Fernando Ortiz Arana, dirigente nacional del PRI, contestó la red federal el teléfono rojo ubicado en la consola detrás de su escritorio. Si, señor presidente.
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¡No puede ser! ¿Está todo confirmado? ¿Qué va a pasar? ¿Qué vamos a hacer?
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Muy bien, señor.
La puerta del despacho de Ortiz Arana se abrió, y por el umbral apareció Aquiles López Sosa, secretario adjunto a la presidencia del PRI y uno de los hombres más cercanos al dirigente.
"Licenciado, me acaban de informar que al candidato le pegaron dos tiros en Tijuana, que se va a morir", le gritó a Ortiz Arana.
"Así es, Aquiles, me acaba de hablar el presidente (Carlos) Salinas, está confirmado", respondió Ortiz Arana.
El caos empezó entonces en la sede nacional del PRI.
Ese 23 de marzo de 1994 la noticia del atentado en contra de Luis Donaldo Colosio comenzó a regarse en la Cámara de Diputados.
David Palacios García, diputado priísta, fue de los primeros en enterarse y, a partir de entonces, la noticia caminó entre los pasillos.
La discusión, entonces se vio interrumpida. La diputada Luisa Álvarez pidió la palabra desde su curul. "Yo no sé si existe en el Reglamento, yo nada más quería pedirle, señor presidente, que hay noticias ahorita graves, que a veces es difícil el desenvolvimiento del discurso, y con toda atención yo le pediría que hubiera un receso".
Para entonces, radios de pilas habían inundado el salón de sesiones del Palacio Legislativo de San Lázaro. La noticia se difundía.
Alejandro Encinas, que había cultivado una gran amistad con Colosio, se hundió en su curul, y repetía, sin cesar: "¿Qué nos va a pasar?".
El caos cayó en San Lázaro. La sesión se terminó a las 20:40 horas, con un pronunciamiento firmado por todos los grupos parlamentarios. "Ante el suceso que ha conmovido profundamente al país y en el que ha resultado víctima de la violencia, el odio y la irracionalidad el licenciado Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato a la Presidencia de la República por el Partido Revolucionario Institucional, los grupos parlamentarios de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, deciden unir su voz para manifestar, conjunta y solidariamente, su convicción compartida en contra de los actos de violencia que constituyen delitos atentatorios no sólo contra, la persona del licenciado Luis Donaldo Colosio, sino contra la estabilidad y la paz de México".
En el PRI, mientras tanto, Fernando Ortiz Arana hablaba con su gente cercana: José Antonio González Fernández, Aquiles López, Héctor González Pérez, José Parcero.
Se habla de que el candidato sustituto es el dirigente del PRI, ¿está listo para eso?, preguntó el reportero.
Ni puedo, ni quiero, ni debo respondió Ortiz Arana. La decisión no me corresponde a mí.
A la sede priísta empezaron a llegar, entonces, los colaboradores de Colosio que encontraron un lugar en la puerta de entrada a la presidencia del PRI, y ahí, en uno de los pasillos, José Luis Soberanes, secretario de Organización del CEN del PRI gritaba.
"¡Vamos a partirle la madre a Manuel Camacho, él es el culpable de todo, él provocó eso!", y era abrazado por Ortiz Arana, que intentaba calmarlo.
Al tiempo, el patio central de la sede nacional priísta comenzó a llenarse de gente.
"¿Salgo, Aquiles?", preguntó el dirigente priísta a su colaborador. "Yo creo que sí, licenciado".
Y allá fue Ortiz Arana, a encabezar un mitin.
La media noche ya había llegado y, con ella, la petición del presidente Carlos Salinas para que los priístas se dirigieran a Los Pinos.
Ortiz Arana, Santiago Oñate, José Luis Soberanes, José Antonio González, Melchor de los Santos, José Parcero, Irma Piñeyro, entre otros, acudieron a la reunión.
Ahí, Salinas nombró a Santiago Oñate fiscal especial para investigar el caso. Al día siguiente cambió su decisión y el cargo recayó en Miguel Montes.
En la madrugada, José Parcero comenzó a organizar la llegada del cadáver. Rejas metálicas y elementos de seguridad marcaron la ruta.
Parcero fue el mismo que se encargo del escenario del 24 de marzo en el monumento a la Revolución. El mismo que se dio cuenta de la cruz que se formaba en el escenario. El mismo que no pudo quitarla.