He aquí el plan: primero, escoger a alguien, no importa a quién, pero que sea pobre, alcohólico y que nadie lo eche de menos. Segundo, ganar su confianza e invitarlo a beber. Y tercero, cuando esté borracho, llevarlo a su casa, cortarle ambas muñecas y ordenar la escena para que parezca un suicidio.
Simple, eficaz y barato.
Con el crimen, el grupo de agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI) el siniestro aparato de seguridad de Pinochet quería ocultar otro asesinato, el del líder sindical Tucapel Jiménez, encontrado 17 meses antes con cinco tiros en la cabeza y varias cuchilladas en la garganta.
Los agentes recorrieron los cerros de Valparaíso y el 10 de julio de 1983 eligieron a Juan Alegría, carpintero, 33 años, abandonado por su esposa, sin un peso en los bolsillos y totalmente ebrio.
Sin embargo, antes de morir, el carpintero debía escribir una carta en la que confesara que se suicidaba agobiado por culpa de haber matado a Jiménez. ¿Cómo lograr que haga algo así? Fácil: hipnotizándolo. La CNI tenía entre sus filas a un personaje curioso y prácticamente desconocido en la larga lista de violadores de derechos humanos durante la dictadura en Chile.
Ese hombre era Osvaldo Pincetti, un sujeto mofletudo y de pantalones abrochados sobre el estómago. Decía que era médico y que tenía poderes paranormales, y con esos títulos había recorrido casi todas las cárceles secretas del país con la autorización del general Manuel Contreras, mano derecha de Pinochet en la lucha antisubversiva.
Pero Pincetti no era médico. Tampoco un verdadero hipnotizador. ¿Poderes paranormales? Ninguno en realidad. Es difícil saber con precisión en qué momento los agentes de seguridad del régimen militar, entrenados para desconfiar hasta de su propia sombra, se dieron cuenta de que estaban siendo asesorados por un embaucador y que habían caído no uno ni dos años, sino durante todo el gobierno de Pinochet, 16 años.
Alto y con lentes tan gruesos que apenas se podían ver sus ojos, la misión de Pincetti era poner en trance a los opositores de la dictadura para sacarles información. Pero llegó demasiado lejos. Fue condenado por la justicia a 10 años por el crimen del carpintero Alegría y hoy pasa sus días en un área para enfermos mentales del Hospital Militar de Santiago, solo, casi todo el día en cama, con un humor del demonio y despreciado por los demás pacientes.
Aries...
La voz del Profesor Destino suena profunda, convincente, de ultratumba. Hace una pausa, no se escucha volar una mosca, y continúa: Evite correr riesgos innecesarios en su trabajo. Dedíquese a consolidar su situación...
Faltan varios meses para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, y Osvaldo Pincetti vive en La Serena, a 470 kilómetros al norte de Santiago. No es un desconocido en la ciudad. Es, en realidad, un éxito radial. Todo el mundo lo conoce como el "Profesor Destino", el locutor que lee el horóscopo, adivina el futuro, da consejos amorosos, receta medicamentos, contesta consultas de radioescuchas atormentados e hipnotiza.
¿La hipnosis? Es un don que tengo desde niño dice cuando le preguntan.
Un día, semanas antes del golpe militar, el programa se acaba y a Pincetti se lo traga la tierra. Nadie tiene noticias de él.
El ex locutor radial ha sido reclutado por la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), la primera policía secreta de Pinochet.
La idea de obtener información de los detenidos a través de la hipnosis prendió rápidamente entre los oficiales del regimiento. Se trataba de un método inédito y quien lo proponía no era otro que el Profesor Destino. Pronto, los presos políticos lo bautizaron como Doctor Tormento.
En uno de los tantos juicios en que debió declarar tras el retorno de la democracia, el Doctor Tormento confiesa que hipnotizó a alrededor de 30 detenidos.
Actualmente, un juez investiga a Pincetti por la desaparición de tres presos políticos cuyo rastro se perdió en ese lugar en 1976. No es su único problema: también se le vincula a la desaparición de nueve dirigentes comunistas, hecho ocurrido en ese mismo año en Santiago. Y se cree que fue la persona encargada de dopar a prisioneros que luego eran lanzados al mar desde helicópteros.
-Usted me menciona a Pincetti y se me revuelve el estómago, dice Carlos Soto, concejal por Talca, ciudad al sur de Santiago, quien tuvo una particular experiencia con el Doctor Tormento. Fue detenido en mayo de 1980 por poseer una imprenta clandestina. Tenía 25 años. Luego de tres días de brutales torturas, le dijeron que había llegado un equipo de especialistas desde Santiago y allí, ante sus ojos, apareció Pincetti.
A esas alturas, la Dina había sido disuelta y el hombre figuraba en las filas de la CNI, donde fue incluido en la División Antisubversiva. Su misión seguía siendo la misma.
Soto continúa el relato: En eso sacó de su bolsillo una cadena con una piedrecita similar a un diamante. Al girar daba unos destellos de luz. Quería hipnotizarme.
Soto creía que si el hipnotizador fracasaba con él, iban a volver a torturarlo y, a esas alturas, dice que ya no tenía fuerzas para enfrentar algo así. Entonces, como casi todos los que pasaron por él, optó por fingir el trance.
Para probarlo, Pincetti acercó un cigarrillo y me lo apagó en el dorso de la mano derecha.
Pese al dolor, no movió un músculo, así que la sesión de hipnosis continuó.
Después me pinchó las yemas de los dedos con un alfiler. Tuve que quedarme impávido otra vez.
A principios de los años 90, Pincetti comenzó a declarar en los tribunales por la muerte de Alegría. Su participación habría quedado en el olvido, si no fuera porque un ex CNI entregó anónimamente a un sacerdote información sobre el crimen del carpintero. Allí mencionaba al Doctor Tormento.
En 2000, Pincetti fue condenado a 10 años por la muerte de Alegría. El resto de la patrulla que participó en el crimen obtuvo cadena perpetua. Todos fueron llevados a Punta Peuco, una cárcel especial para violadores de derechos humanos.
(Versión resumida del texto publicado en la edición de Gatopardo/México que empieza a circular esta semana)