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Horas de ´relax´ ante la cercanía de la vorágine
Jorge Octavio Ochoa
El Universal

Miércoles 28 de junio de 2006



El músculo duerme, la voluntad descansa. Velan armas y él está ahí, relajado, como si el domingo no se jugara un momento fundamental en la vida. Fuera del templete parece otro. Desguanza el cuerpo, se desmadeja. Así se ve, desparramado en la silla, rodeado de reporteros, en un momento extrañamente íntimo.

No es, ahí, el hombre de los discursos, de la arenga en la plaza pública. Es él, el hombre solo, en plena confidencia con quienes, en otra circunstancia, se cuidaría mucho de hablar cualquier cosa. Pero hoy está ahí, tranquilo, apacible, revelando parte de su sicología del poder.

Ante esos, ante "los muchachos", admite que los templetes tienen un influjo mágico, pues el cansancio más profundo se diluye y el cuerpo se inunda de una especie de energía; "es mi vitamina P", dice, convencido de que ese pueblo le dará la ventaja necesaria para ser el próximo presidente del país.

Son las horas previas al evento estelar: el cierre nacional de campaña en el zócalo de la ciudad de México. Se prevé ya un evento apoteósico. Son las últimas horas de relax. Después vendrá la tensa calma, los tres días más largos, que por la tarde del domingo se convertirán en la vorágine.

Pero él está inusitadamente tranquilo, seguro, como si tuviera perfectamente leído el nerviosismo que desde la otra trinchera ha mostrado el PAN de Felipe Calderón y de Fox.

"Mira, cuando un candidato se refiere mucho a otro es que las cosas no andan bien". Así resume su interpretación sobre el golpeteo del que ha sido objeto.

Sólo por un momento se ve pensativo: cuando se queda clavado, con la mirada puesta en las figuras de su corbata, desparramado en la silla, los pies estirados. Los reporteros guardan silencio por unos segundos, en la contemplación de ese hombre que se pierde en un fugaz soliloquio mental.

Pero regresa al mundo, después de ese breve viaje astral. Devuelve la mirada a cada uno de los que preguntan algo; es una mirada apacible, que sonríe. No pareciera ser el hombre tan temido, de quien dicen sus adversarios "es un peligro para México". De hecho, asegura que después de la contienda los va a buscar a todos ellos.

"Yo no voy a esperar a que vengan; yo los voy a buscar (a los empresarios), porque hay que construir un pacto. La campaña es muy diferente al ejercicio del poder", advierte, como para justificar los excesos verbales que tuvo en el templete. De hecho, ya no quiere hablar nada de aquel histórico: "¡Cállate, chachalaca!". Pero sí los sigue llamando "pirrurris".

En la campaña -dice- nunca nadie lo hizo enojar. Hoy por hoy no está molesto con nadie, dice. De hecho, asegura que a lo sumo, el momento más difícil en ese tiempo fue "llegar tarde a los mítines.

Hoy parece, incluso, como un hombre sin más fuerza que la voluntad de decir y hacer cosas. Hombre que en el desangelado mitin en el Hemiciclo a Juárez advirtió que la austeridad será "algo más que un asunto administrativo", es una cuestión de principios.

Parece un hombre austero en todo lo que hace, porque hasta en las bolsas del pantalón sólo lleva un pequeño peine, unas llaves y dos imágenes, al parecer religiosas, aunque pudieran ser de alguna persona de quien él dice: "Aquí está mi chicotito". Nada más.

Días de guardar. Luego vendrá la vorágine, para bien o para mal.



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