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Indefensas en un mar de miradas masculinas
Cinthya Sánchez
El Universal

Martes 08 de mayo de 2007



La toma sorpresa de Tunick sólo de mujeres. Sólo belleza. Lejos de los hombres, las voces se atenuaron. Los olores se suavizaron y los cuerpos se juntaron un poquito más. Comenzamos a mirarnos, como frecuentemente lo hacemos vestidas, sólo que esta vez buscábamos formas. Pechos. Diseños de depilación. Tatuajes. Glúteos. Comparábamos la celulitis y nos tocábamos. Con permiso, le decías a una, mientras tomabas su brazo o sutilmente chocabas con sus senos. Fueron 20 minutos de hermandad femenina, de parches anticonceptivos pegados a la nalga. De chicas. De complicidad.

Platicamos. Reímos. Seguimos a la de adelante. Nos reconocimos. Nos presentamos. Contagiadas por el buen humor de una hora antes a ninguna le pareció, de primer momento, mala idea posar ante la cámara de Tunick sin su novio, hermano, amigo o papá al lado de ellas. Vimos y nos dejamos ver. Había cuerpos reales. Sin retoques de photoshop.

Los hombres más cercanos a nosotras vestían de camiseta negra, entre ellos Spencer Tunick y sus cuatro colaboradores. Varias chicas se acercaron para levantarles la playera con humor. Tunick nos pidió acercarnos al primer semáforo de Pino Suárez, debajo del Palacio Nacional, para aprovechar el único espacio donde los rayos del sol aún no pegaban, aunque al sol le ganaron los flashazos de las cámaras y los teléfonos celulares de hombres con penes ya cubiertos. Ya protegidos con su ropa se transformaron en tiburones y nosotras en su carnada.

Spencer Tunick pedía que nos recostáramos de lado. "Relajen la cara... No sonrían... Cierren los ojos". Pero a sus miles de modelos les costaba trabajo gozarlo frente a miradas que no estaban invitadas. La preocupación de regresar por la ropa frente a un tumulto de hombres nos forzaba la pose.

Poco a poco vimos más y más hombres con ropa. La cara nos cambió. El nerviosismo tapó la sonrisa. Nosotras le gritábamos ¡ya, ya!, ¡rápido, rápido! Le hacíamos señas a Spencer para que quitara a los hombres; como respuesta, él invitaba a las de cabello negro muy largo a reunirse un día después en el hotel Majestic para una nueva foto.

El momento llegó. Después de un tímido aplauso, la pesadilla se hizo realidad. Fue como uno de esos sueños donde corres desnuda y todos te miran. Caminamos a paso acelerado por la plancha del zócalo a buscar nuestra ropa. Con una única idea en la cabeza que se repetía cuantas veces se puede en unos 100 metros: "Ojalá encuentre mi ropa. Ojalá encuentre mi ropa".

Algunas pensábamos hasta en un plan "B", de no hallarla.

El acercamiento a los tiburones no fue tan malo. Los aplausos de quienes esperaban a sus valientes mujeres aminoraron la tensión. Tratábamos de olvidarnos de las cámaras de los cobardes que ya cubiertos con ropa sacaron al machín que llevan dentro y que utilizaron como arma un celular.



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