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Lolita Bosch
El Universal Sábado 04 de julio de 2009 |
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La bondad no es un elemento para la jerarquía ni un derecho, sino un complicadísimo concepto moral. Me explico. Hace un par de años mi familia me invitó a viajar a la Fundación Vicenç Ferrer: una organización de origen catalán que trabaja desde hace décadas en el sur de la India con familias vertiginosamente desprotegidas. Buscando recursos para cambiar el futuro. Aunque fui a regañadientes, debo admitirlo. Y sin embargo: me desarmaron. Mi radical protección a prueba de insípida buena fe y plano paternalismo no me sirvió de nada. Y no sé si sea complacencia, deduje, pero haber tenido la oportunidad de ver la fe absoluta en la posibilidad de una vida mejor y la construcción de seguridad encima del desamparo, resultó una experiencia única. De modo que rendida ante la evidencia de mi ignorancia y mis prejuicios, fui a escuchar al recientemente fallecido Vicenç Ferrer. Temerosa de que se considerara a sí mismo un santo y de la tendencia de todos nosotros a poner unas personas por encima de otras. Con voluntad de entender lo que decía en lugar de darle con simpleza la razón, de aplaudirlo. E incluso considerando inteligente mi reticencia. La pobreza no está para entenderla sino para solucionarla, nos dijo el ex jesuita en aquella ocasión. Y yo recordé decenas de discursos que tratan de combatir una certeza así. Que tratan de blindarse contra la jerarquización del bien y que tratan de persuadirnos de nuestra inercia a someternos a quienes consideramos más justos y más bondadosos. Discursos que en aquel momento me parecieron vacíos, cobardes, rendidos. Aunque también absolutamente necesarios. Porque si bien era cierto que la estancia en la Fundación Vicenç Ferrer me había deslumbrado, había más. Ahí las palabras eran cuerpos, sí. Y las acciones peldaños. De modo que todo lo que yo podía decir a favor y en contra de la solidaridad y también en contra de lo que en Perú recibe el nombre exacto de “buenismo”, no servía para nada. Vicenç Ferrer tenía razón porque actuaba con amor y con ignorancia. No con estrictas convicciones, sino con la necesidad imperiosa de convencerse (convencernos) de que las cosas pueden ser distintas. Y de que eso es precisamente la fe. Pero esto no lo convertía en alguien superior, sino en un trabajador infatigable con una capacidad inmensa para el amor y la esperanza. De modo que concluí que tenía razón. Tenía razón en que debemos tratar de combatir la pobreza aunque no podamos entenderla, debemos trabajar por los desfavorecidos y debemos actuar con responsabilidad y capacidad de duda. Porque esta necesidad de acción que debería ser la solidaridad bien entendida no puede sustentarse en el convencimiento, sino en la ignorancia. No puede sustentarse en nuestra convicción de lo que las cosas deberían ser sino en nuestra esperanza al imaginar en qué podemos convertirlas. De ahí que resulte imprescindible pensar y cuestionarnos siempre cómo hacemos lo que creemos que está bien. Porque el cansancio, el relativismo y el cinismo en el que nos refugiamos para evitar la dificultad de ese pensamiento, es una cobardía. Una debilidad a la que no tenemos derecho. Y porque el amor debe ser, antes que nada, una actitud crítica. Pero crítica con nosotros mismos. Con nuestra incapacidad de amar sin sospecha. Con nuestra incapacidad de entender la urgencia de la acción frente a la incomprensión de los hechos que nos indignan. Con nuestra incapacidad de escuchar y poner en duda nuestros pensamientos. Con nuestra fatiga y nuestra resignación al pensar que nada puede ser distinto. Con nuestro desconocimiento del mundo. Con nuestras certezas construidas sin los otros. Con nuestro cinismo. Porque eso es justamente lo que tratamos de cubrir con esos discursos de la cobardía que nos esconden la responsabilidad que tenemos o que enaltecen los actos necesarios y los confunden con actos de santidad. Así que deberíamos revisar nuestros prejuicios ante el trabajo y la imaginación de los otros, y observar con voluntad de diálogo el concepto de bondad cuando trata de ponerse en práctica.
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