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Amores perros y electoreros
Gabriela Warkentin
El Universal

Sábado 04 de julio de 2009



Mi perro mordió a una niña el 1 de julio de 2006.

Era sábado, antes de las elecciones. La niña, de unos siete años, salió corriendo y le brincó encima a Sebastián (así se llamaba mi perro). Él reaccionó —no muy amable, cierto—, y le dio un raspón con la dentadura. Seguí mi camino, la niña lloró un poco, la madre no sabía qué hacer, la hermana me decía que no había pasado nada. Hasta que se dieron cuenta de que Don Sebas —así también le decíamos; un perro salchicha guapo, de porte excelso— sí había dejado marcados sus dientes en la pierna de la niña.

Me rodeó una familia vociferante: amenazaron, acorralaron, y pasé de ser la vecina buena onda, con perro salchicha coqueto, a una “mata-niñas” desalmada. Llegaron la patrulla y una ambulancia. El policía bonachón trataba de calmar las aguas: “Hay que llevarnos bien, vivimos juntos, ¡hombre!”. El camillero me decía que la niña no tenía nada y que además Don Sebas era un perro profusamente vacunado. No importó: terminamos en un hospital privado, de ésos con personalidad difusa; la niña, su madre y su hermana. El médico que nos atendió preguntó si la niña había sido vacunada. La madre no sabía. Preguntó dónde vivían. La madre no sabía.

Terminé buscando al policía bonachón, para que me diera los datos que él había recabado de nosotros, vecinos en pleito. Pagué para que le pusieran todas las vacunas a la niña y la revisaran completita; la mordida del perro ya era lo de menos. Estuvimos horas esperando algo. A la salida, llovía. La niña, su madre y su hermana no tenían cómo irse a casa. Les di un aventón. En el camino —había que hacer conversación— pregunté: “¿Por quién van a votar?”. La madre por el PRI, porque le seguían pagando una lanita de no sé qué; la hermana por Andrés Manuel, porque él sí se iba a chingar a los ricos, y ya era hora. Para llegar a su casa, navegué por retorcidas calles del Centro. Seguimos hablando, y nos despedimos hasta con simpatía. Me serví un whisky, esa noche, y entendí mucho de lo que pasaría al día siguiente, 2 de julio.

Mañana iremos a votar, o no. Ahí cada quien. Don Sebas ya no vive, la niña habrá crecido y México es otro. Voto nulo, Hermosillo, influenza, Partido Verde, recuperación del PRI, bla, bla, bla. México es otro, y a la vez es el mismo. Porque no hemos sabido contarnos una mejor historia. Lo que pasó entonces pasaría ahora, igualito. Pero con mayor descontento y desenfado. No puedo dejar de pensar en esto, por la memoria de Don Sebas, que el 1 de julio de 2006 mordió a una niña.

Directora del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y de Ibero 90.9 FM



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