LAS COLORADAS, Yuc.- Desesperado, buscando proteger su vivienda que apenas tiene tres años, luego de que el huracán Isidore la tiró completamente, don Claudio Gómez Chan y sus cuatro hijos cubrían las ventanas con gruesos maderos, en tanto su mujer, Alina Cab, resguardaba sus pavos y gallinas, parte de su escaso patrimonio familiar. Don Claudio es empleado de la salinera yucateca establecida desde hace años en esta pequeña comisaría ubicada al oriente del estado, y que es uno de los últimos puertos del litoral yucateco.
El lugar está rodeado por la ría de Celestún, que llega hasta ahí, y el mar, por lo que las perturbaciones climatológicas incrementan el peligro para sus habitantes, y más aún ante el paso de huracanes.
Ellos mismos así lo reconocen. Dicen que, excepto los huracanes, no le temen a nada, porque aquí "todos nos conocemos, no hay problemas y estamos tranquilos".
No son más de 700 los habitantes de esta pequeña comunidad, y la mayoría se emplea sacando sal o pescando.
Cuando pasó el huracán Isidore en el 2002, 70 por ciento de las viviendas de este apartado lugar se derrumbaron debido a la fuerza con que golpeó el meteoro, entre ellas la de Claudio Gómez Chan, quien se fastidió de esperar el apoyo del gobierno del estado mediante el Fondo Nacional de Desastres.
"Tuvimos que hablarle a mi suegro y pedirle apoyo", recuerda, y su mujer, doña Alina, lo confirma y ahora tienen una buena vivienda hecha a base de piedra y mampostería. "Esperamos que no la bote ningún huracán, porque fue hecha para que aguante", indicó el trabajador salinero.
A su lado, sus hijos, Joel, Jaír Gabriel, Selene y Claudio Manuel, todos ellos, interesados en ayudar a su padre para proteger la vivienda. "No es mucho lo que gano, son 65 pesos diarios, pero son suficientes para costear los estudios de mis hijos", indicó.
Luego estableció que por comida no paran: "Todo el tiempo tenemos pescado y caracol para comer, y con eso la vamos pasando".
Las Coloradas es un paraíso
Por ello indicaron que aun con los peligros que provocan los huracanes, no han pensado ni remotamente en cambiar de residencia. "Las Coloradas es un paraíso, nadie se mete con nadie, hay mucho sol y mar, para qué irnos a otro lugar", asegura doña Alina.
Sus hijos piensan igual que sus padres. Vale la pena vivir aquí, el único problema es durante la temporada de huracanes, pero "Las Coloradas es nuestra casa y aquí vamos a morir", reiteraron.
Los vientos comenzaban a sentirse y la lluvia no cesaba, pero él, don Claudio, seguía asegurando su vivienda, y ella persiguiendo a sus animales para ponerlos a salvo; no por nada son parte de su reducido patrimonio.