Crónica... Gospel, fiesta en NY
NUEVA YORK.? Kevin R. Johnson es un hombre ne gro, atlético y con una voz poderosa, que cada domin go, cuando Nueva York apenas se despereza, mantiene a cientos de fa milias de negros que visten traje y sombreros anchos, a grupos de turis tas alemanes y japoneses, y hasta a al gunos rubios neoyorquinos, al borde de un ataque de blues sincopado.
Kevin R. Johnson tiene 40 años, el cráneo sin pelo y viste una túnica lar ga y oscura que le cubre los zapatos.
Son las nueve de la mañana, y en el centro de una mansión de Harlem, Johnson alza la voz y dice al público que el mundo no está para tonterÃas. Que es urgente tener fe, creer que to do en la vida es posible; que es nece sario luchar hasta el final, combatir con fuerza, pelear, no rendirse jamás.
Quien no lo conociera podrÃa de cir que Johnson es un polÃtico en cam paña o un general que comanda un discurso de guerra. Pero hacia arriba de sus anchas espaldas se eleva una imagen de Jesús y a la izquierda otra de san Juan Bautista, en un hermoso vitral de colores.
Johnson no grita, canta sus súpli cas, y lo hace moviendo las manos con fuerza. Echa el cuerpo hacia adelante, se para en las puntas de los pies y mece las caderas con un ritmo tremendo.
Johnson es el reverendo encarga do de liderar la misa de 9:00 en la iglesia bautista de la calle 138, en el corazón de Harlem, una enorme nave color arena que cada domingo repletan unas 600 personas para orar al ritmo de la música gospel.
Aquà los rezos abandonan el rito del silencio y se convierten en un me lodrama en el que las oraciones son lanzadas con una fuerza descomunal y por momentos desgarradora.
Los rezos mutan en canciones que son coreadas a ritmo de blues, con el acompañamiento rÃtmico de las palmas, y en esta iglesia bautista la regla es permanecer de pie cantando, moviendo la cabeza y meneando las caderas y las manos.
Ser tocados
En el centro de la iglesia hay un coro formado por 15 mujeres y 10 hombres. Todos son negros y cantan de pie. Aba jo, en lo que podrÃa ser un altar rodeado por un vestÃbulo breve, están el reve rendo Johnson y muy cerca Gloria Pa tri, una afroestadounidense alta y de cabello trenzado que lo asiste en las oraciones, con los ojos cerrados.
En los extremos del salón desta can un piano que toca un joven, tam bién negro, y un órgano al que está sentado un viejo de barba blanca.
Johnson entra en acción apenas al comenzar la misa. Cuenta la historia de un hombre enfermo de lepra que estaba atrapado sin poder orar y pedir ayuda a Dios.
?¡Todo lo que necesitamos es ser tocados por Dios!?, exclama, y la igle sia bautista de Harlem se estremece.
?¡Puedes ser latino! ¡Puedes ser di vorciado! ¡Puedes estar enfermo! ¡Y puedes hablar con Dios!?, grita John son y en seguida repite la misma frase, sólo que cantada con un ritmo de blues: ?¡Y puedes hablar con Dioooos!?. Luego pregunta: ?¿Quieren ser tocados por Dios??.
Las familias negras responden con un ¡sÃ! sonoro, también cantado. Algunas mujeres de sombreros anchos se levantan y cantan con las palmas de las manos abiertas al frente, como si tocasen un cuerpo no visible. En el segundo piso, los negros del coro bailan y aplauden con fuerza, y en sus lugares los rubios neoyorquinos y los turistas se unen y mueven las caderas.
Es casi el mediodÃa en Harlem y a la vuelta de la esquina, en el bulevar Malcolm X, una larga fila de turistas espera un lugar para la misa de 11:00. Hay familias de blancos que no se for man: decidieron hacerse miembros hace tiempo y ahora forman parte de la comunidad de la iglesia bautista.


