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| La primera lectura, experiencia decisiva |
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Juan Domingo Argüelles
El Universal Domingo 23 de abril de 2006 |
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Acercarse a un libro es un rito de iniciación que puede provocar rechazo, pero también una pasión de por vida si se trata del texto adecuado
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El primer libro es decisivo. Como la primera herida; como el primer placer. De esa primera lectura dependen todas las demás que haremos o dejaremos de hacer en nuestra vida. Gracias a un primer libro interesante, divertido, placentero, ameno, apasionante, hay quienes se vuelven lectores. Por culpa de un libro aburrido, pesado, insufrible (muchas veces impuesto) son muchos también los que jamás regresan a las páginas de otro libro. El primer libro puede llegar en los primeros años o puede retrasar su aparición hasta la edad de la adolescencia, o incluso arribar cuando la gente ya no es precisamente joven. Pero, sea como fuere, ese primer libro decide todo lo demás. Todo lo que viene después depende absolutamente de esa lectura inicial. La lectura que define a un lector no es jamás una abstracción. El que lee con pasión se lee a sí mismo en los libros; se conoce mejor gracias a ellos, y comienza a saber que lo más importante de los libros no son los libros en sí, sino lo que producen, lo que suscitan esos libros. La gran investigadora francesa de la lectura Michèle Petit lo ha dicho con aguda inteligencia: "Si la lectura sigue teniendo sentido para numerosos niños y adolescentes que leen, ya sea con frenesí o de manera episódica, es, en mi opinión, porque la consideran un medio privilegiado para elaborar su mundo interior y, en consecuencia, de manera indisolublemente ligada, para establecer su relación con el mundo exterior. Es ante todo porque les permite descubrirse o construirse, darle forma a su experiencia, elaborar sentido". Para Petit, esto es lo realmente esencial de la experiencia de la lectura. Y cree que lo que buscan, o encuentran, muchos niños en la lectura (y, después de la infancia, muchos lectores), es efectivamente ese espacio en el que no dependen de los otros, sino de ellos mismos, luego de los que un libro primero y luego otros les han abierto espacios de claridad antes insospechados. El primer libro nos acerca a la lectura ávida o nos aleja de ella posiblemente para siempre. Y nadie sabe, a ciencia cierta, cuál será ese libro que nos iniciará en un vicio que no se cura con nada, sino que, ya apoderado de nuestro espíritu, exige una y otra vez más alimento, es decir más lectura, es decir más libros. Con frecuencia llega a pensarse, bienintencionadamente, que hay que obligar a los niños y a los jóvenes a leer para crearles el hábito de volver a los libros. Pero está visto que esto casi nunca funciona y es obvio por qué: no llegamos jamás al placer por obligación. El deber de ser felices todavía no se descubre, ni se descubrirá. En cambio es más fácil hacerse lector por azar y por contagio, más esto último que lo primero. Volvemos a las cosas una y otra vez por el placer que nos causan. Y otra cosa es segura: nadie regresa jamás a un libro aburrido, ni siquiera para saber si en la siguiente página, luego de que nos aburrió, dejó de ser aburrido. Y no es exacto que sólo podamos descubrir la lectura a través de los grandes libros de los más grandes autores. Si un libro es importante para nosotros, porque nos ha hecho leer nuestra existencia, no merece el desdén aunque su autor no sea Cervantes ni sea Shakespeare. Un libro es importante cuando representa una experiencia decisiva para ir hacia otros libros y para, como dijera Gabriel Zaid, animar más nuestra existencia, pues "los libros son letra muerta, mientras no favorezcan la animación de la vida". Esto es el primer libro: el libro que decide todo lo demás. Y cuando hay alguien que sabe ayudar a que lo descubramos, el camino hacia la lectura se parece mucho a la felicidad.
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