aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Entre Nelson Mandela y su biógrafo hay algo personal

El periodista inglés John Carlin necesitó la bendición del líder sudafricano para escribir el libro “Playing the enemy”

Sábado 30 de enero de 2010 Julio Aguilar | El Universalcultura@eluniversal.com.mx

Cuando el reportero John Carlin (Londres, 1956) buscó a Nelson Mandela para contarle su proyecto de relatar en un libro la historia detrás de la victoria de la selección sudafricana de rugby en la Copa Mundial de 1995, el patriarca negro le dio su bendición al periodista inglés.

A partir de ese momento, se desencadenó una serie de casualidades tan afortunadas como inexplicables que llevaron a buen fin no sólo la publicación del libro Playing the Enemy en 2008, sino también el estreno de la película Invictus, que actualmente se exhibe.

Carlin aún no se explica cómo pudo ser que, en un recóndito poblado de Misisipi llamado Clarksdale, coincidiera con el veterano actor Morgan Freeman en la casa de un desconocido en junio de 2006. Para mayor sorpresa, Freeman había leído una sinopsis sobre el episodio del mundial de rugby que Carlin había enviado a Hollywood como quien lanza una botella al mar.

Ese encuentro fue crítico para que Freeman se tomara como algo personal llevar al cine la historia documentada por Carlin, en la que vio la gran oportunidad que él mismo había estado buscando para interpretar a Mandela, el papel por el que quizá será más recordado en el futuro.

“Fue una especie de sueño y no sé si en mi vida habrá una oportunidad igual”, comenta Carlin en una entrevista telefónica desde Barcelona, la ciudad donde reside. El periodista inglés, con una larga trayectoria como corresponsal para diversos medios (desde México informó para el London Independent entre 1986 y 1989), ahora ve algo de la cosecha de años de trabajo: recién se ha estrenado en Iberoamérica la película Invictus y al mismo tiempo comenzó a circular El factor humano (Seix Barral), la traducción al español de Playing the Enemy, el libro en el que está basado el filme protagonizado por los actores Morgan Freeman y Matt Damon (como François Pienaar, el capitán de la selección sudafricana de rugby), y dirigido por Clint Eastwood, a quien el actor negro entusiasmó y enroló en el proyecto.

Reportero en Sudáfrica

Entre 1989 y 1995, justo el periodo en el que Mandela salió de la cárcel, ganó la presidencia y abolió el régimen racista llamado apartheid, John Carlin fue corresponsal del London Independent desde Johannesburgo.

“Era complicado ser reportero en Sudáfrica porque el gobierno trataba de censurarte cuando ocurrían hechos de violencia entre la policía y quienes protestaban. Me amenazaron con echarme del país. Escribí un artículo sobre el presidente blanco (Frederik de Klerk) y altos funcionarios me llamaron para amenazarme. Pero logré aguantar hasta que Mandela salió de la cárcel y comenzaron a cambiar las cosas”, recuerda Carlin sobre aquellos años.

Como testigo de primera mano, Carlin vio cómo Mandela crecía como un político genial que, entre otras acciones, utilizó el deporte como parte de su estrategia política para unir a un país dividido. Quizá en aquel emocionante partido final de rugby quedó instaurado el sentido nacional de negros y blancos como cohabitantes de una nueva Sudáfrica; un vibrante episodio que Eastwood tuvo la difícil tarea de recrear lo mejor posible en la cinta Invictus.

 

—¿Clint Eastwood le hizo justicia a la historia que cuentas en el libro?

—Sí, y me gusta cómo hiciste la pregunta porque esa es la pregunta: ¿se le hizo justicia a la historia más que a mi libro? La historia está ahí, yo soy un mensajero más. Obviamente el libro tiene bastante más contexto histórico, más personajes. Digamos que mi libro tiene 300 páginas y está reducido a las cien páginas que son la parte climática. Me gustó mucho la película. La he visto tres veces y me ha cautivado de principio a fin. Creo que eso es lo más importante de una película, que te atrape, que pierdas toda la noción del tiempo y que te sumerjas en ella. Eso me pasó pese a que conozco la historia mejor que prácticamente nadie. Como lo mejor del filme, destaco el papel de Morgan Freeman, que interpreta a Mandela de manera magistral; la cinta capta muy bien el espíritu de esa época en Sudáfrica.

 

—¿Estuviste presente en las grabaciones?, ¿Llegaste a sugerir mejoras sobre cosas que considerabas que no estaban del todo bien?

—Realmente no. Opiné sobre alguno que otro pequeño detalle, pero mi aportación a la película acabó mucho antes. El guionista vino a verme a España desde California. Estuvimos una semana platicando día y noche sobre cómo adaptar esta historia al cine y creo que ahí hice aportes de bastante valor, después de eso sólo me llamaron para checar algunas cositas.

 

—En esta parte del mundo se oye hablar de Nelson Mandela como poseedor de un aura mística, tú tuviste la oportunidad de estar cerca de él, ¿cómo era realmente?

—Estuve cerca a dos niveles. Estuve ahí como corresponsal, pero no seguía a Mandela a todos lados; sin embargo, yo estaba en el asiento de primera fila que tienen los periodistas, y por otro lado lo entrevisté varias veces y tuve pequeñas juntas con él a lo largo del tiempo.

Es perfectamente comprensible que se lo vea así, con aura mística. Lo que quiero comunicar en el libro es que él es un hombre muy generoso, de una gran vitalidad, pero también que es un político de pies a cabeza. La esencia de Mandela es que es un político, es un tipo que quiere conquistar a la gente, persuadirla de que su punto de vista es el correcto. Es un genio de la política, tiene un instinto increíble para ello.

 

—¿Qué fue lo que te sedujo personalmente de Mandela?

—A toda la gente que se lo presentó, ya fueran de extrema derecha, terroristas y hasta sus propios correligionarios que pedían la venganza, la convenció de que cambiaran. Si no es a través de la política es difícil que la gente cambie. Eso es lo que resaltaría a grandes rasgos. Lo que me dejó en lo personal es la extraordinaria coherencia entre su discurso público, lo que él dice que representa (el respeto, los derechos humanos, la justicia, la generosidad, la democracia) y su actuación en todos los pequeños detalles privados de su vida, lejos de las cámaras, lejos de cualquier beneficio político, cuando era amable, respetuoso y generoso lo mismo con una mesera que con un líder político. Tengo montones de anécdotas que ilustran esta brutal coherencia entre lo que dice y lo que hace. Ahí hay una lección personal para todos, más allá de la política. Creo que te da el modelo de cómo podría ser una persona.

 

—En una crónica reciente cuentas que Mandela te dio la bendición para escribir el libro, ¿qué tan importante fue para ti eso?

 

—Era una persona muy importante para mí y lo era para todas las personas que estuvieron en contacto con él. Si tú hablas con cualquier corresponsal que estuvo en esa época cerca de él, sea de The New York Times, de El País, de cualquier otro periódico, a todos nos impactó muchísimo. Si Mandela me hubiera dicho que no le gustaba la idea de que hiciera un libro sobre esto por el motivo, que fuera o porque pensaba que yo no era la persona adecuada o porque creía que la historia no valía la pena, hubiera sido muy difícil seguir con el proyecto. A nivel anímico hubiera sido como un puñetazo del cual sería muy difícil de recuperarse. A nivel profesional también fue tremendamente útil su bendición porque, una vez que colaboró con el libro, el resto del mundo se prestó también a colaborar conmigo.

 

—En esa crónica cuentas una serie de casualidades ocurridas como si fueran consecuencias de esa bendición. ¿Eres supersticioso?

 

—No soy nada supersticioso y nunca he creído en juegos como el destino, pero es verdad que la experiencia que he tenido con el libro y, más que nada, la transición que se dio del libro a la película, han hecho que me cuestione el concepto del destino porque fue tan increíblemente fortuito ese contacto que tuve con Freeman... Eso fue lo que realmente condujo a que se hiciera la película.

 

—¿Mandela leyó el libro?

—Varias personas me han hecho esta pregunta y la triste respuesta es que Mandela está muy viejito ahora y simplemente no tiene los poderes de concentración mental para leer el libro no sólo de principio a fin sino incluso un solo capítulo. Tiene 91 años y, como mucha gente a esa edad, su memoria a corto plazo está bastante destrozada. Afortunadamente logré entrevistarlo cuando estaba absolutamente lúcido, entonces parecía bastante fuerte.

 

—Mandela, Freeman, Eastwood, estamos hablando de hombres mayores que, podría decirse, ya están de salida y sin embargo los vemos en plena actividad, ¿qué nos está diciendo esto?

 

—Una cosa que me encanta de esto es que ahí tienes a Mandela, un señor cuya época de máxima productividad y gloria fue cuando tenía 70 y tantos años, y el hecho de que dos impulsores de esta película tengan 70 y tantos años dice algo fantástico. Me encanta la lección que nos dan de que uno a esa edad sigue siendo tremendamente productivo, quizá más que en otra época de la vida; ése es el muy bonito mensaje que nos mandan a toda la humanidad, que uno debe tener la esperanza de seguir siendo muy activo a cualquier edad.

 

—La película y el libro aparecen ahora que en Estados Unidos hay un presidente negro al que algunos han comparado con Mandela, ¿crees que realmente sean comparables?

 

—Hasta cierto punto, pero Obama sigue en pañales. Si queremos comparar a Obama con Mandela, sería en el primer año después de que Mandela salió de la cárcel. Todavía faltaban tres o cuatro años más para que lo eligieran presidente y tenía todo por delante. Si me hubieras pedido que evaluara a Mandela en 1991, un año después de salir de la cárcel, no sé qué te habría dicho, pero sin duda mucho menos de lo que digo ahora. Entonces Mandela apenas estaba iniciando su trabajo. Creo que es un poco prematuro compararlos.

 

—¿Crees que la Sudáfrica de hoy es a la que Mandela aspiraba?

 

—A grandes rasgos, sí. Creo que tiene muchos motivos para estar muy satisfecho. Cuando yo era corresponsal, Sudáfrica era un país que se estaba tambaleando, parecía perfectamente factible que acabara en una sangrienta Guerra Civil, golpeado por el terrorismo de la derecha. Hubo mucha violencia. En ese momento existía la posibilidad de que Sudáfrica acabase como hoy está Afganistán, en cambio ahora está a punto de celebrar este enorme acontecimiento que es el Mundial de Futbol, es una democracia estable, no hay ningún terrorista por ningún lado, no hay ningún movimiento separatista que cuestione la legitimidad del gobierno, el estado de derecho funciona muy bien, hay libertad de expresión plena... Ése es el legado de Mandela, pero hay cosas que seguro no le gustan: hay mucha delincuencia, corrupción y también se ha fallado en la enorme tarea de combatir la pobreza. Sin embargo, estos son problemas que tienen muchos países, incluyendo a México. Si pones todo en un panorama amplio, hay mucho más que admirar de Sudáfrica antes que lamentar.

 

 



PUBLICIDAD