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| Y la alevosía rindió su amargo fruto |
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TEXTO JUAN ARVIZU juan.arvizu@eluniversal.com.mx
El Universal Miércoles 01 de octubre de 2008 |
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La matanza del 2 de octubre fue un plan conocido como ‘Operación Galeana’, orquestado por el entonces secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán
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En la Plaza de las Tres Culturas en Tlaltelolco, ametralladoras, rifles, pistolas cruzaron un fuego tan intenso y ensordecedor, que ahogó los lamentos de quienes caían heridos, las órdenes entre militares y agentes de civil, así como el llanto de ver morir ese 2 de octubre a hermanos, padres, abuelos, niños, en el asalto más brutal que haya conocido el movimiento estudiantil de 1968. Hubo francotiradores en nueve edificios. Apuntaron hacia la multitud, los departamentos, y envueltos en la confusión, entre ellos mismos se tirotearon con armas de alto poder, en un traqueteo de balas sin pausa, de más de 90 minutos, que demuestra la capacidad de parque con que fueron abastecidas sus madrigueras. En la explanada, entre las ruinas aztecas, miles de personas corrieron para salvar su vida, presas del terror. Muchos se toparon con pelotones que los atacaron con el filo de las bayonetas; otros soldados apuntaron hacia otro enemigo, el parapetado en algunos puntos estratégicos, en ventanas y azoteas, que se movía como en terreno propio. Militares armados como para enfrentarse a todo un ejército invasor, encabezaron la Operación Galeana, como el secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, nombró al asalto definitivo contra el movimiento estudiantil, planeado por él durante varios días, de acuerdo con sus testimonios póstumos. Desde su despacho dirigió toda la ofensiva, que ejecutó en el “campo de batalla” el general de brigada Crisóforo Mazón Pineda. Lo que no vio el general García Barragán fue la sangre derramada en la gran explanada, en pasillos, jardines, escaleras, en las viviendas de edificios cercanos y distantes. No percibió la angustia de miles de indefensos, tampoco la tensión previa a la masacre. El Consejo Nacional de Huelga (CNH) llegó desorganizado al mitin, sin calcular lo que significaba la presencia de agentes vestidos de civil, pertenecientes a la Dirección Federal de Seguridad (DFS), a la Policía Secreta o de un Batallón Olimpia, que allí se dio a conocer matando a sangre fría y con aquél coro apagado por el fuego amigo, que ejemplifica la confusión del asalto a Tlaltelolco: —¡Batallón Olimpia!... ¡Batallón Olimpia!... ¡No disparen!... Diversos testimonios hablan de varios hombres que entre la muchedumbre sacaron pistolas y “sin ton ni son” dispararon a la gente, a corta distancia. Desencadenaron el miedo en la explanada. Mientras, en el tercer piso del edificio Chihuahua —fue el espacio central de la operación militar y paramilitar—, desde la terraza, agentes de DFS dispararon hacia la gente abajo, y con armas en ambas manos sometieron a los líderes del CNH. Eran la presa para acabar el movimiento, esa tarde, a 10 días de la inauguración de los Juegos Olímpicos. “No vayas, dicen que se va a poner feo, que van a detener a todos los líderes”, fue el rumor del día. Y se acentuó ante el cerco de las hienas. Hubo marcaje personal a los líderes estudiantiles, desde antes del fuego de las armas. El movimiento había caído en una trampa montada con habilidad. Áyax Segura Garrrido, un agente de la DFS, infiltrado en el CNH como estudiante de la Escuela Normal Oral, actuó con resolución, en el momento preciso: “Debemos ir” (a la plaza), e impuso la idea, relata Ángel Verdugo, integrante del consejo estudiantil. De manera simultánea, se dieron los primeros contactos, ahora sí, de pre-diálogo. Dos días antes, el 30 de septiembre, la Ciudad Universitaria fue devuelta; el 1 y 2 de octubre, comisiones estudiantiles tantearon a un duro Jorge de la Vega y un pasivo Andrés Caso. La tarde misma de la masacre, ambos charlaban con Marcelino Perelló. El CNH no vio la trampa, el engaño. Y a las 18:10 horas, con luces de bengala irrumpió la muerte.
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