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Familia, refugio y respaldo de Colosio

Largas charlas con Diana Laura reanimaban a Colosio tras las jornadas de trabajo. Jugar con sus hijos, uno de sus mayores gustos

Lunes 22 de marzo de 2004 Fidel Samaniego* | El Universal

Ella misma, Diana Laura, lo platicó: Fue la última vez que habló con Luis Donaldo. Una llamada telefónica de larga distancia aquel 22 de marzo. "Te tengo dos noticias, una buena y una mala, ¿cuál quieres primero?", preguntó a su marido. Él le respondió que la buena por supuesto. "Pues hoy fui a consulta con el doctor. Tenía el resultado de los últimos estudios, me dijo que estoy muy bien, que voy cada vez mejor, que no tengo ni orzuela". El entonces candidato del PRI a la Presidencia de la República manifestó espontáneo su gusto por lo que había escuchado. Después quiso saber: Ahora dime, ¿cuál es la mala?

Pues me da mucha pena pero... Fíjate que mi hermana me pidió prestado el coche, lo dejó estacionado y se lo robaron.

¡No te preocupes flaca! Lo que importa de verdad es que estés bien. Ni te preocupes. Además fíjate que ya había visto otro coche, así que con lo que nos paguen del seguro podemos dar el enganche y comprarlo.

Una charla, la de esos dos amorosos, que desde luego, no lo sabían sería la última. Él estaba animado, pensaba que su campaña iba hacia arriba, que los obstáculos que había enfrentado quedarían de lado. Ella le platicó de los niños, lo animó, le anunció que le tenía otra sorpresa, que al día siguiente la sabría.

El día siguiente... Diana Laura Riojas de Colosio llegó al aeropuerto de Tijuana. Apenas descendió del avión supo que algo ocurría. Estaba planeado que la llevarían a un lugar al que Luis Donaldo Colosio llegaría después de un mitin en una colonia popular llamada Lomas Taurinas. Sin embargo, el vehículo en el que ella viajaba tomó otros rumbos, hacia un hospital.

Él, Luis Donaldo, lo compartió con un amigo un año antes de aquel 22 de marzo de 1994: "¿Quieres saber que hice el día que cumplí los 40? Bueno, pues me desperté, y sin poder evitarlo me sentí medio mal, algo deprimido, la verdad pensé que me comenzaba a poner viejo. Hice ejercicio, me bañé, me salí y tomé la moto, me fui con ella, dejé la ciudad, tomé la carretera. Y ahí iba, cada vez más rápido. Apretaba fuerte el manubrio. No me detenía. Así hasta que me dolieron los brazos y las piernas. Entonces me orillé, dejé la moto y caminé, me fui a sentar junto a un árbol, sin pensar en nada. Veía el paisaje, el bosque, el cerro, las nubes. Y de pronto me dije: `Bueno, ya llegué a esta edad. Tengo una familia que amo y me ama, mi esposa siempre estará a mi lado, tengo amigos, y trabajo en lo que me gusta, y tengo la vida por delante, ¿qué más puedo pedir?`. Entonces me regresé, llegué a la casa, le dije a Diana Laura que no fuéramos a ninguna parte pero que si hablaban para felicitarme les dijeran que no íbamos a estar. Después le sugerí: `Flaca, vamos a prepararnos una botana con carnes frías y queso y abrimos una botella de vino y brindamos tú y yo`. Y así lo hicimos".

Diana Laura y Luis Donaldo. En las tarjetas que enviaban para acompañar algún arreglo frutal o floral o una foto, quizá un mensaje, detalles que tenían siempre, palabras escritas con tinta color sepia, al final firmaban simplemente "DL y LD". Ella y él. La discípula y el maestro que se enamoraron.

"Cuando él me pidió que nos casáramos en principio no acepté, me resistía. Le dije que estaba dispuesta a vivir con él pero sin boda. Y es que yo no quería seguir la que consideraba una maldición de familia pues en la mía hay gente muy cercana que son viudas y yo pensaba entonces: `Dios no lo quiera, pero, ¿y si me toca?`. Pero finalmente me convenció. ¡Y nos casamos!", platicaba ella semanas después de aquel día de marzo.

Luis Donaldo. En cuanto podía, los fines de semana paseaba con su hijo. Estaba orgulloso de él. El pequeño Luis Donaldo Colosio Riojas gustaba ya de la música clásica, como su padre. Los sábados participaba en un programa infantil y hablaba de ecología.

Mariana, la nena, la que el llamaba "mi princesita". Fue otra sorpresa de Diana Laura cuando le comunicó que estaba embarazada. A él le dio gusto pero también preocupación, miedo y que su esposa pudiera resentir el proceso de gestación y avanzara la aguda enfermedad que la aquejaba.

Ella, él, ellos, una familia. Y esas noches en las que Luis Donaldo entraba a su casa y participaba en el juego: los suyos se escondían, él hacía como que no los encontraba, recorría la sala, el comedor, las recámaras, les gritaba, simulaba no encontrarlos hasta que se le aparecían y lo asustaban.

Esa comunicación tan especial que había entre ella y él. Y lo que se decían con las miradas o con los silencios. O lo que se escribían. O esas conversaciones mientras él casi de madrugada, después de las intensas jornadas de trabajo se subía a la bicicleta fija, hacía ejercicio y ella se sentaba, y hablaban, hablaban mucho.

Ella, Diana Laura, lo contó: "Lo que son las cosas, el día que lo destaparon como candidato, más bien ya en la noche, cuando entró al auditorio del PRI, lo vi tan guapo, con tanta personalidad, que pensé: `¡Qué Kennedy ni qué nada!` Y mira lo que pasó...".

Él, Luis Donaldo, lo planeaba: "En cuanto pasen las elecciones me voy a tomar unos días para irnos de vacaciones. Me voy con mi flaca, mi hijo y mi princesita. Y es que después serán seis años de mucho trabajo. Es decir, les daré su tiempo, ellos son mi vida, pero no será lo mismo".

Ella, él, ellos, una familia que era feliz...

* De los apuntes para el libro en preparación de F. Samaniego.



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