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| De la ´zona VIP´en la ciudadela amarilla al ´territorio pantera´ |
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Fidel Samaniego
El Universal Viernes 18 de agosto de 2006 |
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Lo dijo una joven. Y hablaba en serio, con emoción: "Se me figura como esa película de Troya. Cuando Aquiles, que era el papacito Brad Pitt, entraba a su tienda, después de las batallas. Se metía a descansar. O como en aquella otra, la de Alejandro Magno, que igual reposaba en su tienda de campaña". Hablaba la muchacha a la entrada del campamento más vigilado, el más importante de la ciudadela amarilla. Llevaba horas esperando para ver llegar o retirarse a Andrés Manuel López Obrador. A él se refería, a él era a quien comparaba con aquellos guerreros de leyenda o de historia. Estaba ella con su mamá. Compartían la veneración por aquél a quien la semana pasada ya vieron ahí, en esa zona, la que algunos llaman la VIP y hasta lo saludaron de lejos. En el estacionamiento, en el cual sólo están unos vehículos rigurosamente seleccionados, no se encontraba en esos momentos el Jetta en el que suele transportarse López Obrador. Sin embargo, ellas no se movían. Y al unísono reaccionaban, se alteraban: "¿Cómo se atreve usted a preguntar eso? ¡Claro que él duerme aquí, con el pueblo, en las mismas condiciones!" Una zona protegida hacia la calle que pasa frente a Palacio Nacional por una muralla de madera. Detrás de ésta hay un tráiler. A los lados, las entradas. Ahí, los guardias con sus gafetes y sus miradas que todo lo vigilan. Nadie que no sea conocido puede meterse. Varias tiendas. Algunas muy pequeñas, como la que ocupa César Yáñez, el responsable de los asuntos de prensa de López Obrador. Hay otras, más allá, como la de Nicolás Mollinedo, y la de Octavio Romero, los dos de la absoluta confianza de su jefe. También pasa las noches ahí Guadalupe Acosta, el secretario general del PRD. También hay tiendas de campaña para Gerardo Fernández Noroña, Jesús Ortega y Federico Arreola. Fue el líder quien decidió los que permanecerían ahí. Cerca de dos banderas, la de México y la del Partido de la Revolución Democrática, casi al centro de las demás está la que es la morada de Andrés Manuel López Obrador. Imposible acercarse si no se pertenece al primer círculo. Y quién sabe de ellos, quién tenga acceso a la misma. Aseguran sus colaboradores que es austera, con dos camastros, uno para él y otro para su hijo, y que en el reducido espacio caben también una mesita y una silla. La zona VIP. La más importante en la ciudadela amarilla en la que se ha convertido el zócalo capitalino. Durante el día, nunca falta la gente que se acerca ahí, observa, lo hace con respeto, con admiración, con fervor. Hay un cartelón junto a una de las entradas que indica: "2006 no es 1988 y Andrés Manuel no es Cuauhtémoc". El campamento del líder. Lejos y cerca de otro, en Paseo de la Reforma, por La Palma, a unas cuadras de la embajada de Estados Unidos. "¡Aquí es territorio pantera!", dice un joven. Viste con pants y tenis de marca, porque, bromea, odia la piratería. No da su nombre. Se burla de las preguntas que se le hacen. "Si algo va a poner, diga que con nosotros no se juega, y que no somos delincuentes. Somos taxistas organizados". Luego advierte: "Pues que preparen sus tanquetitas con el agua, allá estaremos el primero de septiembre, sirve que llevamos nuestro jabón y nos bañamos". Mientras tanto, en avenida Juárez, frente al Hemiciclo, Leonardo Almanza platica: "Mire usted, yo no sé hasta adonde vamos a llegar. Espero que Andrés sí lo sepa. Yo lo apoyo porque creo que hubo fraude. No fue en las casillas, el día de la elección. Cuando menos no en la que yo estuve, en el Distrito 15, allá por Pantitlán. Pero la trampa pudo hacerse después". Avanza la tarde. Hay quienes ya se encaminan al zócalo. Alvaro Velázquez sale de su tienda. Junto a la misma tiene colgada una cabeza con pintura roja que aparenta sangre. "Es la de Calderón", dice. Más adelante bajará la voz, confesarán: "La verdad va a estar difícil seguir aquí, la próxima semana van mis chamacos a la escuela". Y allá, junto a la zona más custodiada de la amarilla ciudadela, una joven continúa con su mamá al lado, en la espera. Insiste: "Se me figura el Aquiles o el Alejandro Magno". Y habla en serio.
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