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| Últimas horas con sabor a triunfo |
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Martha Anaya
El Universal Viernes 15 de septiembre de 2006 |
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Andrés Manuel López Obrador disfrutaba el momento y hacía partícipes de su alegría a sus seguidores en el zócalo: miraba de reojo hacia el balcón del Palacio Nacional y, sin volverse, apuntaba hacia sus espaldas con el pulgar y refería ante el micrófono: "¡No viene...! El regocijo se extendía en la plaza en este día 47 de resistencia civil pacífica. López Obrador sonreía. Hacía una pausa y volvía de nuevo a señalar hacia sus espaldas -allá donde el manto rojo cubría el balcón presidencial- y repetía: "No viene...!" En el zócalo, todos sabían ya a esas horas -las siete de la noche- a qué se refería: que el presidente Vicente Fox no daría el grito en Palacio Nacional. Eran las últimas horas del plantón, del campamento, de eso que dieron por llamar "la comuna del zócalo". Sartenes y cacerolas retumbaban a la par de trompetas septembrinas, gritos de "¡sí se pudo!" y banderas mexicanas ondeando. -¡Vamos a extrañar esto! ¿Se quieren ir...? -preguntaba López Obrador. -¡Noooo! -respondían a coro los ahí congregados en esta última asamblea nocturna del tabasqueño. Pero la cuenta regresiva ya se había echado a andar. Hoy, para cuando usted lea estas páginas, prácticamente el campamento entero se habrá levantado. Ya ayer al anochecer, incluso, poco quedaba en Juárez y el zócalo de aquella resistencia que se apostó desde el 30 de julio a la voz de "voto por voto, casilla por casilla". Arengas y carteles que ayer impugnaban la elección, hoy apuntan hacia la convención nacional democrática cuyo lema versa "sufragio efectivo, no imposición." Así, con otro destino en puerta -entre casas de campaña que se pliegan, mecates que se desamarran, cajas que se retiran, ropa que se atiborra en bolsas- los seguidores de López Obrador vuelven a plantarse frente al templete y aguardan el momento final. La tensión que se vivió ayer por la mañana ante la posibilidad de que Fox acudiera al zócalo a dar el grito, se desvaneció por completo al atardecer en cuanto se supo de su cancelación. El operativo de seguridad del Estado Mayor Presidencial desapareció al instante. Ante el Palacio Nacional no quedaron más que racimos de flores blancas y algunos pegotes sobre las vallas que rezaban: "Clausurado por atentar contra la democracia". Así que ya para cuando Andrés Manuel llegó, en el centro lo que se vivía era una verbena, y hasta se hacían bromas: "¿qué pasó con el grito de Fox?", preguntaba uno. A lo que otro respondía: "Está pensando si lo manda por escrito". En ese ambiente, López Obrador rindió homenaje al jefe de Gobierno de la ciudad, a Alejandro Encinas, "un hombre que se ha portado con rectitud, a la altura de las circunstancias". Es un gran mérito, dijo, gobernar y evitar la confrontación y la violencia. Se vino una gran ovación en el zócalo. Encinas, ahí presente a un lado de López Obrador, agradeció con una enorme sonrisa. Y entonces vinieron dos peticiones de Andrés Manuel al jefe de Gobierno de la capital: -Que reciba la campana que nos mandaron para el grito y que sea la que toque mañana desde su oficina. -Y que en nombre de todos se invite a Rosario Ibarra de Piedra para que ella nos represente. Las peticiones quedaron signadas con un abrazo entre ambos. La noche del 15, ni Fox ni Andrés Manuel darán el grito. López Obrador indicó que él se quedaría ahí abajo, junto con la gente, para responder al grito que dará esta noche Encinas. Así se resolvió finalmente el duelo del grito. Ni uno, ni otro. Ni Fox, ni López Obrador. Sin embargo, más allá de los reveses electorales, las últimas horas del campamento en resistencia se vivían como un triunfo.
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