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El mundo según Guerra
Gabriel Guerra Castellanos
El Universal

Lunes 23 de junio de 2008



Es muy fácil, cuando se trata de un conflicto tan añejo y que despierta tantas pasiones, querer pintar las cosas en blanco y negro. De este lado están los buenos, de este otro lado los malos: unos son pacíficos, trabajadores y sufridos; los otros son agresivos, intolerantes y violentos.

Unos sólo se defienden de los ataques y las provocaciones; los otros sólo tratan de proteger lo que es suyo. Tienen una larga historia de sufrimientos tras de sí, eso lo explica todo. Han sido víctimas pero se aprovechan de ello y lo manipulan. Tienen a los medios de su lado; se les juzga con una doble vara; nadie los confronta por temor a ser acusado de discriminación/intolerancia/antisemitismo. No respetan los derechos más elementales; son violentos; agresivos; discriminan; creen sólo en la ley de la fuerza, de la violencia...

¿Le suenan conocidas algunas de esas frases, caro lector, cara lectora? ¿Verdad que en algún lado las ha escuchado? ¿Verdad que tienen algo de cierto? ¿Verdad que, si pone uno atención, aplican por igual a cualquiera de las dos partes en este histórico conflicto?

Hay otras frases, otros lugares comunes, que aquí no quisiera reproducir, que tienen que ver ya abiertamente con la discriminación o el racismo, que son reflejo de mentes cerradas, de prejuicios arraigados, de enseñanzas religiosas mal aprendidas. Esas caen en el terreno del odio, el temor y la ignorancia, que generalmente van de la mano y que no tienen lugar en una discusión de ideas, así se trate de analizar una contienda que ha tocado el alma y el corazón de millones de personas directamente afectadas y de muchísimos más espectadores y observadores, lejanos o no, involucrados o no, objetivos y serenos o no.

Cuando del Medio Oriente se trata, ya sea hablando de las diferencias entre las naciones (léase Israel, Egipto, Siria, etc.) o entre los pueblos (israelíes, árabes, palestinos, libaneses, drusos...) o entre religiones (judíos y musulmanes, principalmente) o entre maneras de ver el mundo (la judeocristiana, la musulmana progresista, los fundamentalistas de todas denominaciones) es muy sencillo poner todo en términos absolutos.

Ciertamente hay suficientes evidencias anecdóticas como para poder armar la película que cada quien quiera en su mente y en su espíritu. Abundan las historias de actos violentos de todas las partes en el conflicto al igual que sobran los recuentos de decencia y heroísmo. Generalmente la narrativa tiene que ver indisolublemente con las simpatías o antipatías del relator, pero en algunos casos la objetividad se abre paso para dejarnos ver la enorme variedad de tonalidades grises que sombrean este conflicto.

En un artículo en The New York Times, Nicholas D. Kristof hace una reflexión interesante. Después de un breve recuento de los abusos que sufren muchos palestinos, ya sean exiliados o que vivan —aún— en su tierra bajo un sistema de seguridad que está, en palabras de Kristof, “sofocándolos, empobreciéndolos, haciendo de ellos antagonistas...” Sin embargo, nos cuenta asimismo de activistas israelíes a favor de los derechos humanos que documentan y denuncian muchos de esos abusos, de jueces y medios que fallan o escriben de manera justa y objetiva acerca de esos casos.

Ahí, en ese relato, encontramos las paradojas de una relación en la que si bien predominan el odio y la desconfianza se asoman la justicia y la ecuanimidad. Por cada israelí colonizador, por cada palestino terrorista, hay muchos, incontables otros que son seres humanos, que buscan la paz, la justicia, la tranquilidad para sí y los suyos, pero también para sus vecinos.

Si tan sólo escucháramos más seguido sus voces...



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