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`Ataque` a una población desconcertada

Domingo 23 de octubre de 2005 Alejandro Suverza/Enviado | El Universal

CANCUN, Q.R. El huracán más violento en la historia de los caribeños decidió clavar su ojo devastador sobre Cancún.

La gente, entonces, comenzó a aceptar que era más feroz que Gilberto, el de 1998. Wilma entró y con su lento andar comenzó el ataque. Partió torres y postes. Los tiró. Parecían como un ejército abatido ante el paso de un destructor. Asesinó árboles de raíz. Desmanteló y derrumbó hogares y comercios. Atemorizaba a más de 750 mil habitantes.

Había aprovechado la noche del jueves y la madrugada del viernes para devastar con una lenta y agonizante embestida. Rugía, soplaba vientos de más de 200 kilómetros por hora, golpeaba por todos lados. Aventaba ráfagas mojadas con ganas intensas de destrucción. Pero atacaban en la oscuridad...

07: 45 horas era la mañana de la devastación. Cancún agonizaba. Wilma lo manoteó como quiso. Las avenidas Andrés Quintana Roo, la Tulum, en varios tramos, estaban inundadas con ramas y cables colgantes. Los vehículos de rescate y sus sirenas se miraban por todas partes, pero no había nada que hacer. La gente estaba en las calles. Se movía de un lado a otro. Había confusión. Preguntaban "si ya se había ido", "si ya había pasado", "si eso era todo".

Los integrantes de Seguridad Pública no sabían precisar si estaba todavía el ojo del huracán. Se miraban bardas caídas, coches aplastados, casas destruidas. En la avenida Bonampak la hilera de torres de alta tensión, que nutren de electricidad a Cancún e Isla Mujeres, había cedido. Las avenidas Cobah, Xcaret, Yaxchilán y Tulum mostraban sus heridas. Wilma las abatió.

Los habitantes y turistas seguían en las calles. Continuaba la confusión de si el destructor se había ido o se había quedado. El comandante de la zona hotelera, Rodolfo Balam, daba la primera información que se acercaba más a la realidad: el ojo de Wilma seguía sobre Cancún. Una mujer con la mitad del cuerpo inundado quería ser auxiliada. Wilma le aventaba la lluvia en la otra mitad del cuerpo. Mojaba, soplaba, hacía caminar de prisa. Un turista afuera de un albergue preguntaba: "¿Ya se acabó?" El de la verdulería, que vendía y regalaba sus productos al por mayor, también preguntó si se esperaba lo fuerte.

Nadie podía responder. La antena de Radio Ayuntamiento, la única emisora que informaba, había caído, y los radios de baterías no tuvieron razón de ser. Los sistemas de comunicación funcionaron bien hasta antes de la visita del destructor. Ante eso, poco a poco, comenzaba la desesperación. La gente caminaba con bolsas de tortillas, con bolsas de refrescos, de agua, de comida enlatada. Buscaban tablas y palos para resistir al agresor. Pedro Sánchez, damnificado, dijo que escuchó en una estación cubana que Wilma salía pero que regresaba.

La desinformación crecía las ansias también. Las lloviznas y vientos sorpresivos hacían pensar a los lugareños que el ojo de Wilma seguía aquí en Cancún, pero aún así seguían en las calles. Se miraban presurosos. Buscaban trasladarse a los refugios. Pero también se miraban a personas con bicicletas y motocicletas nuevas, con televisores, refrigeradores, estufas y lavadoras nuevas. Salían de la Plaza Comercial Las Américas II, salían de un Coppel, que tendría que cambiar su lema al de "que fácil es estrenar con Wilma?. Se miraron también camionetas de Seguridad Pública que compartían el saqueo.

Por la tarde, el gobernador Félix González Canto informaba que el ojo de Wilma seguía en Cancún y que se desplazaba a tres kilómetros por hora. Los de Seguridad Pública por altavoz decían a la gente que se fueran a sus casas, que lo peor estaba por venir. Luego un elemento de Protección Civil dijo que los habitantes ya no hacían caso, que era necesario reparar la antena de Radio Ayuntamiento para informar. Pero Wilma ya había devastado, seguía la incomunicación. No había comida, ni gasolina, ni luz. Mantenía a miles de personas en 131 albergues. Tenía incomunicado a Cozumel e Islas Mujeres. En Cancún, durante la tarde y noche, seguía soplando. Algo alentador, el subdirector de Protección Civil, Amador Hernández, decía que el ojo estaba en el aeropuerto, hacia el sur. Los informes meteorológicos aseguraban que saldría las primeras horas de este domingo. Ya con la guardia baja, como de alguien que fue enviado a una batalla, arrasó y destrozó y luego se alejó cansado.



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