón, hablan de que no será posible saber quien ganó. Todo eso puede ser cierto, pero lo que queda claro para investigadores y científicos serios de la política es que el cuento del fraude electoral no fue más que eso: una fantasía llevada al extremo de la farsa por los derrotados que la usaron como venganza contra todos los que no les dieron el voto.

Todo el lodo que el derrotado de ese 2 de julio lanzó contra las elecciones, instituciones y democracia electoral toda —y que fue aprovechado para la contrarreforma— convirtió a la democracia mexicana en un cuerpo enfermo de odio, de descrédito, de polarización y que amenaza con volver al tiempo de las cavernas, en donde toda barbarie política y todo ataque a las instituciones se justifica, “porque se robaron la elección”. Como los legítimos no alcanzaron el poder por la ruta democrática, entonces el problema es la democracia y hay que destruirla. Y ganar el poder mediante la violencia, la demagogia y el engaño. Eso queda del 2 de julio de 2006.

En el camino

2006: hablan las Actas, de José Antonio Crespo, investigación fundamental para entender el 2 de julio. Se puede discrepar de la conclusión, pero la investigación es impecable. Felicidades al autor.



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