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Vinieron a marchar y se quedaron en ´plantón´
Jorge Octavio Ochoa y Alberto Morales
El Universal

Lunes 31 de julio de 2006



Arrecia la presión. En medio de la incredulidad y el estupor, Andrés Ma nuel López Obrador anuncia ahí, en esa plaza atiborrada, su decisión de quedarse en plantón hasta que el Tribunal Electoral califique la elección.

Ha sido una jornada en una ciudad desbordada, por donde Andrés Manuel camina durante tres horas, a paso lento, seguido por un caudal humano que bulle y que a su paso grita "¡Presidente!, ¡presidente!", en la manifestación que perredistas consideraron como la más imponente en la historia de este país.

Cinco helicópteros revolotean, como mosquitos, por toda la ruta. Nadie imagina lo que López Obrador está por anunciar en la plancha del zócalo, ahí, ante esa multitud que ha esperado durante más de cuatro horas, a la que de pronto informa: "Nos quedamos aquí, en asamblea permanente"; entonces invade la confusión, porque unos quieren irse, pero quedan atrapados, cuando inician la retirada por la esquina de Corregidora.

A las 10:30 -cuando empieza la marcha- nadie lo sabe. La valla humana, que se extiende desde la puerta de Los Leones, en el zoológico de Chapultepec, no se imagina tampoco que les pedirán que se queden ahí, en plantón. Los contingentes avanzan, desbordando a todo lo ancho la avenida Reforma, como brazo de mar; aguas ruidosas, tumultuosas, que mueven como olas toda su parafernalia de cartón. Vienen de distintos puntos del país.

Alegoría de carteles que repiten la imagen de un Fox de hace seis años, con la banda presidencial puesta, de aquel lejano año 2000, pero ahora con la leyenda: "Fox, traidor a la democracia". Muchos vienen de largos viajes en autobús, a 20, 15, 10 horas de distancia de la capital, con la perspectiva de regresar a sus estados, cuando más, al día siguiente. Ellos tampoco esperaban ese anuncio.

Ellos marchan ahí, inmersos en ese caudal que les infunde fuerza, que les da esa sensación de poder en medio de esa cohesión de cuerpos. No saben que esa misma noche, en el zócalo, iniciará la instalación de campamentos, para quedarse ahí "hasta que el TEPJF emita su fallo". Una bandera de México, extendida a ras de piso, abre la manifestación. Detrás se ve a un López Obrador sonriente, que se detiene cada 10 o 20 pasos para saludar con la mano levantada. Miles de bocas se abren: "¡No estás solo!".

La consigna se repite sin reposo. Las pancartas se radicalizan, pero no las actitudes. La gente está en paz, eufórica, con esa muestra de poder inconmensurable. La gente sonríe; hay payasos por la ruta de Reforma que amenizan. Al pasar por la Diana Cazadora se escuchan "goyas" de universitarios. Las tiendas, restaurantes están abiertos. Los empleados lo saludan al pasar.

Pero las pancartas y carteles muestran un sesgo soterrado: "No soy acarreado y estoy encabronado", reza una frase escrita sobre la imagen de un payaso diabólico -Exxo-, de un color escarlata lúgubre y fiero. Adelante, otra que dice: "Fox, faltan 123 días y te vas a la...". Una figurita de plástico que simula un mojón de excremento culmina la oración. Nadie de los que enarbola esos cuadros piensa en un plantón de casi un mes.

En una tienda de campaña, un cuadrado de 4 por 4, López Obrador inicia este plantón al que ha convocado a sus seguidores. Alrededor de las 19:00 horas llegan cuatro catres nuevos y cobertores. Todo parece indicar que ahí se quedarán él y sus tres hijos mientras se radicaliza la resistencia civil.

Sin embargo, dentro del contingente hay algunos que al parecer sí lo sabían. "¡Pero qué pensaron estos pendejos! ¿Que nos íbamos a quedar cruzados de brazos? ¡Se equivocaron!", dice el ex diputado federal Jesús Martín del Campo a un amigo que camina con él, dentro de la valla de invitados especiales, una hora antes del anuncio del plantón. Arturo Núñez, ex priísta, también tiene presagios fúnebres: "Si no aceptan el recuento, esto se va a poner feo", dice.

Sólo Andrés Manuel y unos cuantos saben que esa tarde pondrán a prueba a partidos, a intelectuales y artistas. Sin embargo, entre "los de abajo" no fue necesaria más orden. No pasa ni una hora, cuando ya en Paseo de la Reforma y plaza de la República, un espectáculo musical inicia.

Frente al Caballito de Reforma un hombre en el techo de un camión ordena: "¡A las ocho aquí nos vemos, ya tenemos víveres, el gas, la estufa. Vamos a vivir en el zócalo hasta que el tribunal cuente todos los votos!".



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