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Nos rebasó la tragedia, relata De la Madrid

Por enfermedad, el ex presidente no ofrece entrevistas, sin embargo, en sus memorias, dice que había el riesgo de violencia social
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    Lunes 19 de septiembre de 2005 Gerardo Galarza | El Universal

    El terremoto del 19 de septiembre de 1985 "rebasó la capacidad institucional para hacerle frente. Su magnitud nos tomó por sorpresa y tuvimos que actuar sin el apoyo de un plan de emergencia a la altura de las circunstancias", reconoce el entonces presidente de la República Miguel de la Madrid, en las memorias de su gobierno tituladas Cambio de rumbo.

    "Todo era insuficiente. A guisa de ejemplo, baste señalar que desde luego no se daban abasto los jueces del Registro Civil para extender las actas de defunción requeridas, por lo que hubo que capacitar rápidamente a más personal, además de simplificar trámites obviando la autopsia y el certificado médico. Naturalmente, en el caos inicial, los problemas se enfrentaron como se pudo y seguramente hubo muchos entierros sin apego a los trámites legales", cuenta.

    A lo largo de casi 24 páginas, de las 871 totales del libro escrito con la colaboración de Alejandra Lajous y editado por el Fondo de Cultura Económica (FCE) en el 2004, De la Madrid ofrece la visión presidencial del sismo que "provocó una de las peores catástrofes naturales ocurridas en la historia de México", y contra la cifra de 8.1 grados comúnmente aceptada, informa que el terremoto fue de 7.6 grados en la escala de Ritcher.

    En el texto, escrito en un lenguaje que en ocasiones parece lejano, seco como el de un informe oficial, relata las acciones personales y de su gobierno, y muestra algunas de sus preocupaciones provocadas del sismo, que lo sorprendió vistiéndose para salir de Los Pinos con rumbo a una gira de trabajo por Lázaro Cárdenas, Michoacán, que fue suspendida porque la pista de aterrizaje de las Truchas resultó dañada.

    De la Madrid da cuenta de las insuficiencias gubernamentales ante el desastre, de que sus secretarios de Estado "estaban totalmente saturados e incluso rebasados", del temor a que la movilización social, los reclamos, la angustia y el dolor pudieran haber provocado violencia social; acepta que "las instituciones quedaron rebasadas por la catástrofe", pero niega la sociedad civil haya rebasado al Estado; narra también su irritación por las propuestas y alternativas "que no estaban suficientemente estudiadas" de sus secretarios de Estado y por los reclamos empresariales por la posterior expropiación de 5 mil 500 predios afectados. Ofrece algunas cifras oficiales sobre los daños ocasionados, pero no menciona, ni siquiera como aproximación, el número de muertos.

    Informa que sus primeros contactos del día fueron los secretarios de la Defensa, Juan Arévalo Gardoqui; de Gobernación, Manuel Bartlett, y el regente Ramón Aguirre, para conocer la magnitud de los daños, y enseguida sobrevoló en helicóptero las zonas afectadas y más tarde hizo un recorrido en autobús.

    "Al ver el desquiciamiento de la ciudad, me di cuenta de que lo primero que tenía que hacer era transmitir la sensación de que había mando, pues lo peor que puede ocurrir ante situaciones como éstas es dejar que cundan la anarquía, la agitación y del desorden", recuerda.

    Más adelante, escribe que "la dimensión de la destrucción propició que surgiera ante la opinión pública la convicción de que el sismo abría la posibilidad de un gran cambio. Era, según muchos, la oportunidad de realizar planes ahogados por intereses particulares.

    "Esta idea, que si bien era cierta, dio pie a que se hablara de transformaciones radicales. Cada quien imaginaba que lo que deseaba podría ocurrir. Se hablaba de una transformación radical, como si México pudiera renacer, recrearse. Se cayó en excesos y se pensó que todo lo que se necesitaba para cambiar era una decisión, la mía", Afirma que incluso sus secretarios se dejaron llevar por esa idea. "Sin embargo, en todo momento tuve muy claro que, independientemente de la presión de las circunstancias, nadie me iba a empujar a dar de manotazos, porque un manotazo equivocado del presidente de la República puede ser muy grave".

    Su preocupación por los efectos políticos que el terremoto podría provocar la explica así: "Sea como fuere, los terremotos (incluye la réplica del viernes 20) provocaron una movilización social masiva que, desde nuestro punto de vista, abría la posibilidad de que brotara, en forma espontánea o provocada, la violencia social. En los primeros cinco u ocho días posteriores, percibí esa posibilidad, pues la energía generada por la movilización, al combinarse con los sentimientos de dolor, coraje o insatisfacción por la insuficiencia institucional para atender la situación, creaban el fermento necesario para desatar la violencia".

    De acuerdo con él, el paso del tiempo acabó con sus temores. Escribe ya en octubre de 1985: "Pasados los sismos, el sólo transcurso de los días disminuyó la posibilidad de que la situación de emergencia se tornara violenta, potencialmente generadora de instabilidad social". Considera que el fenómeno natural "no cambió las reglas del juego político, pero sí las concentró en el tiempo. Ello trajo un gran desgaste, una neurosis colectiva y provocó un alto riesgo político, lo cual exigió un trato más abierto y flexible con la sociedad".

    Páginas antes, el entonces presidente de la República escribió: "Las expectativas de que después del sismo se produzca un renacer absoluto, con cambios dramáticos, son simples ilusiones. Nos hacen pensar que es necesario que se calmen las neurosis agitadas por lo hechos, y que todos volvamos a nuestra rutina, por odiosa que nos parezca".

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