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| Evelio Rosero |
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Élmer Mendoza
El Universal Jueves 18 de febrero de 2010 |
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Con la iglesia hemos topado de nuevo. Evelio Rosero nos la atraviesa con toda su vestimenta, hilos dorados, oscuridad, lenguaje, espacios, vinos perfumados, intrigas, culinaria y el sexo entre los muros, en su novela Los almuerzos, publicada por Tusquets en septiembre de 2009.
Tancredo es el personaje alrededor del cual gira esta historia. Es el brazo ejecutor del padre Almida, además de su acólito. También se convierte en el centro de las expectativas del resto de los personajes. Lo primero que nos recuerda Rosero es que un templo es un sistema complejo y completo: “Iglesia que se respete ostenta su jorobado”, además de sus políticas de benevolencia, las pasiones, las buenas comidas y el amor prohibido entre sus muros. Las Lilias son un trío de mujeres sin edad que lo saben todo y que lo ocultan o publican según su conveniencia. Aunque cocinan riquísimo, no se conforman con la cocina y su capacidad de servir. Celeste Mercado, el sacristán, se muestra como contrapunto pero pronto se diluye.
Rosero elabora su discurso en los aposentos del templo, donde de inmediato establece las fuerzas antagónicas, con una perturbación propia del mundo de la literatura que trata los cerrados espacios religiosos. Tancredo, que todos los días reparte almuerzos entre los menesterosos de Bogotá, teme convertirse en animal. Muchas páginas después nos ofrecerá la razón como parte del enigma, y entonces todo será absorbido por el campo antagonista.
Evelio Rosero, nacido en Bogotá, Colombia en 1958, ganador del Segundo premio Tusquets de novela, devela una paciencia creativa sin riesgos aparentes. Desarrolla con suavidad un discurso donde los locos toman el poder y el edificio de los criterios políticamente correctos se tambalea. Por ejemplo: uno de los amorosos, ella, prefiere el altar para el sexo.
El padre San José de Matamoros, llega para sustituir en una misa al padre Almida, y es el que involuntariamente destapa la cloaca. La vida en esas casas de Dios queda al descubierto y cada quien se acomoda en sus debilidades; una de las Lilias aconseja a los amorosos que no se escondan más: “Ustedes dos no pueden seguir como siguen, fíjese, un día de estos se acaba el mundo y para qué sufrimos.” La lista de platillos y postres es larga: ensalada de ternera y jamón, conejo, pollo, salchichas, bocadillos de naranja, rodajitas de manzana…” Las tres Lilias explicaron los platos, sus dulzuras y amarguras, sus benevolencias y sorpresas”. Y Matamoros sugería, “Bebamos…Dios nos ha dado esa alegría.”
Rosero decostruye un territorio narrativo volviendo a los puntos tradicionales de la ficción religiosa; cuidadosamente, teje un discurso donde las comidas abundantes, el alcoholismo, la envidia, la traición, la ambición, la manipulación y los principios humanos y religiosos mal aplicados demuestran que los temas no envejecen. Es además una novela limpia y equilibrada. Las fuerzas que participan en ella se van mostrando poco a poco porque también su brevedad se convierte en un recurso literario.
Nada define más al hombre que su convivencia con los débiles, y en Los Almuerzos queda muy claro. Lo que ofrecen son papas de todas las maneras colombianas posibles. Pero ese campo narrativo desaparece para sólo ser evocado como parte del estado de cosas que la transgresión intentará corregir. La historia va tomando fuerza en un mecanismo que crece con las páginas. La progresión de enigmas parece ser infinita para una novela de una noche. Rosero no da mayor peso al espacio, no lo requiere puesto que los personajes ya han sufrido las metamorfosis necesarias en su desquiciamiento.
Un punto atractivo es el de los gatos que tienen nombres de papas. Triunfo, Honorio, Justo, Melquiades, Fabiano, Félix, Sisinio…También es un gato, cuyo nombre nos pone en situación, el que complementa el cuadro y la suerte que corre es definitiva en el desarrollo de la trama. Resulta más poderosa la premonición que el hecho.
Hay una pista falsa que es perfecta. Y es así porque se conecta directamente con el elemento perturbador, ese en que Tancredo, el jorobado, teme convertirse en animal y conducirse como tal. El erotismo tampoco está ausente. Sabina Cruz, la sobrina del párroco, que no le importa la joroba, es la que sirve al autor para recordarnos que Colombia es una de las regiones más sensuales del mundo. “Era su tempestuoso espíritu encerrado en su cuerpo frágil”. Pero todo erotismo tiene dos componentes: Eros y Tanatos, y el novelista deja que se deslicen mostrando esa cara eterna de la gente religiosa, donde un gesto vale más que mil palabras.
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