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Éxodo ante la furia del huracán

Miércoles 05 de octubre de 2005 Édgar Ávila Pérez/Corresponsal | El Universal

SAN ANDRÉS TUXTLA, Ver.- De pronto, las imágenes de la tragedia en Estados Unidos se les agolparon en la mente a los habitantes de Montepío. Las ráfagas de viento los golpeaban con severidad y las gotas de agua pegaban en sus rostros como piedras caídas del cielo. Estoicos, resistían los embates de la naturaleza.

La furia del huracán Stan arremetía no sólo contra su humanidad, sino contra sus viviendas, animales de granja y cultivos. Sabían que tenían que abandonar su hogar y les dolía en el alma.

Por radio habían escuchado de la furia de algo llamado Stan , un huracán que para ellos amenazaba ser similar a Katrina , aquel que golpeó Estados Unidos y cuyas imágenes de destrucción vieron una y otra vez en sus televisores.

No había tiempo de dudar. Era mejor dejar lo hecho durante toda una vida que dejar la vida misma ahí. Y entonces no tuvieron otra alternativa que iniciar el éxodo.

Esta comunidad, Montepío, asentada en el municipio de San Andrés Tuxtla, en pocos segundos sería el centro del infierno. El huracán categoría uno tocaría tierra precisamente aquí y sus moradores lo sabían.

Miguel, hombre típico veracruzano, de piel morena y curtida y de un humor especial, no tenía de otra: o dejaba sus pertenencias o dejaba su vida, la de su esposa y su pequeño hijo. Una bolsa de mandado blanco bastaba para guardar lo que era suyo.

Ropa del niño, de su esposa y muy poca de él estaban ya dentro del morral y era tiempo de iniciar el éxodo rumbo a un lugar seguro. No era el único, cientos de personas de este municipio iniciaron su peregrinar para ponerse a salvo de la calamidad que se les venía.

El camino era largo? la carretera parecía interminable, pero no importaba. Habían escuchado los mensajes en radio de la peligrosidad de aquel monstruo de agua creado por la madre naturaleza.

Miguel animaba a su mujer, como lo hacían decenas de personas más, que con un morral y varios hijos a cuestas no dejaban de caminar para llegar a los refugios habilitados por las autoridades municipales y estatales.

Si bien decenas de autobuses del transporte público fueron utilizados para evacuar a las más de 35 mil personas, éstos no se dieron abasto y miles de veracruzanos, como Miguel, debieron huir de la furia de la naturaleza con sus propios pies cubiertos por huaraches de llanta.



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