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Ulises Ruiz, espectador
Juan Arvizu
El Universal

Domingo 29 de octubre de 2006



Al volante de su camioneta de lujo, Ulises Ruiz tomó la ca lle de Atenas, aceleró y el vehículo rugió hacia su mismo destino en los últimos días: su hospedaje en la capital del país, desde donde despacha los asuntos del gobierno de Oaxaca.

Pocos lo vieron durante las cuatro horas en que estuvo en las oficinas de alto rango del Palacio de Covián, donde se le recuerda por el aire de desenfado con el que se ha desenvuelto en la crisis de su estado.

Ulises Ruiz probó el placer de conducir su vehículo negro. Eran las 15 horas y al dejar la petición escrita de que intervenga la fuerza pública federal en su estado, se convertía en un espectador más del caos oaxaqueño.

Era la tarde de un día en el que ocurrió lo que muchos apostaban que no ocurriría, la orden presidencial del envío de la fuerza pública. Y es que cuatro muertos por herida de bala, uno de ellos ciudadano estadounidense, derramaron el vaso de sangre.

En junio pasado, cuando la APPO era un bebé de unos cuantos días, Ulises Ruiz -cuentan en la Secretaría de Gobernación-recibió a un novato subsecretario de Gobierno Arturo Chávez Chávez, a quien de manera rústica le dijo que el problema con los maestros era del Presidente Fox, no suyo.

Chávez lo tomó literal, se paró de su asiento y le dijo: "Se lo informaré textualmente al señor secretario y él se lo reportará al señor Presidente. Hasta luego".

El desparpajo del gobernador heló al enviado de Abascal. Le dijo que era broma, que mejor se sentara para platicar sobre los problemas locales.

Ayer sábado, por fin, escrituró la crisis política y social de Oaxaca al mismísmo presidente de la República.

Esa camioneta negra y su singular propietario fue la primera en entrar a las 10:45 horas, al estacionamiento de personalidades. Ligero Ulises Ruiz pasó a las oficinas de Chávez, un hombre alto, experto en Derecho.

A los 15 minutos, en un ambiente de inquietud por lo que significaba la instrucción presidencial de movilizar las fuerzas federales al estado de Ulises Ruiz, entró el canciller Ernesto Derbez.

Atrás de los más secretarios. Entró a pie el director del Cisen, Eduardo Medina-Mora, mientras que la camioneta de Carlos Abascal trasponía la reja de Bucareli.

Carlos Abascal se había despedido de su familia y quizá se cruzó en el camino con peregrinaciones de devotos de San Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles, en marcha hacia la Iglesia de san Hipólito, a un kilómetro de distancia del Palacio de Covián.

Abascal tenía sin duda un problema más difícil que antes del viernes, cuando todavía vivían tres oaxaqueños y el estadounidense Bradley Ronald Hill.

Los que por primera ocasión fueron puntuales como un inglés, fueron los maestros de la Sección 22, ansiosos de concretar acuerdos finales que los saquen de cualquier conflicto con el Ejecutivo.

Y de la APPO ni sus luces.

Corrió entonces el plan operativo federal. Y como no había respuesta de la APPO a los ofrecimientos de diálogo político, Abascal ordenó echar a andar la cuenta regresiva, con un ultimatum.

Cuando Ulises Ruiz echó a andar la camioneta ya sabía que Fox iría a presionar la solución con lo último, la fuerza pública.

Se fue a su hospedaje a esperar los acontecimientos, como un espectador del infierno que inflamó.



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