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Convencer a los convencidos

Viernes 08 de abril de 2005 El Universal

Era el discurso más importante de su vida política. Era una extraordinaria oportunidad de verse como un estadista listo para ser presidente de la República. Que el año que entra, en ese mismo foro, se pondría la banda tricolor. Y, sin embargo, decidió seguir siendo el mismo de siempre.

Desaprovechó la ocasión. En lugar de verse como un líder con capacidad de cambiar las conciencias mayoritariamente moderadas, en lugar de trascender a su electorado tradicional, Andrés Manuel López Obrador resolvió ser el candidato tradicional de una izquierda justiciera que, ante la amenaza, discursivamente ataca.

Ayer, en la Cámara de Diputados, no hubo nada nuevo. Fue más de lo mismo, quizá con algunos toques retóricos nuevos, y con el eco de conceptos ya utilizados por otros personajes de la izquierda latinoamericana.

López Obrador sabía, como todos en el pleno de la Cámara de Diputados, que sería desaforado. Por eso habló poco de su defensa judicial. Argumentó que él no violó la ley y que nunca fue su intención hacerle mal a nadie. Se quejó que el juez sólo mandó a su actuario a levantar las pruebas en El Encino. No aceptó las pruebas y expresó que el expediente estaba plagado de errores. Rechazó el desacato, el dolo o la mala fe.

Lo importante fue su discurso político con el que se posicionó como un justiciero que es víctima de una gran conjura. Remarcó que su lucha es por ideales y principios; que habla con la verdad. Que lo juzgan por su manera de actuar; por lo que representa. Hizo una dura y justificada crítica de los graves problemas que vive el país, sobre todo en el asunto de la desigualdad. No se esperaba otra cosa del líder actual del partido de izquierda. Sin embargo, como siempre pasa con la izquierda, sabe identificar bien los problemas, pero no las soluciones. Sólo propone "nuevos" proyectos de nación, muy generales, donde no quedan cuáles son las políticas públicas alternas. Es más retórica que verdaderas opciones de gobierno.

AMLO promete "una patria para el humillado", algo que ya había mencionado en el Zócalo, y que constituye el primer eco discursivo de la jornada. "Humillados" suena muy similar a los "descamisados" de Perón. Y luego por qué se acusa a AMLO de tener tendencias populistas.

El ahora ex jefe de Gobierno capitalino no dejó títere con cabeza en su discurso. Atacó por igual a los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional, quienes juntos representan a casi cuatro quintas partes de la población mexicana; a los empresarios quienes, dijo, le solicitaron a Fox que pararan a López Obrador en su camino a la Presidencia; a la Suprema Corte de Justicia y su presidente por supeditar los principios de la justicia; indirecta y poco elegantemente, a Santiago Creel por tener antepasados porfiristas y huertistas y a Roberto Madrazo por ser hijo de un político (Carlos Madrazo) que fue víctima de la furia del régimen autoritario; a Salinas (no podía faltar) por ser el oscuro artífice de todas sus penurias.

Pero la crítica más dura fue contra el presidente de la República: por faccioso, por urdir su inhabilitación desde Los Pinos, por haber engañado al pueblo. Dijo: "Lamento que el voto útil se haya convertido en voto inútil; que se haya perdido tristemente el tiempo con el llamado `gobierno del cambio` y no se haya logrado nada, absolutamente nada".

Acabó atacando a los diputados, quienes tenían en sus manos la posibilidad de desaforarlo: "No espero de ustedes una votación mayoritaria en contra del desafuero. No soy ingenuo, ustedes ya recibieron la orden de los jefes de sus partidos y van a actuar por consigna". Sentenció que los que votaran en contra serían dignos y consecuentes, mientras que los que lo hicieran a favor, o se abstuvieran, serían cortesanos. Como si los diputados perredistas no votaran también por consigna de sus jefes, por ejemplo, en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Desgraciadamente, así es el mundo de AMLO, sin matices: de dignos y cortesanos; de buenos (los 127 diputados que votaron en contra) y malos (los 360 a favor y 2 abstenciones).

Terminó AMLO su discurso pletórico de adjetivos calificativos (santurrones, hipócritas, frívolos, ignorantes, etcétera) con un segundo eco de otro personaje icónico de la izquierda latinoamericana: "Ustedes me van a juzgar, pero no olviden que todavía falta que a ustedes y a mí nos juzgue la Historia". Así, con mayúscula, según lo consignó la versión estenográfica de la Cámara de Diputados. Qué parecido suena a lo dicho por Fidel Castro en aquel juicio por la toma del cuartel Moncada: "La Historia me absolverá".

Nada nuevo en el discurso de AMLO en su juicio de procedencia. De hecho, fue mejor el que hizo en el zócalo, donde se presentó como un político responsable que solicitó a sus huestes una resistencia civil y pacífica.

Al final, el discurso de AMLO me recordó los documentales de Michael Moore en Estados Unidos. Son excelentes para la gente que comparte las mismas ideas progresistas del cineasta. Son críticos, mordaces, estridentes y de gran fama mundial. Sin embargo, no logran convencer a aquellos espectadores que tienen una posición moderada. En otras palabras, sólo convencen a los que ya están convencidos.

leo.zuckermann@cide.edu



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