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Para Felipe Calderón, los secretarios de Estado no son más que fusibles intercambiables Más allá de la suerte del señor Mouriño, la reforma energética va. El problema es qué tipo de reforma Durante décadas, los sucesivos gobiernos del PRI edificaron lo que luego fue conocido como la ortodoxia de la clase política mexicana. Es decir, los usos y costumbres que regulaban la política y a los políticos. Y de las muchas lecciones que cobraron carta de naturalización durante las siete décadas de dominio priísta, destaca una que es facultad exclusiva del presidente en turno, que poco se exhibe en el espectro mediático y que en sus dos extremos sirve lo mismo para garantizar la continuidad del gobierno que, en el otro lado, como “blindaje de marcha”. ¿A qué nos referimos? Muy fácil, a esa facultad metaconstitucional que tienen los presidentes mexicanos —en realidad de casi todo el mundo— para sembrar, cuidar y cosechar saludables los frutos de lo que será su herencia política. A su sucesor, en pocas palabras. ¿Pero qué es lo que ordena esa ortodoxia política? Bueno, que al o los potenciales sucesores se les debe preparar cuidadosamente, deben pasar por el gabinete, pero de preferencia alejados de la línea de fuego; deben conocer las entrañas de su partido pero también los secretos del Congreso. Deben asumir hasta donde sea posible responsabilidades de primer nivel, pero estar lejos de los costos y riesgos que ello implica. La lista es larga. Y viene a cuento el tema porque todos sabemos que apenas cumplido un año del gobierno de Felipe Calderón, el Presidente hizo cambios en su gabinete que colocaron al todopoderoso Juan Camilo Mouriño como el “hombre del Presidente”. Es decir, el brazo operador de Los Pinos, pero en la casona de Covián. Al nombramiento de Iván como secretario de Gobernación, casi todas las voces lo colocaron como potencial sucesor de Calderón, a pesar de que las señales enviadas iban precisamente en sentido contrario a la ortodoxia de la que hablamos líneas arriba. ¿Por qué? Porque para empezar, el señor Mouriño está muy lejos del prototipo del panista que es y que ha dibujado el presidente Calderón para el futuro no sólo en su partido, sino en el gobierno. Porque los antecedentes y el pasado académico, político, de nacionalidad y ahora hasta empresarial lo convierten en un político endeble, frágil, poco confiable y, por si fuera poco, riesgoso para el propio gobierno de Calderón. Pero si no fuera suficiente con todo lo anterior, ahora se confirma que para Felipe Calderón los secretarios de Estado no son más que lo que siempre han sido —según, claro, la enseñanza de esa vieja ortodoxia creada y probada por el PRI— fusibles intercambiables de un sistema creado para que cualquiera de esos fusibles se reviente sin que el cortocircuito deje sin energía al que manda en Los Pinos. Aquí dudamos de la seriedad de la opinión de quienes aseguraron que Mouriño fuera considerado el “hombre de la sucesión”. ¿Por qué? Por eso, porque era muy pronto para quemarlo, porque su cargo es —en el ejemplo de los fusibles— el de un transformador; el que recibe debe resistir y regular todas las descargas políticas, y porque de suyo tenía y tiene muchos flancos de alta fragilidad. Dicen algunos que fue un error llevarlo a Gobernación. Dicen otros que las descargas de alta tensión a las que ha sido sometido en los días recientes lo harán reventar y que esa será una derrota para Felipe Calderón. En tanto que los malquerientes del Presidente ya le dan al legítimo la cabeza de Mouriño. Es posible cualquiera de esas hipótesis. Sin embargo, aquí sostenemos —como lo hicimos desde que fue nombrado como secretario de Gobernación— que el señor Mouriño fue llevado a ese cargo para eso, para recibir las descargas políticas que van destinadas al Presidente, para fundirse si es necesario —en cuyo caso sería reemplazado—, y para hacer el trabajo sucio del gobierno de Calderón. Un dato para ilustrar la hipótesis. ¿En cuántas de las reformas aprobadas por el Congreso se ha hablado de que el presidente Calderón metió la mano? Pero, además, vale recordar que durante el gobierno de Vicente Fox los problemas de esa gestión pegaban directamente en el Presidente, en tanto que sus secretarios de Estado se escondían detrás de Fox. Hoy las cosas son en sentido contrario. Para Calderón casi todos en su gabinete son sacrificables, porque la prioridad es mantener intocada la figura presidencial y, de manera especial, sus objetivos y sus reformas. Por eso también insistimos en que más allá de la suerte del señor Mouriño, la reforma energética va. El problema, y también hay que insistir, es qué tipo de reforma, una de gran alcance o una que sólo sea un parche. Y no faltan, por supuesto, los que en el debilitamiento del señor Mouriño quieren ver una suerte de “marcha atrás” a la reforma energética, o incluso otros quieren adivinar un recule del PRI, a partir de que Manlio Fabio Beltrones, el poderoso jefe en el Senado de los tricolores, dijo que “no hay condiciones” para la inversión extranjera en materia energética. Está claro que no conocen a Calderón y menos entienden la importancia que para su gobierno tiene el asunto de la energía y sobre todo Pemex. Por eso la pregunta inicial: ¿cuánto vale Juan Camilo Mouriño? Su posición como secretario de Gobernación vale mucho menos que una reforma a Pemex. Y para los que hablan del supuesto recule del PRI en la reforma energética, vale recordar —y aquí lo revelamos en su momento— que fue el senador Manlio Fabio Beltrones quien en una reunión de priístas con el presidente Calderón dijo que él y su partido se negaban a una reforma constitucional en materia petrolera, “porque si tú cambias la Constitución lo haces presidente”, en referencia al petróleo y al legítimo. También se equivocan muchos de los que en forma gratuita se han comprado el cuento no sólo de la privatización de Pemex y de la intención de permitir la intervención de empresas extranjeras. No, los señores del PRI, del PAN y hasta uno que otro del PRD tienen puesta la mira precisamente en una reforma a las leyes secundarias, que permiten la participación de empresas mexicanas —sin que para ello se tenga que modificar la Constitución—, porque las empresas mexicanas vinculadas con la energía han abierto sus puertas precisamente a fuertes inversiones foráneas y a la participación de socios vinculados con la política. Y si no, al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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