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Cursi regreso de Cuauhtémoc al Azteca

El reencuentro de Blanco y los aficionados americanistas no pudo ser más cursi: las tribunas se llenaron de corazones rosados, mensajes de amor, de necesidad y de extrañeza
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  • Ciudad de México | Jueves 04 de noviembre de 2004 Daniel Blancas Madrigal | El Universal12:09

    Fue como un álbum de corazones solitarios...

    La noche le regaló a Cuauhtémoc Blanco mil cartas de reconciliación, lo mismo melosas que pícaras: "Regresa ya, Jorobado de Nuestra Señora de Coapa?.

    En torno a él se tejieron las emociones nocturnas, los sentimientos divididos: quienes lo añoraron y quienes de lejos lo vieron mejor.

    Los melancólicos llegaron a extremos inéditos: corazones rosados, mensajes de amor, de necesidad y de extrañeza. Hasta revivieron los romances furtivos: "Cuauh, te extrañamos: Galilea"... El bando hostil no encontró un mejor método que la garganta, así que desde su salida al campo, Cuauhtémoc atrajo rechiflas, más estruendosas cuando el jugador repitió sus osadías futboleras y, por supuesto, sus clavados... La mayoría de las voces negras lo sorprendieron tirado en el césped.

    En ese remolino de contradicciones se sumergieron los monstruos y las brujas que dejó la pachanga prematura de noviembre.

    El "estamos contigo" se volvió una frase recurrente para la señora pepitera, para el bonachón atarantado por las cervezas, para el atragantado de pizzas, para el americanista triste e incluso para un imaginario Osama Bin Laden, quien dedicó sus palabras de cartulina a George Bush.

    Por las rendijas que dejó la derrota al medio tiempo se filtraron azulcremas alicaídos y entonces la batucada veracruzana pareció más ruidosa. El grupo "Procuauhtémoc" se hizo aliado del tiempo: cada minuto que corrió con América abajo en el marcador arrojó suicidas de tribuna, todos locos de amor por el hombre que se fue...

    Pero el churrazo de Pável acabó al fin con los corazones quebrados por mitad: a excepción de los tambores jarochos, todo fue mentadas y silbidos para el único número 10 en la cancha. Se escondieron las pancartas, a la espera del gol que soportara la esperanza americanista rumbo al repechaje...

    La noche se volvió turbia, con un aire de zozobra que calló a unos y a otros, a los encantados con el Tiburón Blanco y a los enemigos de sus aleteos. Sólo el último silbatazo fue capaz de asentar de nuevo las pasiones: regresaron los carteles y las nostalgias, también los dolores y las resignaciones... Lo que más dolió, se escuchó entre el murmullo final, fue que nada hizo Cuauhtémoc Blanco y también, nada el América...



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