RÍO LAGARTOS, Yuc. Sus seis hijos no son una carga pesada, son su mayor felicidad y por eso trabaja de sol a sol todos los días en este pequeño puerto del oriente yucateco. Ella es Alma Sánchez, quien esperaba desesperada a su esposo Manuel Bacab Uch que retornara a su humilde vivienda de láminas de cartón para "huir" de última hora hacia uno de los albergues instalados en Tizimín y protegerse del paso y los estragos del huracán Wilma. Sus pequeños la miraban preocupados pero ninguno quería irse, todos deseaban ver a su padre, quien se encontraba en la playa amarrando y asegurando su alijo, el único patrimonio que tiene para su pesca ribereña.
No es el primer huracán que enfrentan, ya vivieron Gilberto en 1988, Isidore en 2002 y Emily en 2005, y ahora, de nuevo, ante el posible desastre, el huracán Wilma de categoría cuatro, que se aproximaba a tierras yucatecas.
Resguardan sus pocos bienes
Eran alrededor de las 9:30 de la mañana y los nublados y el fuerte aguacero ya se dejaba sentir en río Lagartos. Alma Sánchez no podía moverse de su predio y miraba entre un dejo de tristeza y de resignación, las recién adquiridas láminas de asbesto que colocaron en su vivienda que fue materialmente destechada en 2002 con el paso de Isidore.
Sus hijos, Jairo de 16 años; Gabriel de 14, Everth de 12, Samuel de nueve, Armando de ocho, y Cinthia de siete años, escuchaban a su madre. Recalcaban que no se irían, sobre todo Samuel, quien hace tres años, cuando Isidore, lloró durante toda la noche en el albergue porque le "quitaron" a su padre.
Para Alma Sánchez, Río Lagartos es su mundo: "Aquí vivimos bien y contentos, el único problema son el tiempo y los huracanes. No hay como dormir en casa", relata al rememorar que en los albergues duermen en el suelo y que aunque tengan alimentos, cobijas y medicinas, "no hay como estar en casa...".
Su esposo demoraba y la lluvia caía a cántaros, los camiones salían uno tras otro y Alma esperaba porque sus hijos ya no le perdonarían como en el pasado, irse sin su padre, el pescador, que contra el viento, la lluvia y la desesperación, amarraba su pequeña embarcación.
Incertidumbre
La frialdad de este viernes en la víspera de la llegada del huracán no era un buen augurio: "Quién sabe qué va a pasar", decía ella, pero a la vez se daba ánimo. "Vamos a estar bien hijos, vamos a estar bien, ahorita viene papá y en el albergue nos vamos a quedar".
Alma Sánchez de Bacab vivió las horas previas al paso de Wilma por Yucatán y en las que solamente pudo mirar finalmente su hogar, esa modesta casa que hace tres años cedió a los embates de Isidore y que ahora estaba de nuevo en peligro.
Pero para ellos sea por costumbre o resignación ya sabían que solamente se trataría de un huracán más de los que a últimas fechas han agarrado como su punto de flagelo a la península de Yucatán.