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Contra las bibliotecas privadas
David Huerta
El Universal

Miércoles 08 de julio de 2009



Las personas con quienes tengo trato directo; la mayoría de mis amigos cercanos y distantes; una muchedumbre de conocidos de distintos pelajes; mis parientes consanguíneos y políticos; yo mismo: toda esa gente posee una biblioteca en su casa. Son (somos), todos y cada uno, propietarios de bibliotecas privadas. Entre nosotros hay bibliotecas legendarias: la de Alí Chumacero, la de José Luis Martínez, por ejemplo. (Esta última, muerto ya su poseedor, tendrá un destino curioso y desasosegante: será instalada en el Palacio Nacional.)

Los lectores mexicanos y los de países parecidos al nuestro acumulan libros a lo largo de la vida. Es natural: fueron (fuimos) educados en la convicción tácita de que comprar y conservar libros es una costumbre espiritualmente sana. Si yo fuera sociólogo, explicaría las notas peculiares de esa porción de los habitantes de nuestro país, aficionados a la lectura y al estudio, o bien bibliófilos o bibliófagos por razones profesionales; pero apenas se me alcanza una visión general y por ello limitada: clase media o media-alta, con intereses intelectuales íntimos o de educación, investigación y difusión de los saberes.

No pondré aquí la queja consabida acerca del desastre de las bibliotecas públicas; esa tragedia forma parte del ataque inmisericorde a la educación pública en sus diversas formas, emprendido hace ya varios años por el gobierno y por el sindicato de maestros y sus dirigentes. Pero me parece razonable poner ese desastre en relación con la existencia de bibliotecas privadas.

A ciertas alturas de la vida, un coleccionista de libros comienza a hacerse preguntas levemente angustiosas: ¿qué pasará con mi biblioteca cuando yo muera? Es la inquietud más común. Algunos —yo mismo lo he hecho— deciden donar o regalar libros a puñados. Venderlos suele ser mal negocio; en algunos casos, de plano es mejor dárselos al librero a quien más confianza se le tenga. Pues aquí no se trata de dinero, sino de otro valor: el valor depositado en los libros por sus autores y por sus lectores. Ni pensar en la despedazada red de las bibliotecas públicas; heredarlos a parientes o amigos puede ser engorroso y no menos preocupante —además, ¿cómo hacerlo con un mínimo de sensatez y de justicia?

La biblioteca privada se convierte, así, en un problema de la misma magnitud que el acervo librero del coleccionista. No nos hemos puesto a pensar que la decisión individual o familiar de juntar libros durante décadas es, antes que otra cosa, responsabilidad de uno mismo. Pero es una responsabilidad en la que no se ha pensado bastante y con cuidado. La biblioteca privada se convierte en una criatura, peso muerto, semejante al albatros del Viejo Marinero en el poema de Coleridge.

De un tiempo a esta parte, estoy convencido de que las bibliotecas privadas son un problema formidable. Por eso estoy en contra de ellas, aunque posea una yo mismo.



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