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| Un día después... caos y vandalismo |
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David Aponte
El Universal Martes 31 de octubre de 2006 |
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OAXACA, Oax.- Siete jóvenes se cortan de la marcha en repudio por la incursión de la Policía Federal Preventiva al zócalo. Toman la calle Bustamante y corren con un carrito de supermercado lleno de cocteles molotov. Un maestro de la sección 22 del sindicato magisterial intenta persuadirlos. "¡La marcha es pacífica!", grita. El embozado que conduce la explosiva alacena apenas lo mira y le responde: "¡Se están haciendo pendejos!". Sus compañeros llevan palos y varillas para enfrentar a los cientos de federales que tomaron el control de la plaza desde la noche del domingo. Quieren "reventar" a los policías que el día anterior pasaron por encima de sus barricadas y llegaron hasta el corazón de la ciudad. Es el día después. Los profesores y profesoras tienen la consigna de no enfrentarse con las fuerzas federales que cerraron las bocacalles del centro histórico. Como vienen diciendo para el retorno a las clases: "Mejor seguimos de frente". La ciudad amanece paralizada y presa del vandalismo de jóvenes embozados, que por la mañana atracan una estación de bomberos. Algunos locales comerciales de la zona centro abren tímidamente sus puertas, que vuelven a cerrar al mediodía por las tres marchas organizadas por los simpatizantes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca y los maestros, que deciden no regresar a clases. Muchos curiosos toman fotos de los camiones incendiados la noche anterior en el centro y de los elementos de la PFP que cierran el paso al zócalo. Nadie puede ir a los bancos porque no hay servicios. Los autos dejan de circular poco después de la 11:30 horas, cuando arrancan las manifestaciones de los appos y los profesores, en repudio a la incursión de los federales y para seguir insistiendo en la renuncia del gobernador Ulises Ruiz. Los manifestantes salen desde tres puntos de la ciudad: el mercado de Santa Rosa, el Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca y la Procuraduría de Justicia. Se dirigen al centro histórico, ocupado por los federales. Los mandos de la PFP disponen de las tanquetas antimotines para colocarlas en las distintas entradas al zócalo: tres en la calle Hidalgo, dos en García Vigil, tres en A. Valdivieso, dos en Bustamante, una en Valerio Trujano y dos en Independencia (en esta última calle también hay dos trascavos). No hay manera de penetrar al lugar. Los profesores salen desde el Instituto Estatal de Educación Pública, ubicado en la carretera al istmo. "Todos los compañeros con la cara descubierta". "Los hombres en las orillas y las mujeres al centro", ordenan desde la vanguardia. Van en camino al zócalo con la consigna de seguir manteniendo las barricadas hasta que Ruiz Ortiz deje el gobierno oaxaqueño. -¡Oaxaca no es cuartel, fuera Ejército de él!- se desgañitan por la carretera. A unos kilómetros, otros manifestantes, quizá el núcleo duro de la APPO, camina hacia la avenida Madero. Al frente van jóvenes con rostros cubiertos y cohetones. Una manta reza: "En nombre de Dios, fuera Ulises de Oaxaca". Los comercios comienzan a cerrar sus puertas. A media calle, un empresario, Mario Arturo Mendoza, se queja de la situación económica de la ciudad. "Estamos en medio y somos los que perdemos". Los contingentes entran por distintas calles del centro, pero evaden las calles taponadas por los elementos de la PFP. Básicamente, se muestran ante los federales pero se siguen hacia la plaza de Santo Domingo, ubicada a cuatro calles del zócalo. Algunos jóvenes y maestros encaran a los federales y les escupen insultos y consignas, desde "Oaxaca no es Atenco" hasta "mal paridos". Los policías aguantan y colocan una cortina con sus escudos. Los jóvenes del carrito de supermercado comienzan a quemar llantas y cartones, para luego lanzar sus botellas a unos metros de los federales, que responde con cápsulas de gases lacrimógenos. No hay heridos en el intercambio de proyectiles. Un helicóptero sobrevuela la zona. Los profesores y appos realizan un mitin en la plaza de Santo Domingo, en el que deciden poner su nuevo plantón en ese lugar, que es considerado como el tesoro cultural y centro de atracción turística de la ciudad. Simpatizantes de la APPO detectan la presencia del reportero de TV Azteca, Federico Anaya. Lo acusan de transmitir mentiras y lo detienen. Una mujer lo toma del brazo y lo conduce entre la enardecida multitud, que lo insulta, le tira patadas, empujones y botellas de agua. Reporteros de medios nacionales y corresponsales extranjeros intentan rescatar al periodista. Los appos y profesores cargan contra los periodistas: "¡Fuera mentirosos!". Enrique Méndez, de La Jornada, intenta subir a Anaya a un taxi para sacarlo del centro y evitar una agresión mayor. Jóvenes golpean el auto y otros le bajan las llantas. "¡No lo llevo, no lo llevo!", grita asustado el chofer, que arranca despavorido. Los profesores y sus compañeros de la APPO continúan los insultos. En la avenida Hidalgo, el corresponsal del diario español La Vanguardia, Joaquín Ibarz ayuda para que otro taxi, el 364 del sitio Benito Juárez, se lleve a Anaya. El reportero sale de la zona. Los jóvenes embozados siguen con sus cocteles molotov y sus fogatas que llenan la ciudad de humo y ceniza. Es el día después.
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