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La cesárea, operación cada vez más practicada .

Un procedimiento importante para proteger la vida de la mamá y su bebé, pero que también conlleva implica mayores riesgos que dar a luz de forma natural
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Alan Zarembo/Newsweek Magazine
El Universal
Lunes 23 de abril de 2001

Nuevo León es el estado más rico de México. Grandes montañas se elevan por encima de sus parques industriales, lujosos BMW cruzan sus autopistas de cinco carriles y los cajeros automáticos ofrecen el límite de retiro más alto del país. Y Nuevo León es también líder nacional en otro aspecto: es la reina de las cesáreas.

La mitad de todos los bebés en el estado nacen por medio de cirugía. En los hospitales privados el porcentaje es de 78 por ciento , el más alto del país y más de cinco veces la norma internacional. Las mujeres quieren la intervención para evitar labores de parto de una noche entera, y los doctores, sobrecargados de trabajo, están felices de complacerlas con un procedimiento que les toma media hora, es pagado por las aseguradoras y se termina antes del desayuno.

"Le dije al doctor que no quería un parto natural, porque no quería un trabajo de parto muy largo", señala Paulina Estrada, madre de dos hijos que vive en la capital, Monterrey. "De hecho, difícilmente conozco a alguien que haya tenido un parto natural".

Monterrey probablemente sea la capital de las cesáreas, pero está lejos de ser una excepción. Por todo México --y gran parte de Latinoamérica-- el número de cesáreas va en aumento. En México, la tasa en hospitales públicos saltó de 23.5 por ciento en 1991 a 31.4 por ciento en 1999. En hospitales privados, donde nacen las dos quintas partes de los bebés, la tasa se disparó a 52.8 por ciento en 1999.

Considerada "chic" entre los ricos, la cesárea está descendiendo a las clases medias y bajas de Brasil, Argentina, Chile y Colombia. Existen varias explicaciones: mejor detección temprana de complicaciones con el embarazo; temor a demandas por negligencia por no realizar la operación en partos con resultados trágicos; la idea entre las mujeres de que la cesárea de alguna forma es más civilizada que el parto natural, y el deseo de los doctores de evitar que un buen número de pacientes les llamen a las tres de la mañana.

"Todos los médicos que aseguran que no practican cesáreas innecesarias mienten", indica Mauro Muñoz, un ginecólogo de Monterrey de 49 años que atiende al menos tres nacimientos a la semana, 65 por ciento de ellos por cirugía, según sus estimaciones. "Y también mienten sobre el número de intervenciones que practican".

¿Por qué son importantes las cifras? La cesárea es un procedimiento importante para proteger la vida de las madres y sus bebés, pero también conlleva mayores riesgos que un parto vaginal: infecciones y hemorragias en la madre, y síndrome de agotamiento respiratorio en los bebés. En 1985, la Organización Mundial de la Salud estableció que la tasa ideal de cesáreas es de 15 por ciento , y varios países, entre ellos Estados Unidos, emprendieron campañas para reducir el número de cirugías. (Tras una disminución estable, la tasa estadounidense subió ligeramente los últimos dos años, a cerca de 22 por ciento , porque los doctores se han mostrado más renuentes a permitir que mujeres operadas anteriormente tengan parto natural).

Pero en América Latina, el número de cesáreas por elección creció constantemente a lo largo de los 90. Un estudio reciente de la revista "British Medical Journal" concluyó que cada año se realizan en la región unas 850 mil cesáreas innecesarias. Sin embargo, el problema real es la distribución clasista de las intervenciones. Mientras que mujeres urbanas de buena posición optan por la cirugía sin que les preocupe el más elevado riesgo de complicaciones, mujeres de zonas rurales que requieren la intervención no la reciben.

"Todavía hay muchas mujeres que mueren en el parto porque no tuvieron acceso a la cesárea", indica Arachu Castro, profesora de la Escuela de Medicina de Harvard que ha estudiado la situación en México. "Esa es la gran ironía".

En un extremo está Monterrey, con 1.1 millones de habitantes, donde las cesáreas se programan como si fueran citas con la peluquera. Al igual que sus amigas, Estrada, de 31 años, quería una cuando quedó embarazada por primera vez en 1997. Su madre, que tuvo cuatro partos naturales, le advirtió que éstos causaban daños "allá abajo". Desde entonces, la cesárea se ha convertido en algo así como una tradición de la familia Estrada. El verano pasado, Paulina tuvo su segunda, y sus hermanas su primera.

Manuel García, doctor de las Estrada, sostiene que después de un parto natural, "la satisfacción sexual no es igual". Aun así, afirma que es partidario de los partos naturales, aunque su hospital, San José, tiene un tasa de cesáreas de 77 por ciento .

Viviane Brunet, ginecóloga de Monterrey, acostumbraba rechazar a las pacientes que insistían en la cesárea. Pero hace 10 años, tras perder muchos clientes (y haber experimentado una cesárea ella misma), cambió de opinión. "Ya no pierdo pacientes", señala Brunet, de 45 años. "O los convenzo o ellos me convencen a mí".

Siempre y cuando sus pacientes estén conscientes de los riesgos, no considera que exista un dilema ético en cumplir su deseo. Piensa que esas peticiones son un aspecto de la cultura de Monterrey. "En países del ex bloque soviético, algo así como 96 por ciento de los partos son naturales. Es algo cultural; la gente está acostumbrada a tolerar el dolor. Aquí no lo está". asegura.

Otra ventaja es que algunas regiomontanas embarazadas publican los avisos de nacimiento --con fecha-- antes de sus cesáreas.

Existen excepciones. En el mundo prenatal de Monterrey, las "rebeldes" son un par de maestras de Lamaze de 48 años. Paulina González y Elizabeth Cholow, conocidas en la ciudad como Poly y Eli, prefieren llamarse a sí mismas "educadoras de parto". Hace 10 años abrieron un centro y empezaron a predicar las ventajas del parto sin anestesia. Todo el tiempo hay unas 100 parejas inscritas en su curso, que cuesta unos 2 mil 500 pesos.

Durante una reciente sesión de introducción, Poly explicó a un grupo de matrimonios de clase media reunido a su alrededor cómo ella dio a luz a sus cuatro hijos sin anestesia. Eli había tenido dos partos, ambos naturales, cuando su tercer embarazo sufrió complicaciones y terminó con una exitosa cesárea. Unas diapositivas alternaban imágenes de partos, flores abriendo y familias sonrientes.

"Hemos logrado mucho en el campo laboral con el paso de los años", dijo Eli a los presentes. "Pero hemos perdido parte de nuestra femineidad. Generaciones anteriores a nosotros sabían cómo dar a luz. Podemos ser presidentas y profesionistas, conducir autobuses y volar aviones, pero tenemos muchos problemas para embarazarnos y tener a nuestros hijos."

En la mayoría de los países, las clases de Lamaze no son motivo de controversia. Sin embargo, varios doctores de Monterrey acusan a Eli y a Poly de sembrar ideas peligrosas en las cabezas de sus pacientes. "No le agradan mucho a los ginecólogos de Monterrey", indica el doctor Muñoz. "Se van al extremo, y si una paciente mía tiene complicaciones en el parto y confía en ellas más que en mí, tenemos un problema", agrega.

Eso no sucede a menudo. Sólo alrededor del 10 por ciento de las mujeres que terminan los cursos de Poly y Eli optan por el parto sin anestesia. El doctor García señala que una paciente le hizo jurar que no le diría a ninguna de sus compañeras de curso que había llorado durante la labor de parto y terminado por ceder a la cirugía.

Lupita Naredo no necesitó ser convencida después de que ella y su esposo asistieron a una clase de Lamaze en 1999. "Salí llorando", recuerda. "Nos enseñaron un video hecho en Suecia o en Suiza de una mujer que tenía a su bebé sin anestesia, en su propia casa, creo. Mi marido estaba anonadado también. No podía creer que mi cuerpo fuera capaz de hacer eso". Al salir de la clase, su esposo le dijo: "no te preocupes, te vas a hacer cesárea".

El doctor accedió a programar la intervención para un sábado, que se ajustaba el horario de trabajo de su esposo, y Valeria nació en marzo pasado sin complicaciones.

La mayoría de sus amigas, confiesa Naredo, tienen una letanía de pretextos --"estaba reteniendo agua", "el bebé estaba muy grande", "tenía problemas para respirar" para esconder su preferencia por la cesárea. Ella no. "Puedo reconocerlo", dice Naredo, de 26 años. "No me gusta el dolor".

¿Deben los doctores practicar cesáreas a mujeres que sencillamente quieren evitar el dolor? Diez años atrás, las empresas de seguros en México reembolsaban los gastos por cesárea porque era considerada un procedimiento de emergencia, pero no cubrían los partos naturales. Las mujeres tenían la alternativa de someterse a la intervención sin ningún costo, o desembolsar unos 10 mil pesos actuales y tener que soportar el trabajo de parto. Las aseguradoras eventualmente lo entendieron y ahora cubren ambos procedimientos con la misma tarifa para los doctores.

Sin embargo, el número de cirugías sigue creciendo. Funcionarios del gobierno señalan que el siguiente paso sería que las aseguradoras determinaran si la operación es necesaria, pero las firmas están renuentes a entrometerse en las decisiones clínicas de los doctores. El gobierno mexicano ha iniciado estudios sobre las crecientes cifras y planea establacer con el tiempo directrices más estrictas en los hospitales públicos para reducirlas.

La tarea será más difícil en los hospitales privados, donde los doctores obtienen sus principales ingresos y las pacientes son más exigentes. "Mi sirvienta tiene partos naturales", señala la doctora Brunet. "Pero la señora X que es de clase alta no".

(c) 2001, Newsweek Inc. Todos los derechos reservados.

 
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