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México y el mundo
Juan María Alponte
El Universal

Martes 01 de julio de 2008



El reencuentro que Nelson Mandela ha tenido con Isabel II de Inglaterra ha gozado del sabor memorable y aleccionador de la vida de dos grandes y admirables sobrevivientes.

Ella, Elizabeth II, accedió al trono en 1952. Era la hija mayor de Jorge VI. Nació el 21 de abril de 1924. Nelson Mandela (figura conmovedora de mi libro Los Liberadores de la Conciencia: Lincoln, Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela) en 1918. Le dijo a la reina, galante y caballero: “Cada vez que la veo está más joven”. Ella, que ha vivido “años horribles” en el seno familiar, no fue menos cálida: “El buen clima que hace hoy en Londres es por usted”.

Ella es reina por accidens. Su padre heredó el trono porque su hermano, Eduardo VIII, universalmente conocido como duque de Windsor, abdicó, el 11 de diciembre de 1936 (llegó al trono el 20 de enero) para poder casarse con la señora Wallis Simpson, divorciada dos veces. Sus dos maridos vivían aún. La existencia nos permite, lúdica, la ironía. Inglaterra no soportó tantos maridos vivos y coleando y Eduardo VIII prefirió la dolce vita.

No fue el caso de Mandela. Negro sudafricano, sería en el siglo XX la conciencia del Continente Negro. En lengua xhosa recibió el nombre de Rolihlahla, que significa “el que crea problemas”. Adivinación misteriosa y mágica que se conjugó, en su bautismo ante los misioneros ingleses, con un nombre que levanta la memoria inglesa a la leyenda de los mares: la del almirante Nelson. Y no fue sólo un guerrero indomable, sino un hombre famoso por sus amores.

Asumirá el joven Rolihlahla-Nelson una herencia dura y deslumbrante: los años de Gandhi en Sudáfrica. En efecto, el joven Gandhi, terminados sus estudios de Derecho en Inglaterra, encontró su primer empleo en Sudáfrica. Llegó a sus tierras como un british gentleman. Incluido el cuello duro y la corbata de rayas imperiales. Tomó su boleto de primera en el tren que lo conduciría a la ciudad donde comenzaría a trabajar.

Un funcionario del tren lo envió al arrabal de tercera clase con seco mandamiento: “Usted es de color”. Primera lección del apartheid. Gandhi iluminaría sus muchos años de trabajo y lucha por la igualdad y la no-violencia en Sudáfrica como una lección de la historia. La llevó después a India. En Sudáfrica la recogería Mandela, abogado negro, líder liberador, como ejemplo y estandarte.

En el histórico juicio de Rivonia, apresados con él todos los líderes de su partido, Mandela defendió a los suyos con unas palabras que hicieron llorar a la multitud: “Toda mi vida he luchado por la causa del pueblo africano. He combatido la dominación negra y blanca. He adoptado por ideal, el ideal de una sociedad democrática y libre… Yo espero vivir para conquistar ese ideal, pero es también un ideal para el cual estoy preparado, si es necesario, para morir”. Fue condenado —12 de junio de 1964— a cadena perpetua. El 2 de febrero de 1990, el presidente De Klerk anunció su liberación. Se bailó, se lloró en todas las plazas del mundo. Salió de las catacumbas como un adolescente. Sus 27 años y 190 días de prisión fueron su pasado.

Se vinculó al presente, unió a los desunidos, se separó, sin un reproche, de su esposa y pidió para ella respeto. Fue presidente de Sudáfrica. Terminó con la maldición del apartheid y elevó al mundo a un nivel más alto de la historia. No quiso ni un día más de poder. Encontró el amor de nuevo con una mujer que había sido la esposa y viuda de un líder africano. Acto de concordia y de esperanza. El gran prisionero, el gran sobreviviente, el gran libertador, huyó del poder después de haberlo convertido en libertad. Ahora, en su nuevo encuentro con Isabel II, tiene derecho, sin duda, a sus palabras: a ser el portador del buen sol en el Londres de las nieblas.



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