Tlatelolco como ciclo novelÃstico
Solana, Spota y Velasco Piña exculpan al gobierno de la matanzaAunque el término "literatura del 68" remite sobre todo a un par de libros La noche de Tlatelolco (1971), de Elena Poniatowska y Los dÃas y los años (1971), de Luis González de Alba, el paisaje es amplio y diverso. Hay testimonio y poesÃa, cuento y novela.
Durante años circuló la sentencia de que lo no contado por la prensa habÃa tenido el canal de los libros, como una vÃa para saber qué habÃa ocurrido realmente, pero la primera respuesta narrativa fue una novela que asumió la versión gubernamental: Juegos de invierno (1970), de Rafael Solana. En ella, los disturbios estudiantiles aparecen como un intento por desacreditar a un gobierno progresista, y se sospecha de Cuba o la CIA como patrocinadores o manipuladores de la protesta. Estas tesis oficiales reaparecerÃan en el libelo ¡El móndrigo! , falso diario Ãntimo de un lÃder del Consejo Nacional de Huelga armado en alguna oficina gubernamental, y en La plaza (1971), de Luis Spota, que ve lo ocurrido en Tlatelolco como una "trampa" puesta al presidente. La última exculpación será mÃstica, y vino de la pluma de Antonio Velasco Piña en su novela convertida en pistolera comedia musical Regina: dos de octubre no se olvida (1987), para la que los estudiantes que fueron a la Plaza de las Tres Culturas se entregaron al sacrificio ritual para forzar el nacimiento del México nuevo. DÃaz Ordaz se convierte, de este modo, en supremo oficiante.
En cuanto a la novelÃstica seria, hay tÃtulos con cualidades. En 1971 se editan Con él, conmigo, con nosotros tres , de MarÃa Luisa Mendoza, y La invitación , de Juan GarcÃa Ponce, que 35 años después soportan la relectura. En muchas novelas de los años 70 y 80 hay menciones al 68, como referencia de época, y los crÃticos estaban a la espera de la "gran novela del 68". Con tres tÃtulos se puede armar un collage significativo: primero, en Palinuro de México (1977), Fernando del Paso ofrece el mejor retrato de una época en una narración excesiva y sicodélica que desemboca en la muerte del protagonista, atropellado por un tanque militar en el Zócalo; luego, en Si muero lejos de ti (1979), Jorge Aguilar Mora sigue a un grupo de personajes que observan el movimiento desde la banqueta, y tienen participación activa sólo cuando son contratados como golpeadores; y en Muertes de Aurora (1980), Gerardo de la Torre construye su relato desde el punto de vista de los trabajadores petroleros, que se unieron a las marchas y fueron luego reprimidos por los lÃderes de su sindicato.
En 1986, Gonzalo Martré publicó el primer trabajo panorámico sobre el tema El movimiento popular estudiantil de 1968 en la novela mexicana , que tiene varias cosas en contra: una, que Martré intenta desesperadamente llamar la atención sobre una novela suya, Los sÃmbolos transparentes (1978), que la crÃtica ha colocado en el estante de las ficciones olvidables; y dos, que ha sido escrito con muy poco rigor. La novela de Solana que abre el ciclo de literatura tlatelolca, por poner un ejemplo, Martré la da como aparecida hasta 1974.
El resorte de escribir sobre el 68 pareció agotarse a mediados de los años 80. Una posibilidad a futuro es que asà como se han reunido colecciones de "novela colonial" o "novela de la Revolución", se intente como proyecto editorial una serie dedicada a la "novela del 68". En cuanto a la ficción, 35 años después el capÃtulo podrÃa ser cerrado.


