El primer grito del silencio
Hace ya 36 años, siete meses y 11 días: "¡Ahí vienen, ahí vienen!" gritó ese adolescente preparatoriano y señaló al grupo que avanzaba y se acercaba a la glorieta donde está la columna de la Independencia. "¡Ahí viene!", repitió, pero entonces se sintió atrapado por duras miradas, índices en los labios de otras personas, silbantes "¡shhh!" y un rotundo: "¡Cállate, cabrón!".
Ahí estaban. Al frente, los brazos entrelazados, en cadena humana, unos 50 jóvenes. Eran la avanzada. Ahí estaban también los líderes del Consejo Nacional de Huelga. Ahí Álvarez Garín, y Cabeza de Vaca, y El Búho , y González de Alba, y Selma a su lado, y otros, otras, los líderes.
Una marcha distinta de las otras. Nunca antes una como ésa. Había iniciado cerca de las cinco de la tarde frente al Museo Nacional de Antropología e Historia. Distinta porque no había gritos, ningún coro, nadie cantaba. Esparadrapos, curitas, telas adhesivas, pedazos de plásticos pegados con diúrex. Bocas cubiertas. Se escuchaba el silencio. Ahí estaban. Avanzaban. De pronto alguien levantó la mano izquierda, hizo con los dedos la "V". En unos cuantos segundos, miles de manos mostraban esa señal.
Tiempo después, Luis González de Alba recordaría: "Apenas salidos del bosque, a unas cuadras de iniciado el recorrido, las columnas empezaron a engrosarse. Todo el Paseo de la Reforma, banquetas, camellones, monumentos y hasta árboles, estaba cubierto por una multitud que en 100 metros duplicaba el contingente inicial. Y de aquellas decenas y después cientos de miles sólo se oían los pasos..."
Él y su testimonio: "Ante la imposibilidad de hablar y gritar como en otras ocasiones; al oír por primera vez claramente los aplausos y voces de aliento de las gruesas vallas humanas que luego se unían a nuestro contingente, surgió el símbolo que pronto cubrió la ciudad y aún se coló a los actos públicos, la televisión, las ceremonias oficiales: la `V` de ¡venceremos!..."
La "gran marcha del silencio". Así la llamó el Consejo Nacional de Huelga y convocó a todos los obreros, campesinos, maestros, estudiantes y pueblo en general.
En volantes, de voz en voz, desde luego no había dinero ni posibilidades de anunciarla en la televisión, la marcha sería en apoyo a los seis puntos del pliego petitorio del Movimiento Estudiantil: libertad de todos los presos políticos; derogación del artículo 145 del Código Federal Penal; desaparición del cuerpo de granaderos; destitución de los jefes policiacos Luis Cueto, Raúl Mendiolea y A. Frías; indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto, y deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos.
Una convocatoria en la que el CNH sentenciaba: "Ha llegado el día en que nuestro silencio será más elocuente que las palabras que ayer callaron las bayonetas".
Una marcha crucial para El Movimiento. Desde las alturas del poder se acusaba a los estudiantes de seguir intereses extranjeros, de ser violentos, de atentar contra el estado de derecho y las instituciones. Desde lo alto, en los días anteriores a aquel 13 de septiembre, helicópteros que sobrevolaban dejando caer panfletos en que alertaban a los padres que no dejaran ir a sus hijos a esa manifestación.
La Silenciosa se le llamó desde que fue planeada. La idea de que fuera así, en silencio, fue de Óscar Mohar, del Centro de Investigación de Estudios Avanzados del Politécnico. En la reunión del CNH en la que se decidió efectuar tal manifestación hubo fuertes debates, se discutió si se ampliaba el pliego petitorio. No se aprobó. Se sugirió y lo aceptaron, que en lugar de los retratos del Che Guevara, o de Mao, o de Ho Chi Min, o de Lenin o Marx, se portaran efigies de Zapata, Villa, Juárez, Carranza y otros héroes nacionales.
La Silenciosa. Arrancó en un clima que olía a amenazas y con pesimismo de organizadores que calculaban que, cuando muchas, asistirían unas 50 mil personas. Sin embargo minuto a minuto, poco a poco, paso a paso, se fueron uniendo más y más.
Y: "¡Ahí vienen!" se dijo ese adolescente flaco, narigón, preparatoriano. Y por un impulso que no pudo ni quiso reprimir se unió a la marcha. Y caminó. Caminaron. Avanzaron. Llegaron hasta avenida Juárez, siguieron hasta el zócalo. La plaza se llenó. Quedó gente en calles cercanas. 300 mil personas calculó el CNH.
Ahí estaban. El silencio había gritado, y llegó al corazón del país. Siguieron los discursos. El último expresaría que esa marcha era la respuesta a la injusticia, y sentenció: "Pueden todavía desatar la más brutal de las represiones, pero ya no nos doblegarán; no nos pondrán de rodillas. Hemos comenzado la tarea de hacer un México justo, porque la libertad la estamos ganando todos los días".
Esa marcha. Silenciosa. Hace ya 36 años, siete meses y 11 días...


