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El manantial del tiempo (2007) es el título de la antología poética del español Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) con la que la Universidad de las Américas de Puebla inicia su serie Biblioteca de Poesía Española dentro de su Colección Babel. Eloy Sánchez Rosillo es uno de los poetas españoles más destacados en la actualidad, autor de seis libros muy significativos (Maneras de estar solo, 1978; Páginas de un diario, 1981; Elegías, 1984; Autorretratos, 1989; La vida, 1996, y La certeza, 2005) y merecedor de algunos premios de gran relieve, entre ellos el Adonais, en 1977, y el Premio Nacional de la Crítica, en 2005. En dos ocasiones ha reunido su obra poética en el volumen Las cosas como fueron, y en 2006 la Editorial Renacimiento, de Sevilla, le publicó su antología poética Confidencias. De modo que la obra de este gran poeta español llega hoy al lector mexicano gracias a una generosa selección de todos sus libros, más algunos inéditos, precedida de unas páginas lúcidas y emotivas de Andrés Trapiello. A decir de los editores, “Biblioteca de Poesía Española surgió como emergen los proyectos grandes: de la charla de tres poetas que tienen en común más que la profesión: el amor incondicional al idioma español y al destino. Luis García Montero, Jorge Valdés Díaz-Vélez y Miguel Maldonado invitaron a algunos homólogos e iniciaron esta deliciosa aventura editorial que borra distancias y confirma los lazos indestructibles entre México y España apoyados por Ediciones UDLA de la Universidad de las Américas, Puebla”. El manantial del tiempo consta de un centenar de poemas. El texto que cierra el volumen (La ceguera) es uno de los tres inéditos, y contiene todos los elementos de la mejor poesía, a un tiempo inteligente y emotiva, de Sánchez Rosillo: “Mirar no es sólo asunto de los ojos./ Primero, ciérralos unos instantes/ y dentro de ti busca —en tu sosiego—/ la facultad de ver./ Y ahora ábrelos, y mira./ Es enero ahí afuera, pero está/ muy hermosa la vida esta mañana./ Cuánto sol en los álamos/ que en trémulas hileras van creciendo/ en esta vieja plaza/ de tu ciudad. Un día y otro día,/ durante muchos años,/ a su lado pasaste y no los viste,/ ciego que dabas pena y que hoy, por fin,/ de milagro has sanado y puedes ver/ y en tu mirar te salvas”. La poesía de Eloy Sánchez Rosillo reivindica no sólo el uso pleno del idioma, sino también la emoción que tanto se ha perdido en la poética actual a causa de la palabra vacía. Sánchez Rosillo no es de esos poetas acróbatas que juegan a la pirueta con el lenguaje, sino de aquellos que todavía creen que el poema, como afirmaba Borges, debe partir de una emoción previa, ya que, si no es así, “tampoco hay necesidad de escribirlo”. Andrés Trapiello, el prologuista, nos dice a los lectores que, cuando acabemos de leer esta centena de Sánchez Rosillo, nuestra conclusión no debe ser que su tiempo fue más luminoso y afortunado que el de los más jóvenes. “No —explica— fue, seguramente, un tiempo igual de cruel y pobre que el que ahora sufres. Si lo imaginas mejor es sólo porque alguien como Sánchez Rosillo lo ha despojado de todo lo perecedero y prescindible, y le ha dado una vida que no ha de morir ni con él, ni conmigo, ni contigo”. Prueba de todo esto es uno de los poemas magistrales (Apunte de una tarde) de su libro Autorretratos: “Que otros canten las armas y a los héroes,/ los abismos del ser/ o la complejidad del universo./ Dejadme a mí que diga la gracia irrepetible/ de esta tarde de abril, la efímera hermosura/ de la luz, que es mi amiga y que plácidamente/ acaricia el papel en el que escribo”.
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