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| Jornada con aroma a terror |
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Fidel Samaniego
El Universal Miércoles 28 de noviembre de 2007 |
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fidel.samaniego@eluniversal.com.mx Segundos después de contestar la llamada en su teléfono móvil, la diputada Mirna Cecilia Rincón Vargas, panista, bajacaliforniana, se puso de pie, se llevó la mano al rostro, intentó caminar pero no pudo, se desvaneció en el salón de sesiones. Quien le habló le había dicho que tenían secuestrado a su hijo y le ordenó que de inmediato fuese a una sucursal bancaria en el mismo Palacio Legislativo para depositar la cantidad que le pedía. Varios compañeros se acercaron a ella, la auxiliaron, la abrazaron. Juan José Rodríguez Pratts intentaba tranquilizarla y le preguntaba qué ocurría. La voz entrecortada sólo musitaba: “¡Mi hijo, mi hijo!”. Sin embargo, legisladora se separó de ellos, echó a correr, cruzó la explanada, llegó a las oficinas del banco. No colgaba el llamado, en la mano temblorosa mantenía el móvil. Poco después, su angustia se convirtió en terror. La misteriosa voz le exigió por el teléfono que se saliera de inmediato de ese local, y para que no le quedaran dudas, le dijo cómo estaba vestida. En esos momentos, Mirna Cecilia Rincón recibía informes ciertos: sus hijos, en su tierra natal, estaban bien, a salvo. Ya no pudo más. Perdió todas las fuerzas. La llevaron a la enfermería. Una jornada insólita en San Lázaro. El incidente o intento de extorsión ocurrió cerca del medio día. Poco después, otra diputada, también integrante de la bancada del PAN, Lizbeth Medina Rodríguez, recibió un llamado en su celular. Una voz aparentemente infantil le aseguraba que era su hija y que se la estaban llevando. Ella de inmediato supo que no era cierto. Y hubo más telefonemas a otros legisladores, todos del PAN. Eran evidentes las expresiones de alarma, los gestos de temor o de ira. Había quienes estaban intrigados, otros aterrorizados. En sus celulares, los panistas recibieron mensajes escritos en los que les pedían mantener la calma y estar en contacto con su coordinador. El ambiente se cargó a tal punto que la presidenta de la Cámara, Ruth Zavaleta, decidió levantar la sesión, dijo que las amenazas telefónicas estaban “fuera de control”. Una jornada en la que un insoportable olor llenó el recinto. “¡Huele a azufre!” exclamó un diputado. Otro le aclaró que no, que según las leyendas, el azufroso hedor es propio del infierno, que el aire estaba cargado de amoniaco. Efectivamente, el salón de sesiones fue limpiado y se puso un líquido que impide que en caso de un incendio, el fuego se propague con rapidez. Y ante ese inconveniente, el de la pestilencia, la gran mayoría de los legisladores abandonó el salón. Después de las amenazas telefónicas otros también se marcharon a sus oficinas. Sin embargo, las negociaciones para reformar la legislación electoral continuaron. El subsecretario Armando Salinas pidió en el patio central a Diódoro Carrasco, hoy panista: “Deberías hablar con tu sucesor, están preocupados”. El presidente de la Comisión de Gobernación le dijo que todo va a salir bien. Después de las dos de la tarde en la explanada de San Lázaro sopló un fuerte viento, y se levantó un pequeño remolino. Más allá continuaba el olor a amoniaco. Y en el aire flotaba, amenazante, el terror...
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