Bellas Artes: un palacio hecho para el pueblo
Setenta años atrás, el 30 de septiembre, Bellas Artes se abrió al público; para el gobierno de entonces, el recinto representaba un ideal revolucionarioEsa mañana de otoño, una multitud se congregó en la esquina de la avenida Juárez y San Juan de Letrán, en el centro de la ciudad de México.
Las personas rodeaban prácticamente al inmueble, tal y como lo hacían con los carros y camiones estacionados frente a la entrada principal.
A las 10 horas con 20 minutos llegó el presidente de México, Abelardo L. Rodríguez, quien en su discurso fue directo: "Hoy, sábado 29 de septiembre de 1934, inauguro el Palacio de las Bellas Artes, institución de cultura nacional, que realizará uno de los puntos básicos del programa revolucionario".
La Revolución había interrumpido la construcción del inmueble, iniciada en octubre de 1904 por el arquitecto Adamo Boari. Treinta años después, el gobierno emanado de la Revolución concluía el edificio y lo incluía en su lista de logros.
El Palacio de Bellas Artes era ya una realidad y, al menos en los objetivos, distaba mucho de ser tan sólo un lujoso sustituto del extinto Teatro Nacional.
Una semana antes de la inauguración, una pequeña cartelera apareció en las páginas de la prensa nacional. Según la inserción, coronada por un escudo que reproducía la fachada del edificio, muy parecido al que ostenta en la actualidad el INBA, el 30 de septiembre iniciarían las funciones para el público.
A las 11 estaba programado el pianista Lascha Heifetz, a las cuatro de la tarde y a las nueve de la noche la Compañía Dramática del Departamento de Bellas Artes, dirigida por Alfredo Gómez de la Vega, presentaría La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón; mientras que a las siete de la noche El cuarteto de Londres entraría en escena.
La taquilla estaría abierta desde el martes 25, en el Palacio, el Hotel Geneve, la Librería Porrúa y el Hotel Regis. Se advertía al respetable interesado que estaba prohibido "conservar en la sala sombreros, abrigos o bastones". El guardarropa era gratuito y obligatorio.
Eran los últimos días del gobierno de Abelardo L. Rodríguez, quien se regocijaba entregando 108 casas para obreros, diseñadas por Juan Legorreta, en Balbuena. Lázaro Cárdenas era el presidente electo y ponía al clero en guardia ante la "necesidad de una educación socialista".
Los dolores de cabeza se quitaban con Cafiaspirina, no así el susto que se llevaron los habitantes de la colonia Romero Rubio cuando a las cinco de la mañana del lunes se desbordó el Canal de San Lázaro inundando el barrio. Había desastres que sí era posible remediar, como los relativos a la vanidad: aquello que la gravedad reclamaba podía recuperar su rigidez con Portabustos Parisien.
Pero ni la belleza de Anna Sten, protagonizando a Naná en el Cine Regis, era blanco de tantos elogios como el Palacio de Bellas Artes, calificado por un anónimo cronista de EL UNIVERSAL como un "magno coliseo".
En su inauguración estarían presentes no sólo las grandes personalidades de la política, también habría tres baluartes del cine nacional: Ramón Novarro, José Mojica y Dolores del Río, quien llegó una semana antes, procedente de Los Ángeles, al aeródromo civil de Balbuena.
Y al recinto llegaron el 26 de septiembre los 52 integrantes del Ballet Ruso de Montecarlo, que el 2 de octubre presentó piezas de Chopin y Stravinski, con escenografías de Picasso y Miró.
Vasil Di Basil, director general, luego del primer ensayo en el foro, declaró a este diario que el palacio era "el teatro mejor que hemos contemplado: una maravillosa joya, un verdadero templo del arte".
En vuelo especial, capitaneado por el coronel Rodolfo Fierro, arribaron tres bellezas sólo vistas en pantalla: Frances Drake, Katheryn De Mille (hija de Cecil B. de Mille), y Virginia Cherril, esposa de Cary Grant. Por parte de la United Artists venía su presidente, Joseph Schenck, y el actor Douglas Fairbanks.
El día de la inauguración, EL UNIVERSAL en su editorial destaca el hecho de que el PBA sea un teatro del Estado que "se hallará fuera de todo afán de lucro", teniendo por misión "elevar la cultura general a través del arte".
Una vez que arribó el presidente al recinto, la Orquesta Sinfónica de México, dirigida por el maestro Carlos Chávez, comenzó a tocar el Himno Nacional, cantado por el Coro del Conservatorio Nacional de Música y el de la Escuela de Artes para Trabajadores.
Asegura el cronista en estas páginas que "no se destina el soberbio edificio a una élite, sino al pueblo todo". Y el argumento se materializa al menos en el coro: "Junto al estudiante y el empleado que lucen los atavíos domingueros, se agrupaban los obreros, muchos de los cuales vestían de mezclilla".
Tras la inauguración vino el discurso de Antonio Castro Leal, director del Departamento de Bellas Artes, quien reiteró el carácter estatal del teatro, el cual "trabajará consumiendo cada año la subvención que se le otorgue, porque no tiene más propósito que el de poder ofrecer al público mexicano espectáculos a precios módicos que puedan elevar su cultura".
Y en efecto, la butaca de primero y segundo piso costaban cinco pesos, mientras que en el tercer piso el precio era de 1.50 pesos. Esto por la tarde, ya que en la noche los precios se elevaban a seis pesos y dos pesos. Nada exagerado en una ciudad donde una función de box, en la Arena Nacional, al lado del ring, costaba dos pesos, o bien asistir al cine podía implicar un desembolso desde 80 centavos hasta dos pesos, dependiendo de las condiciones higiénicas de la sala.
Una vez que la Orquesta tocó Llamadas, sinfonía proletaria de Carlos Chávez, los invitados recorrieron las galerías en donde se expuso una selección de las obras pertenecientes a la Academia de San Carlos, una exposición de escultura mexicana, otra dedicada al arte del libro y el Museo de Arte Popular.
Diego Rivera y José Clemente Orozco no habían terminado sus murales, así es que su presencia se vio limitada a unas estampas.
Bellas Artes abría sus puertas para el disfrute del arte, que a decir de Castro Leal "es tal vez la forma más alta y eficaz de educar porque llega al espíritu por los caminos que sólo el espíritu conoce".


