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| Gil desfila en el Congreso |
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Fidel Samaniego
El Universal Viernes 07 de septiembre de 2007 |
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Alto, flaco. Su figura, triste como la de aquel cervantino personaje. Pero en el rostro un gesto alegre. Y en la voz, sus palabras: “¡Claro que estoy más tranquilo que antes!”. Después, Francisco Gil Díaz, el ex secretario de Hacienda, se despedía, aceleraba el paso y entraba a la zona donde está la oficina de Emilio Gamboa en San Lázaro. Minutos antes, Gil Díaz había atravesado el patio del palacio legislativo con una carpeta con el emblema de una empresa telefónica bajo el brazo. “Pues aquí estoy por lo de la reforma fiscal”, le dijo a alguien por el celular. Pasó cerca de diputados panistas que no podían ocultar su molestia. “¡Con Manuel Espino para qué queremos a Andrés Manuel!”, exclamaba Obdulio Ávila. Triste, con lágrimas en los ojos, Elia Hernández, de Guanajuato, se preguntaba: “¿valió la pena todo lo que hicimos para esto?”. Ella en la defensa de Acción Nacional, estuvo en la cárcel en su tierra, acusada de sedición. Agregaba: “Yo tengo aspiraciones políticas. Quiero ser diputada en mi estado. Pero si se trata de apoyar al presidente Calderón, sacrifico esas aspiraciones. Pero no se vale lo que pasó allá adentro”. Lo que pasó allá adentro. En el auditorio del edificio “A” de la ciudadela de San Lázaro. El dirigente del PAN, Manuel Espino, acudió a la reunión plenaria de sus compañeros diputados. Habló con ellos de la propuesta de aumento al precio de la gasolina. Dijo que estaba bien que el gobierno de Calderón les pidiera apoyo, pero que no podían pedirles todas. Ganó aplausos de unos, cuando aseguró que sabía lo difícil que sería para aquellos que pidieron el voto, ir con sus electores y decirles que aprobaron un impuesto inflacionario. A su lado, Héctor Larios no ocultaba la incomodidad, el desconcierto. Espino siguió adelante. Dijo que no había línea. Se refirió también a la propuesta de reforma electoral, a la sustitución de consejeros del IFE. Pasaron los minutos. Inocultable, inevitable el enojo de diputados simpatizantes de Felipe Calderón. “¡Muy mal! Vino a enfrentarnos, a dejarnos con más dudas, vino a todo, menos a pedir apoyo para el Presidente” comentaba, uno de ellos a sus compañeros. Obdulio Ávila no aguantó. Se puso de pie, abandonó el auditorio. “Me salí para no ofenderlo. Pero no está bien que actué de esa manera”, decía a un amigo. Poco después, esa dramática imagen. Elia Hernández, mujer que varios días defendió la tribuna para que en su momento pudiera llegar a ella Felipe Calderón a protestar el 1 de diciembre, no podía contener las lágrimas. “¡No se vale!” repetía. Y junto a ellos pasó Francisco Gil Díaz. Llevaba prendido al cinturón el gafete de la empresa para la cual trabaja. Y su carpeta con una “M”. Y la aclaración: “No estoy contento por ya no ser secretario de Hacienda. Estoy contento con la vida”. El cronista le preguntaba qué sentía como encargado de las finanzas nacionales en días previos a la presentación del proyecto de presupuesto. Invitaba a que eso se le preguntara a Agustín Carstens, de quien opinaba “es un magnífico secretario”. Después se metió a las oficinas de Gamboa . En el salón de sesiones continuaron los trabajos. Para entonces ya quedaba claro que habrá que esperar, que nada hay claro en las negociaciones sobre las reformas. En el lado de los panistas, flotaba el fantasma del desconcierto, el de la frustración.
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