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Wilma: Crónica de su llegada a Playa del Carmen
Verónica Alfonso Cruz / EL UNIVERSAL online
El Universal
Playa del Carmen, Q. Roo
Viernes 21 de octubre de 2005

El encierro es obligatorio, determinaron las autoridades. Después de las seis de la tarde, nadie podía estar fuera de su casa o albergue, la amenaza de la furia destructora de ?Wilma? estaba en las mentes y en el corazón de cada uno de los habitantes y turistas

La noche se cubrió de gris. Desde que cada familia selló sus puertas y ventanas el jueves por la noche, se acabó la vida cotidiana.

El encierro es obligatorio, determinaron las autoridades. Después de las seis de la tarde, nadie podía estar fuera de su casa o albergue, la amenaza de la furia destructora de ?Wilma? estaba en las mentes y en el corazón de cada uno de los habitantes y turistas que decidieron quedarse para vivir la experiencia o no encontraron ningún vuelo disponible para regresar a su país de origen.

Había incertidumbre, pero certeza de que este no sería tan condecendiente como ?Emily?.

Los vientos aumentaron de intensidad y pese a la recomendación de las autoridades no salir la tarde de ayer, todavía algunas personas se aventuraron a salir a las calles por la noche aunque los vientos iban subiendo de tono.

El mar se volcó sobre la costa, llevándose consigo arena, piedras, objetos, palapas y todo lo que encontró en una franja de 10 metros, después de la línea de costa original. Lo mismo ocurrió en la carretera federal y en los sitios en donde el viento no encontró resistencia.

Postes de luz, torres de telefonía y radio comunicación; y árboles, fueron arrasados en esta segunda experiencia del año para Quintana Roo, que ya había superado un primera prueba de ?fuego?.

El hermoso e imponente Mar Caribe, parecía convulsionado y vomitando una mezcla lechosa de arena blanca y agua salada, formando olas de hasta seis metros de altura. Todo era un descontrol. Afuera el zumbido permanente del viento, no dejaba conciliar el sueño en el interior de los ?bunkers?, en donde permanecía la gente encuartelada esperando que pasaran las 36 horas más larga de una vida común.

Imponente llegó ?Wilma?, consigo trajo dos bebés que nacieron durante su desarrollo en el hospital de la ciudad.

Sonia y Lourdes, dieron a luz en medio de la tormenta. Una niña y un varón serían los primeros pacientes que atendieron los médicos de guardia, en una noche y mañana fría y húmeda. El nosocomio estatal se volvió el hospital del terror. Cinco niños y dos adultos fueron alcanzados por un tanque de gas de 30 kilos que al volar y luego proyectarse sobre un domicilio, explotó quemando a los ocupantes de la vivienda. Se quedaron atrapados en instalaciones inapropiadas para atender este tipo de lesiones.

Los médicos desesperados luchaban para encontrar la forma de llevarlos hasta Cancún. El viento tan fuerte que azotaba, impidieron que llegaran y en medio del dolor de las graves quemaduras en el 95 por ciento del cuerpo, se cruzaba la angustia de los médicos que a cada minuto fueron viendo crecer el número de pacientes.

Luego llegaron dos personas con cortadas en el rostro, pecho y piernas. Los vidrios de ventanas en un domicilio, se clavaron en sus carnes, luego de estallar por el golpeteo de ?Wilma?.

Al rescate acudió el Ejercito Mexicano.

-?Aquí, vengan. ¡Auxilio!?-, exclamó una voz, que se perdía entre el zumbido insistente.

Debajo de una mesa se encontraba una mujer y dos niños. La casa de mampostería se había caído y el nivel del agua estaba en ese momento hasta en 50 centímetros.

Pero no podía salir, el miedo a ser embestida por algún proyectil y la bravura del viento, ponían al filo de la navaja la integridad física de la mujer y sus pequeños hijos.

Al unísono en los refugios, la gente comenzó a elevar sus plegarias, por los desprotegidos y vulnerables, al tiempo que recordaban la suerte que corrieron familias enteras de Estados Unidos, con el huracán Katrina.

Volaron cristales, maderas, blocks, techos, aparatos y todo lo que a su paso encontró ?Wilma? y la lluvia no ceso por muchas horas mientras el olor a destrucción y muerte merodeaba por todo el ambiente a razón de 240 kilómetros por hora.



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