Y la vanguardia se quedó atrás
Y en un lugar de la mancha urbana, esquina de Juárez y Balderas, atrapado quedó un hidalgo con su bien comido rocín de utilería. Triste era su figura. Apesadumbrado el gesto. Sabía ya que el tiempo le había caído encima y que la gente que iba delante de él le impediría llegar a su destino.
En ese momento la una de la tarde, cuadras más allá, en el corazón histórico y político del país, Andrés Manuel López Obrador arengaba a la multitud: "¡Sigamos adelante!...". Su mensaje estaba por terminar. Hablaba como si ya todo estuviese consumado, anunciaba sin dudas lo que hará cuando triunfe. Prometía: "No seremos nosotros los que dañemos a México".
Se hacía llamar "don Quijote de la Marcha". Enfatizaba: "¡De la marcha con r!". Su nombre, Argel. Es hijo de Pablo Gómez, el hoy diputado, el que fuera preso político, el que alguna vez disputó una candidatura a López Obrador. Don Quijote, el personaje con su disfraz, avanzó durante casi tres horas sin escudero, junto a la que supuestamente sería la vanguardia de la manifestación.
Sin embargo, cuando fue evidente que ya no podría seguir adelante, ninguno de los personajes del perredismo o de los funcionarios del gobierno capitalino, o los nuevos aliados del aspirante a la Presidencia estaba ahí. Sola entre varios desconocidos caminaba Dolores Padierna envuelta en una bandera nacional.
Una marcha que no pudo ser silenciosa. Hubo en ella murmullos, gritos, aplausos. Constante fue el rugido de los helicópteros que sobrevolaban. Insistentes los silbidos con maternales recordatorios para una de esas naves en las que escritas estaban las siglas: AFI.
Una avanzada en esa marcha que duró poco. El primero en llegar al lugar de la cita, el procurador Bernardo Bátiz. Y caminaron juntos, del brazo, junto al bosque lo mismo Cuauhtémoc Cárdenas y Arnoldo Martínez Verdugo que Agustín Basave y Marcelo Ebrard, Héctor Bonilla, el actor, y Guillermo Briseño, el blusero, Rosario Ibarra y María Rojo, Martí Batres y Laura Itzel Castillo, Jesús Ortega y Manuel Camacho, ellas, ellos, los principales, los notables, los de que llegaron ahí por la senda de la izquierda, o la del PRI, o la del salinismo, o la de la lucha social. "¡Cuauhtémoc, no te vayas a vender, no nos vayas a traicionar!", gritó alguien desde las vallas humanas poco antes de que el hasta ahora tres veces candidato presidencial abandonara la caminata.
Marcha y avanzada, en su primer tramo, sin Andrés Manuel López Obrador. A los lados, en el camellón y en la banqueta, miles de personas se apostaron, desde el Museo de Antropología a la columna de la Independencia para verlo pasar. Él fue más adelante.
Cuando esa descubierta estuvo en la glorieta del Ángel de la Independencia, motocicletas y patrullas, así como autos particulares esperaban, a los selectos personajes para conducirlos hacia el zócalo.
Sin embargo, la gente siguió adelante. Pensaban que iba al frente de ellos su líder y que con él entrarían a la gran plaza para escucharlo. Iban ahí también los camarógrafos y fotógrafos en tres camiones de redilas. Sus lentes se quedaron sin las figuras de los conocidos.
Una marcha de alrededor de 7 mil metros. Ahí iban los férreos guardianes de camisetas blancas, rojas, verdes o color café con leche. Y las cadenas humanas. Y las mujeres policías. Un dispositivo que teóricamente estaba ahí para cuidar a quien era causa y motivo. Una manifestación elocuente, la de las pancartas, igual la que proclamaba ya presidente a López Obrador, que la que lo llamó "mesías", la que sentenciaba: "Fox, a ti te manda tu mujer, pero tú a mí no, votaré por el Peje ", que la que señalaba: "Oye PRI, quédate con el cambio, alcanzará para comprarte un PAN".
Y ahí seguía la avanzada que ya no era tal. Ahí solitaria entre tantos, la esposa de René Bejarano con su capa tricolor. El sol era pleno. Allá en el zócalo, Porfirio Muñoz Ledo, con guayabera vestido se acercaba ya al templete. De la radio de uno de los vehículos saldría poco más tarde la voz de Andrés Manuel López Obrador. El mensaje había comenzado. "Es una grabación", decía una anciana. Paco Ignacio Taibo II no lo podía creer: "¡Cabrones, la plaza llena y todavía estamos por acá!".
En ese momento, cuando López Obrador terminó el mensaje, el río de gente llegaba hasta cerca de la glorieta de Colón. Y atrapado entre el tiempo y la multitud, con su triste figura y su caballo de utilería, quedaba "don Quijote de la Marcha". No podría llegar a su destino.


